China transformó un desierto en un bosque y creó la mayor barrera ecológica artificial del mundo

Tras seis décadas de reforestación sostenida, el proyecto Saihanba logró frenar el avance del desierto, reducir tormentas de arena y proteger a millones de personas en el norte de China

China transformó un desierto en un bosque y creó la mayor barrera ecológica artificial del mundo
sábado 17 de enero de 2026

China logró una de las transformaciones ambientales más significativas del siglo XXI al convertir 93.000 hectáreas de desierto en un bosque funcional que hoy actúa como la barrera ecológica artificial más grande del planeta. El proyecto, conocido como Saihanba, se desarrolló a lo largo de seis décadas en el norte del país, con el objetivo de frenar el avance del desierto de Hunshandak, reducir las tormentas de arena que afectaban a grandes ciudades como Beijing y restaurar un ecosistema que había sido degradado durante siglos. La magnitud del resultado lo convirtió en un caso de estudio global sobre restauración ambiental a largo plazo.

Ubicado en la provincia de Hebei, Saihanba fue durante años una extensa planicie árida. A fines de la dinastía Qing, la región había perdido casi por completo su cobertura forestal como consecuencia de la deforestación, los conflictos armados y el uso intensivo del suelo. Lo que alguna vez fue un bosque boreal fértil se transformó en una superficie erosionada, incapaz de retener agua, que alimentaba tormentas de arena recurrentes. Cada primavera, nubes de polvo avanzaban hacia el sur y cubrían de partículas finas a ciudades densamente pobladas del norte chino.

China transformó un desierto en un bosque y creó la mayor barrera ecológica artificial del mundo

La situación se volvió crítica a mediados del siglo XX, cuando el desierto comenzó a expandirse de manera sostenida. El impacto no era solo ambiental, sino también económico y sanitario. Las tormentas afectaban la calidad del aire, reducían la productividad agrícola y generaban costos crecientes en infraestructura y salud pública. Frente a ese escenario, el Estado chino tomó una decisión que, en su momento, fue considerada de alto riesgo.

En 1962, en plena etapa de reconstrucción nacional, se puso en marcha un plan para crear una granja forestal estatal en pleno desierto. La iniciativa implicó enviar a 369 trabajadores a una región con suelos pobres, fuertes vientos y temperaturas extremas que podían descender hasta los –40 grados durante el invierno. Con recursos limitados y técnicas rudimentarias, el objetivo inicial fue plantar árboles donde casi nadie creía que pudieran crecer.

Los primeros años estuvieron marcados por resultados adversos. La tasa de supervivencia de las plántulas fue muy baja y las pérdidas superaban ampliamente a los avances. Sin embargo, el proyecto no se abandonó. Esa primera camada de trabajadores, conocida luego como la “primera generación de Saihanba”, insistió de manera sistemática: plantar, evaluar, corregir errores y volver a plantar. El proceso se repitió durante décadas, con mejoras graduales en la selección de especies, el manejo del suelo y los sistemas de riego.

El verdadero punto de inflexión llegó con el paso del tiempo y la continuidad intergeneracional. Tres generaciones sucesivas mantuvieron el mismo objetivo, incorporando conocimiento técnico y adaptando el proyecto a las condiciones locales. El resultado fue una expansión sostenida del área forestada. En la actualidad, Saihanba administra 93.000 hectáreas, de las cuales 59.000 hectáreas fueron reforestadas de manera artificial y otras 16.000 hectáreas evolucionaron como bosque secundario a partir de la mejora de las condiciones ambientales.

China transformó un desierto en un bosque y creó la mayor barrera ecológica artificial del mundo

Uno de los indicadores más elocuentes del cambio es la cobertura forestal, que pasó del 11,4 % al 82 % en el área intervenida. Este crecimiento alteró de forma estructural el comportamiento del ecosistema. La región dejó de generar tormentas de arena y comenzó a actuar como un filtro natural, reduciendo de manera significativa la cantidad de polvo que llegaba a las zonas urbanas del norte chino. En la última década, se estima que el 70 % de las tormentas de arena que afectaban a Beijing fueron mitigadas gracias a esta barrera verde.

