En un contexto marcado por la presión de costos, la concentración industrial y la incertidumbre de precios en la lechería argentina, Virginia Putignano sostiene un tambo en Lincoln, provincia de Buenos Aires, mientras desarrolla en paralelo una intensa actividad profesional en la Ciudad. La historia, que combina producción agropecuaria, vida urbana y herencia familiar, expone las tensiones y desafíos de un sector clave para las economías regionales y, al mismo tiempo, la persistencia de quienes deciden no abandonar la actividad.
Putignano es escribana pública y trabaja con empresas, consulados y figuras del ámbito artístico. Pero cada semana recorre cientos de kilómetros para llegar a “La Caridad”, el establecimiento lechero que fundó su padre, Henry Putignano, y que hoy mantiene activo con alrededor de 200 animales, de los cuales 175 están en ordeñe. La producción promedio ronda los 26 litros por vaca, en un esquema de escala chica donde cada decisión impacta de manera directa en la rentabilidad.

Según informó La Nación, la productora asumió el compromiso de sostener el tambo como una forma de continuidad familiar y también como una fuente de trabajo para la comunidad local. La elección no es menor: en un escenario donde muchos establecimientos optan por vender o arrendar, la continuidad implica inversión constante, planificación y negociación permanente con la industria.
El manejo productivo combina prácticas tradicionales con criterios de bienestar animal. En el establecimiento se prioriza el control sanitario, la alimentación basada en alfalfa cuidada en su punto óptimo y sistemas para mitigar el estrés térmico, como ventiladores y duchadores previos al ordeñe. El objetivo es sostener la productividad sin comprometer la salud del rodeo, especialmente en los meses de altas temperaturas.

Uno de los rasgos distintivos del tambo es la elección del sistema de “vaca ama” para la cría de terneros, una modalidad menos frecuente en la lechería intensiva. En lugar de separar tempranamente a las crías y alimentarlas con sustitutos lácteos, se las mantiene con vacas nodrizas. La estrategia, de acuerdo con la experiencia del establecimiento, permitió reducir a cero la mortalidad y mejorar la calidad genética de las futuras madres que luego regresan al ciclo productivo.
Más allá del manejo puertas adentro, el principal frente de conflicto aparece en la comercialización. A diferencia de otras producciones, el productor lechero entrega la materia prima sin conocer el precio final. La liquidación llega semanas después y suele estar sujeta a ajustes por calidad, mercado o situación de la industria. En ese esquema, la asimetría de poder entre productor e industria es una constante.

De acuerdo con La Nación, si bien existe el Sistema Integrado de Gestión de la Lechería Argentina (Siglea) como referencia de valores, su aplicación no siempre es homogénea. Las diferencias en los pagos obligan a negociaciones mensuales y reclamos administrativos que consumen tiempo y recursos, especialmente en establecimientos de menor escala.
La planificación financiera resulta clave para sostener la actividad. Putignano logró acordar adelantos parciales de pago que le permiten afrontar gastos corrientes, aunque la incertidumbre persiste. La inversión en maquinaria, como la reciente incorporación de un tractor mediante financiamiento, fue presentada como un punto de inflexión en la logística y la eficiencia del campo, al facilitar tareas básicas de alimentación y manejo.
En paralelo, la productora observa con cautela la incorporación de tecnologías de automatización, como los sistemas de ordeñe robotizado. Si bien reconoce su expansión en la región, prefiere esperar evaluaciones de largo plazo sobre el impacto en la salud y el estrés de los animales antes de avanzar en ese camino. La estrategia, por ahora, prioriza mejoras en infraestructura y confort, antes que una transformación radical del sistema productivo.
La dimensión familiar atraviesa toda la historia. Henry Putignano construyó el establecimiento desde una situación de extrema precariedad y logró, con el paso de los años, consolidar una unidad productiva propia. Ese recorrido es el que hoy funciona como referencia para cada decisión que se toma en el campo, desde una inversión hasta el mantenimiento cotidiano de bebederos y corrales.
Tal como consignó La Nación, la relación entre padre e hija fue determinante para la continuidad del proyecto. Incluso en sus últimos años, Henry seguía vinculado a la actividad y fue reconocido por sus pares en el ámbito ganadero local. Ese reconocimiento sintetiza una vida ligada al trabajo rural y a la apuesta por la producción, aun en contextos adversos.

La experiencia de Putignano refleja una realidad extendida en el interior productivo: la necesidad de complementar ingresos, diversificar actividades y profesionalizar la gestión para sostener explotaciones familiares. También pone en evidencia el rol de las mujeres en el agro, cada vez más visibles en la toma de decisiones y en la conducción de empresas rurales.
En un sector atravesado por cambios estructurales, la historia de este tambo de Lincoln muestra que la continuidad no depende solo de los números, sino también de convicciones, memoria y una mirada de largo plazo. Mantener la producción activa, aun cuando el margen es ajustado, se convierte así en una forma concreta de defender el entramado productivo local y de proyectar el legado hacia el futuro.