La inteligencia artificial, la seguridad energética y el aumento de las tensiones geopolíticas aparecen como los factores centrales que definirán el rumbo del sistema energético global en las próximas décadas. Así lo plantea un nuevo informe elaborado por Shell, que analiza distintos escenarios posibles para el sector en un contexto de crecimiento económico incierto, cambio tecnológico acelerado y objetivos climáticos cada vez más desafiantes.
El estudio, titulado The 2026 Energy Security Scenarios: Challenges to the transition, no presenta pronósticos cerrados, sino una exploración de futuros plausibles que combinan variables económicas, políticas, tecnológicas y ambientales. En todos los casos, la compañía remarca que la transición energética ya no puede pensarse de manera aislada, sino atravesada por la competencia entre países, la demanda creciente de energía y el impacto de nuevas tecnologías como la IA.
En un escenario global donde el planeta se acerca al umbral de 1,5 grados de aumento de la temperatura respecto de los niveles preindustriales, los Estados buscan equilibrar objetivos climáticos con crecimiento económico, competitividad industrial y seguridad nacional. En ese cruce de intereses, Shell identifica dos grandes fuerzas que marcarán el futuro: el desarrollo acelerado de la inteligencia artificial y un mundo cada vez más fragmentado desde el punto de vista político y comercial.
Uno de los escenarios planteados por el informe, denominado Surge (Oleada), se apoya en el potencial transformador de la inteligencia artificial. Según este enfoque, la adopción masiva de IA permitiría un período de fuerte crecimiento económico global, impulsado por mejoras en productividad, innovación tecnológica y eficiencia industrial.
Sin embargo, ese salto también traería aparejado un aumento significativo en la demanda de energía, especialmente a partir de la expansión de centros de datos, infraestructura digital y sistemas automatizados. Durante la década de 2030, la IA pasaría a ser un componente crítico de la infraestructura global, tanto en economías desarrolladas como emergentes.
Shell plantea que este escenario podría acelerar el despliegue de tecnologías energéticas a gran escala. La producción de componentes modulares y la reducción de costos permitirían una rápida expansión de la energía solar fotovoltaica, el almacenamiento en baterías, la electrólisis de hidrógeno, las bombas de calor y otras soluciones clave para la transición energética.
De acuerdo con el informe, un cambio acelerado hacia la electrificación y la instalación masiva de infraestructura energética modular contribuiría a reducir las emisiones globales de dióxido de carbono (CO2) a partir de los primeros años de la década de 2030. No obstante, incluso en este escenario favorable, el objetivo de emisiones netas cero recién se alcanzaría hacia 2080, mientras que para 2100 la temperatura media global aumentaría cerca de 2 grados.
El segundo escenario, denominado Archipiélagos, describe un mundo marcado por la fragmentación política, el debilitamiento de la cooperación internacional y el avance de estrategias nacionales centradas en la seguridad y el interés propio. En este contexto, las pérdidas de eficiencia económica se acumulan y el crecimiento global se desacelera.
Según el análisis de Shell, esta dinámica no surge de manera abrupta, sino que es el resultado de procesos que se intensificaron tras la crisis financiera de 2008, la pandemia de 2020 y la invasión de Rusia a Ucrania en 2022. En este escenario, los países más desarrollados enfrentan una mayor competencia comercial, tensiones fiscales persistentes y un entorno geopolítico más inestable.
El informe subraya el rol creciente de China como líder tecnológico y proveedor clave de infraestructura eléctrica, en particular en energía solar y almacenamiento en baterías. Si bien no desplazaría a Estados Unidos como potencia dominante, su influencia reconfiguraría las reglas del comercio, la tecnología y la diplomacia internacional.
En un mundo cada vez más transaccional y oportunista, la transición hacia energías renovables continuaría, pero sin una prioridad clara en la meta de emisiones netas cero para 2050. Solo aquellas tecnologías energéticas que resulten altamente competitivas en costos o estratégicamente relevantes lograrían consolidarse, mientras que los compromisos climáticos quedarían subordinados a las urgencias económicas y de seguridad.

El tercer escenario, Horizon, se diferencia de los anteriores porque no describe una evolución probable, sino un ejercicio que busca identificar qué condiciones serían necesarias para limitar el calentamiento global a 1,5 grados y alcanzar emisiones netas cero hacia mediados de siglo.
Shell reconoce que los objetivos planteados en el Acuerdo de París de 2015 no se cumplieron, en gran parte porque durante la última década la política energética global priorizó la estabilidad de precios y el abastecimiento. Para que el escenario Horizon sea viable, el cambio debería producirse de manera inmediata y con una profundidad mayor a la actual.
El informe destaca la necesidad de un marco político integral, acompañado por un fuerte respaldo social. La presión ciudadana, en especial de los sectores más jóvenes, aparece como un factor clave para empujar a los gobiernos a adoptar políticas climáticas más ambiciosas y sostenidas en el tiempo.
Aun así, la compañía advierte que los esfuerzos requeridos para evitar superar el umbral de 1,5 grados deberían intensificarse de forma significativa y que, sin intervenciones estatales adicionales, podrían no ser técnicamente viables.
Aunque el informe no realiza menciones específicas sobre Argentina, el análisis permite inferir un contexto internacional favorable para los países productores de hidrocarburos, en un escenario de demanda energética sostenida durante las próximas décadas.
El país se posiciona como un actor relevante en la producción de gas natural en América Latina, con proyectos orientados a la exportación a gran escala y una creciente integración a los mercados internacionales. Iniciativas como Argentina LNG, los desarrollos de Vaca Muerta y los proyectos de infraestructura asociados refuerzan ese perfil.
A nivel global, Shell estima que la demanda de petróleo aumentará entre 3 y 5 millones de barriles diarios hasta la década de 2030, para luego iniciar un descenso gradual. En paralelo, la demanda de gas crecería cerca de un 10% hasta 2040, impulsada por su rol como combustible de transición.
La inversión anual en hidrocarburos se mantiene en torno a los 550.000 millones de dólares, una cifra que, según el informe, se sostendría durante varias décadas. Sin embargo, sólo los proyectos más competitivos en términos de costos, riesgo e intensidad de carbono lograrán atraer capital en un entorno cada vez más exigente.
En ese marco, el futuro energético global aparece atravesado por una tensión constante entre innovación tecnológica, realidades geopolíticas y objetivos climáticos. La inteligencia artificial emerge como una herramienta capaz de acelerar la transición, pero también como un factor que multiplica los desafíos energéticos de un mundo en transformación.