El impacto ambiental del proyecto también se refleja en cifras concretas. El bosque de Saihanba permite conservar y purificar 137 millones de metros cúbicos de agua por año, fija alrededor de 747.000 toneladas de dióxido de carbono anuales y libera unas 545.000 toneladas de oxígeno. Estos datos consolidan al área como un regulador climático regional y un activo estratégico en la lucha contra la desertificación y el cambio climático.

Además de frenar el avance del desierto, el bosque impulsó un proceso de recuperación de la biodiversidad. Donde antes predominaba un paisaje casi sin vida, hoy se registra la presencia de 261 especies de vertebrados terrestres, 32 especies de peces, 660 especies de insectos, 179 macrohongos y 625 especies de plantas. Entre ellas se contabilizan 47 especies animales protegidas a nivel nacional y 9 especies vegetales consideradas especialmente valiosas. Muchas de estas formas de vida habían desaparecido del área durante siglos y regresaron a medida que el ecosistema se estabilizó.

El éxito de Saihanba trascendió el ámbito local y se convirtió en un modelo replicable a escala nacional. A comienzos del siglo XXI, China lanzó un plan de reforestación masivo inspirado en esta experiencia, con el objetivo de avanzar hacia lo que denomina una “eco-civilización”. Desde 2001, el país recupera en promedio 50.000 kilómetros cuadrados de superficie forestal por año, y para 2020 cerca de una cuarta parte del territorio chino ya presentaba cobertura vegetal significativa. La inversión asociada a este proceso superó los 70.000 millones de euros en cinco años.

Como resultado de estas políticas, la cobertura forestal nacional se elevó del 14 % al 23,04 %, un crecimiento sin precedentes en la historia moderna. No obstante, los desafíos persisten. China continúa siendo el mayor emisor global de gases de efecto invernadero y cerca del 27 % de su territorio sigue siendo árido o semiárido. En ese contexto, Saihanba funciona tanto como un logro concreto como un recordatorio de los límites y plazos que exige la restauración ambiental.

China transformó un desierto en un bosque y creó la mayor barrera ecológica artificial del mundo

Más allá de los números, el proyecto deja una enseñanza central: la recuperación de un ecosistema degradado no es inmediata. Requiere planificación a largo plazo, inversión sostenida y continuidad política y social durante décadas. Lo que comenzó como una iniciativa cuestionada, impulsada por un pequeño grupo de trabajadores en condiciones extremas, terminó convirtiéndose en un pulmón ecológico que protege a millones de personas y en una referencia mundial en materia de reforestación.

Saihanba demuestra que incluso los territorios más castigados pueden revertir su destino si existe una estrategia consistente y persistente. No se trata de soluciones rápidas ni de resultados instantáneos, sino de procesos que atraviesan generaciones. En un contexto global marcado por la degradación ambiental, la experiencia china aporta una evidencia concreta: ningún ecosistema está perdido para siempre, pero su recuperación exige tiempo, compromiso y decisiones sostenidas en el largo plazo.



Invertí en periodismo de calidad

En Agroempresario trabajamos para acercarte contenidos que agregan valor.
Quiero suscribirme

Todas las Categorías

¡Envianos tus Contenidos!

Difundí tus Ideas, Conocimientos, Experiencias, Opiniones y Proyectos.


¡Juntos el Campo es más fuerte!



















¡Juntos por la eliminación
de las Retenciones!

Te invitamos a contarle a todos los argentinos por qué es bueno eliminar las Retenciones.

¡Sumá tu Stand!

Publicá tu marca en la plataforma líder del agro y aumentá tus ventas hoy.

Recibí los mejores contenidos

Suscribite a nuestro Newsletter y sigamos agregando valor.

Agroempresrio

¡Contenidos que agregan valor!