Qué define el sabor de un vino: la variedad de uva o el terroir? El interrogante, clásico dentro de la enología, volvió a instalarse con fuerza en el debate técnico y cultural del sector vitivinícola a partir de estudios científicos recientes y análisis difundidos por medios especializados. La respuesta no es solo teórica: impacta en decisiones productivas, en la comunicación de los vinos y en la forma en que el consumidor interpreta lo que hay en la copa.
La discusión fue retomada en un análisis publicado por un medio especializado en vinos, firmado por Joaquín Hidalgo, donde se combinan evidencia científica y experiencia sensorial para abordar una tensión histórica de la vitivinicultura: si la identidad del vino está determinada principalmente por la genética de la vid o por las condiciones del lugar donde se desarrolla.
Desde el punto de vista científico, uno de los trabajos más citados sobre el tema fue elaborado por investigadores del Catena Institute of Wine, junto con el INTA y equipos del CONICET–UNCuyo, y publicado en la revista Journal of Food Composition and Analysis. El estudio analizó vinos de Cabernet Sauvignon provenientes de distintos terroirs de Mendoza, elaborados a partir de diferentes clones y añadas.
Las conclusiones fueron claras: las variaciones geográficas explican una mayor proporción de las diferencias sensoriales que el material vegetal, mientras que la añada ocupa un rol intermedio. El clon, en este caso, resultó el factor menos determinante. Para los investigadores, el resultado refuerza la idea de que el lugar —entendido como clima, suelo, altitud y manejo— tiene un peso decisivo en el perfil final del vino.
Sin embargo, la experiencia en la degustación introduce matices. Tal como plantea el análisis difundido por el medio especializado, no todas las variedades responden de la misma manera al entorno. Algunas uvas presentan una tipicidad varietal muy marcada, que se impone más allá del origen, mientras que otras muestran una mayor capacidad de adaptación y reflejan con intensidad las características del terroir.
Entre las variedades de identidad más definida se encuentran el Cabernet Sauvignon, el Sauvignon Blanc, el Riesling, el Pinot Noir y el Carménère. En estos casos, el consumidor suele reconocer la cepa incluso cuando el vino proviene de regiones muy distintas entre sí, como Mendoza, Napa Valley o Ribera del Duero. Los matices cambian, pero el perfil varietal permanece.
En el otro extremo aparecen uvas consideradas más “camaleónicas”, como el Malbec, el Merlot o la Mencía. En estos vinos, el lugar de origen puede modificar de manera sustancial el color, la estructura, la textura, la expresión aromática e incluso el nivel alcohólico. Por eso, en estas variedades el terroir suele ser un factor central para interpretar el estilo del vino.
El Malbec es uno de los ejemplos más citados. Puede ofrecer vinos ligeros o concentrados, florales o especiados, con taninos sedosos o firmes, y con alcoholes muy distintos según el origen. Esa amplitud expresiva explica por qué el lugar resulta más determinante para esta variedad que para otras de perfil más rígido.
Entre ambos extremos se ubican variedades como el Cabernet Franc y el Syrah, capaces de combinar una identidad varietal reconocible con una marcada influencia del entorno. En estos casos, ni la genética ni el terroir dominan por completo, sino que conviven en un equilibrio delicado.
Aunque el debate tiene implicancias técnicas y productivas, también alcanza al consumidor. Comprender que hay vinos donde la variedad “habla más fuerte” y otros donde es el lugar el que define el carácter permite elegir con mayor criterio y apreciar la diversidad del mundo del vino.
El análisis publicado por el medio especializado concluye que, si bien la discusión sigue abierta, tanto la ciencia como la experiencia sensorial coinciden en un punto clave: el terroir ocupa un rol cada vez más relevante en la construcción de identidad. En un escenario global donde los vinos buscan diferenciarse por origen, la pregunta deja de ser académica y se vuelve estratégica para el futuro de la vitivinicultura.