ompartimos cuatro restaurantes mendocinos de alta cocina para disfrutar de una comida a metros de los viñedos.

El flamante espacio es propiedad de la bodega Casa Petrini. La sólida construcción de líneas rectas está ubicada en la localidad de Tupungato. Cuenta con espacios amplios, enormes ventanales y detalles en madera.
La cocina está a cargo del chef Jonathan Romeo, quien elabora platos que combinan a la perfección los productos locales con otros de influencia mediterránea. En su carta se destaca el menú de tres pasos: crema de queso picante con cherry y aceitunas griegas; ensalada fresca de camarones y brie de colchón de rúcula, con almendras y tomates secos; y, para finalizar, rectángulo húmedo de chocolate, crema ácida de cerezas y frambuesas con helado de mascarpone y frutos del bosque.
La experiencia incluye el maridaje con vinos malbec, tannat y pinot noir de la bodega, elaborados in situ.

Como un hogar transformado en bodega y restó, el ambiente de Casa Vigil es cálido, hogareño y muy elegante. Los visitantes pueden disfrutar de un buen vino con el reflejo del sol que ingresa por los grandes ventanales del salón. La cocina y la bodega se presentan como espacios complementarios con una puesta en escena de gran belleza.
La cocina está a cargo de los chefs Santiago Maestre y Sergio Caro, ambos amantes de los ingredientes y de los productos propios de la zona. Para comenzar, se puede optar entre la mousse de queso de oveja en gazpacho de tomates y remolacha con galletas de olivas, o la deliciosa empanada mendocina con salsa criolla y conserva de aceitunas con naranjas. Entre los platos principales, se destaca la trucha a la plancha con estofado de apio, puerro y manzana en crema de zanahoria, acompañado de un tian de vegetales al rescoldo con confituras de tomates.
A la hora del postre, sobresale el tiradito de frutas con sopa de pomelos, mientras que la degustación de vinos es libre y a elección entre bonarda, cabernet franc o un increíble chardonnay de Gualtallary.

Como su nombre lo indica, se trata de un restó que hace culto al aceite de la casa. Con un espacio pequeño pero de servicio relajado, la propuesta de Pan y Oliva es informal y desestructurada, al igual que su carta.
La cocina está en manos del chef mexicano Diego Rodríguez. Con platos sencillos, la oferta culinaria está diseñada en base a su huerta orgánica y al aceite de oliva. Se puede comenzar con un crocante maíz con vegetales, queso manchego y kétchup casero. Otra exquisita opción son las pizzetas de calabaza con queso brie, zucchini, tomates, flores de zapallo y paico, o el kebab de lentejas y hongos.
El capítulo dulce está plagado de delicadezas, como el trío de paletas heladas y helado de leche de cabra con pasas al ron, brownie de chocolate y pistacho.
Este restó cuenta con una propuesta pedagógica a través de las clases de cocina y cursos de degustación de aceite abiertos a todo el público.

La propiedad que alberga a este restaurante data de 1890. Se trata de la finca Don Javier, ahora convertida en hotel y bodega. El establecimiento fue declarado patrimonio histórico de la localidad de Maipú, motivo por el cual el edificio central fue mínimamente intervenido.
En un contexto de viñedos y con vista a la Cordillera, la chef Soledad Nardelli se luce como directora gastronómica del establecimiento con una propuesta que hace hincapié en productos de la huerta y granja orgánica de la bodega. La recreación de las recetas mendocinas está a cargo del chef Carlos Hernández, quien aporta el sabor justo de lo típicamente local.
Entre las opciones de la carta aparecen platos a cocción como chivo, calabaza y naranja; queso de cabra con huevos y vegetales; una exquisita trucha curada en eneldo, con rábano picante y pepino; o una humita de conejo rostizado.
Entre los postres, se destacan el borrachito Wapisa (sauvignon blanc elaborado con uvas de la finca patagónica), con frutas y helado de almendras; o las frutillas frescas con peperina, pavlova y chocolate blanco helado.