Debido al incremento en el uso de las redes sociales, donde los algunos de los llamados influencers brindan recomendaciones alimenticias patrocinadas sin ser nutricionistas, es muy común que los jóvenes del mundo consuman productos sin tener en claro por qué y cómo fueron elaborados. En este sentido, es muy importante concientizar a las nuevas generaciones en todo lo que respecta a los orígenes de los alimentos, ya que la carencia de ciertos de ellos puede provocar enfermedades y deficiencias.
Aceptar las recomendaciones que leemos en las revistas sin interiorizarnos al respecto está mal. No podemos reemplazar el azúcar de caña por jarabe de maíz de alta fructuosa, manteca por margarina o grasas vacunas por grasas hidrogenadas simplemente porque alguien lo dice. Esta clase de afirmaciones llevaron a que en la actualidad uno de cada dos niños en el mundo sufra algún tipo de malnutrición o sobrepeso.
Para hacerle frente a la problemática, es preciso que les exijamos a los gobiernos que desarrollen un plan integral para sanear el sistema alimenticio que llegue a las masas de manera global. En él, tanto las instituciones internacionales como las empresas deben mostrarse predispuestas a exhibir mayor información sobre los orígenes de aquello que comemos.
No es un dato menor que la producción de alimentos utilice la mayoría de sus recursos para desperdiciar el 40% de lo que elabora. Si tenemos en cuenta que hoy en día las ciudades están sobrepobladas, no se puede festejar que la tecnología agraria reduzca al mínimo el capital humano o que se incentive y se subsidien a azúcares y almidones que no aportan los nutrientes necesarios para el desarrollo humano; tampoco es posible llamar alimento a productos que no cumplen con ningún tipo de exigencia, ni brindan beneficios al organismo.
Lo que es un negocio para algunos, puede perjudicar la salud de otros. Pararse ante una industria tan poderosa, deshacer leyes y regulaciones o reclamarle más a la ciencia es muy difícil. Sin embargo, el tema de los alimentos es algo que nos afecta a todos, de modo que tiene que ser tratado y definido por más personas que las que trabajan en el Ministerio de Salud o de Agricultura, Ganadería y Pesca. En este marco, no se puede planear o decidir sobre aquello que comemos desde una mirada única. No obstante, es lo que se está haciendo: la situación se concentra en una mirada basada en el rendimiento económico y las ganancias.
La nutrición, la distribución de la riqueza, la educación, el trabajo, la cultura y el desarrollo social son muy importantes. El 60% de lo que consumimos proviene de la agricultura familiar, por lo que es preciso alentar este tipo de producciones. La manera de hacerlo es exigiéndole más a los que controlan el sistema y estando atentos a los cambios en el mundo y la toma de decisiones.
Hay que defender la agricultura familiar y conectarnos con los productores del campo comiendo frutas y verduras de estación. Tenemos que dejar de desconocer de dónde viene lo que llevamos a nuestras bocas. Se puede aportar consumiendo plantas frescas y menos productos empaquetados; no tirando los alimentos e incentivando a otros a que tampoco lo hagan, y estableciendo un vínculo más profundo con los productos y sus procesos. ¡Es momento de tomar el control!