Por Agroempresario.com
La chicharrita del maíz sigue siendo un tema central en la producción agrícola debido a su rol como vector de enfermedades que afectan los cultivos de maíz. Sin embargo, su dinámica poblacional no depende únicamente de la disponibilidad de maíz en el campo, sino también de factores ambientales, como las heladas y la amplitud térmica, que condicionan directamente su reproducción y supervivencia, explicó Alejandro Vera, coordinador de la Red Nacional de Monitoreo de Dalbulus Maidis, en Chacra Agro Continental.
Aún persiste cierta confusión entre productores sobre el rol de los cultivos invernales como trigo, avena y centeno. “Cuando el insecto aparece en estos cultivos o en cultivos de servicio, no significa que se alimente ni se reproduzca en ellos”, aclaró Vera. Estos funcionan únicamente como reservorios temporales, mientras el insecto espera la próxima siembra de maíz.
La interpretación incorrecta de la presencia de chicharritas en otros cultivos puede generar alarma innecesaria entre productores y técnicos. Aunque no representan un riesgo de infección en estas especies, sí evidencian la capacidad del insecto para sobrevivir y mantener la población hasta que el maíz vuelva a estar disponible.
Más allá de la disponibilidad de hospedantes, el clima juega un papel determinante en la evolución de la plaga, destacaron desde la Red Nacional de Monitoreo de Dalbulus Maidis (APRONOR). Según Vera, las temperaturas extremas son las que más condicionan la población de la chicharrita.
Por ejemplo, las heladas tienen un efecto significativo: “Está comprobado que el umbral vital de la chicharrita es de -6 grados durante al menos seis horas. Bajo esas condiciones, la población se resetea en más del 90%”, señaló. Este fenómeno se registró durante el invierno de 2024 en gran parte del centro y sur del país, particularmente en Santa Fe y Buenos Aires, donde prácticamente desapareció el vector.
En regiones endémicas como el NOA, la amplitud térmica diaria impacta directamente sobre la longevidad del insecto. “Durante el día las temperaturas alcanzan los 25 a 27 grados y por la noche caen bruscamente a 5 o 7. Este cambio abrupto hace que la chicharrita crea que está entrando en primavera, pero cuando la temperatura desciende, su longevidad se ve acortada. No la mata, pero limita su capacidad de propagación”, explicó Vera.
Al comparar la campaña actual con los años previos, Vera destacó que el invierno de 2023 fue inusualmente cálido, favoreciendo el desarrollo acelerado de poblaciones de chicharrita y marcando la antesala de la epifitia de 2024. Por el contrario, el invierno de 2024 fue muy crudo y redujo significativamente la cantidad de insectos en el campo.
“Este invierno se ubica en un punto intermedio: hubo heladas en varias regiones, aunque no tan intensas ni prolongadas como en 2024, pero suficientes para comenzar a resetear la población de Dalbulus maidis”, indicó el especialista.
El trabajo de la Red Nacional de Monitoreo permite identificar fluctuaciones poblacionales y anticipar escenarios para productores y técnicos. Según Vera, comprender la biología de la plaga es clave: el único hospedero verdadero es el maíz; otros cultivos solo funcionan como puentes hasta la próxima siembra.
La vigilancia debe continuar, especialmente en las zonas endémicas donde la amplitud térmica es un factor constante. “La clave está en seguir monitoreando y no subestimar al vector. De sus niveles poblacionales depende gran parte de la intensidad del problema sanitario que enfrentaremos en la próxima campaña de maíz”, concluyó Vera.
La reducción de la población de chicharrita por efecto de las heladas y las bajas temperaturas representa un alivio parcial para los productores. Sin embargo, la plaga sigue siendo un riesgo latente, sobre todo en años con inviernos cálidos o cambios bruscos de temperatura. Los técnicos recomiendan mantener la vigilancia activa, emplear rotaciones de cultivos estratégicas y considerar medidas integradas de manejo de plagas para limitar el impacto en la producción.
Asimismo, entender el comportamiento del vector frente a distintos factores climáticos permite planificar mejor la siembra y la protección sanitaria de los cultivos, evitando sorpresas que puedan comprometer rendimientos y calidad de los granos.