aura Espiñeira y Guillermo Sarapani no se preocupaban demasiado por el estado de sus finanzas. Ella era profesora de danzas y él, repartidor de pan. Vivían bien porque aún no tenían grandes responsabilidades, pero todo cambió cuando se enteraron que iban a ser padres.
“Cuando vimos que íbamos a tener un hijo, nos dimos cuenta que con nuestros ingresos no nos iba a alcanzar para formar una familia. Decidimos emprender un negocio que nos diera plata todos los días”, cuenta Sarapani. Esto pasó hace dieciocho años cuando nació Mateo, su primer hijo, nombre con el que también bautizaron al primer emprendimiento familiar dedicado a la venta de galletitas.
El padre de Guillermo fue quien les prestó el dinero que necesitaban para abrir el primer local en Flores. A los tres meses ya habían logrado recuperar la inversión. Llegaron a abrir siete locales propios hasta que una consultora les sugirió ofrecer franquicias. Así fue como llegaron a tener 35 locales con la marca Mateo. Sin embargo, un día se dieron cuenta de que vivían para trabajar y decidieron cerrar los locales y usar esa plata para comprarse una casa.
Tenían que empezar de cero otra vez. Allá por el 2011, en pleno surgimiento del alfajor de arroz, comenzaron a probar cómo hacerlo. Empezaron a fabricarlos de manera artesanal en la casa de los padres de Guillermo. El producto era bueno pero no tenían muchos pedidos. “Cuando decidimos cambiar el packaging, el producto empezó a traccionar de otra manera y salimos a buscar un equipo de venta. Hoy, tenemos 17 vendedores y eso nos hizo llegar a distribuir nuestro producto en todo el país”, explica Guillermo.
Dos años después, en 2013, incorporaron una nueva línea de barritas con semillas. Hoy, Lulemuu –nombre que le pusieron al emprendimiento– cuenta con un portfolio de 23 productos que son comercializados a través de distribuidores directos y factura alrededor de $200 millones al año. Además, el año pasado comenzaron a exportar a Uruguay y Paraguay.