El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lanzó en los últimos días una advertencia directa al Gobierno de Canadá al afirmar que impondrá aranceles de hasta el 100% a los productos canadienses si Ottawa concreta un acuerdo comercial estratégico con China, anunciado el 16 de enero por el primer ministro Mark Carney. Las declaraciones, difundidas por la agencia Reuters y reforzadas luego por el propio mandatario a través de su red social Truth Social, elevan la tensión bilateral en América del Norte y exponen el rechazo de Washington al avance de la influencia china en la región.
Trump sostuvo que resulta “muy peligroso” que Pekín mantenga intereses económicos con uno de los principales socios comerciales de Estados Unidos y aseguró que su administración responderá de forma “muy contundente” si Canadá profundiza sus vínculos con el gigante asiático. “Si llegan a un acuerdo con China tomaremos medidas muy importantes”, advirtió el presidente, al tiempo que remarcó que no permitirá que el país asiático utilice a Canadá como plataforma para acceder al mercado estadounidense.
El anuncio canadiense fue presentado por Carney como un pacto “histórico”, enmarcado en una “nueva asociación estratégica” con China, con el objetivo de diversificar mercados y reducir la dependencia de Estados Unidos en un escenario internacional marcado por el proteccionismo y la competencia geopolítica. Sin embargo, la reacción de la Casa Blanca dejó en claro que Washington considera el entendimiento como una amenaza directa a su seguridad económica.

Según consignó Reuters, Trump fue más allá al advertir que podría aplicar un arancel del 100% a “todos los bienes y productos canadienses” que ingresen a Estados Unidos si el acuerdo se implementa. La medida, de concretarse, tendría un impacto severo sobre sectores clave de la economía canadiense, altamente integrada a la estadounidense a través de cadenas de suministro industriales, energéticas y agroalimentarias.
El mandatario reforzó su postura días después en Truth Social, donde apuntó directamente contra el primer ministro canadiense. “Si el gobernador Carney cree que va a convertir a Canadá en un puerto de descarga para que China envíe bienes y productos a Estados Unidos, está muy equivocado”, escribió Trump. En otro mensaje, afirmó que “China se comerá a Canadá” y advirtió que ese proceso destruirá “sus negocios, su tejido social y su estilo de vida en general”.
La retórica se inscribe en una estrategia conocida del presidente estadounidense, que ha utilizado los aranceles como herramienta central de presión diplomática y comercial desde su primer mandato. En este caso, el foco está puesto en frenar la expansión de la influencia china en el continente y preservar la primacía de Estados Unidos en su relación con Canadá, uno de sus socios históricos más estrechos.
En Ottawa, las declaraciones generaron inquietud y obligaron al Gobierno a evaluar con cautela los próximos pasos. Funcionarios canadienses analizan las implicancias económicas y políticas de avanzar con el acuerdo con China sin desencadenar represalias que podrían afectar exportaciones, empleo y crecimiento. Canadá destina una porción significativa de sus ventas externas al mercado estadounidense, lo que limita su margen de maniobra frente a una eventual escalada arancelaria.

El conflicto comercial se desarrolla, además, en un contexto político interno complejo para Canadá. Desde hace más de un año, Trump instaló de manera reiterada la idea de que el país vecino debería convertirse en el “Estado número 51” de Estados Unidos. Aunque la propuesta fue interpretada inicialmente como una provocación retórica, terminó teniendo efectos políticos concretos al reavivar tensiones internas dentro de la federación canadiense.
El epicentro de ese debate se encuentra en Alberta, una de las provincias más ricas del país y núcleo de la industria petrolera. Allí, un movimiento separatista que durante años se mantuvo en los márgenes ganó visibilidad, estructura y un calendario político propio. A diferencia de la provocación lanzada desde Washington, el reclamo no apunta a una anexión a Estados Unidos, sino a una opción más radical: la independencia y la conformación de un Estado soberano.
El avance de esta corriente recordó a muchos analistas el proceso que derivó en el Brexit en el Reino Unido y reactivó un fantasma histórico en Canadá, vinculado a los intentos independentistas de Quebec durante décadas. En el caso de Alberta, el reclamo se apoya en una base económica sólida, alimentada por la percepción de que la provincia aporta más recursos al Estado federal de los que recibe y que sus intereses no están adecuadamente representados en Ottawa.
La disputa con Estados Unidos y la presión externa ejercida por Trump añadieron un nuevo elemento a ese debate interno. Para algunos sectores de Alberta, la confrontación comercial refuerza la idea de que Canadá se encuentra atrapada entre dos grandes potencias, con escaso margen para definir una estrategia autónoma. Para el Gobierno de Carney, en cambio, el desafío consiste en sostener la unidad nacional mientras intenta diversificar alianzas sin poner en riesgo la relación con su principal socio comercial.
Por ahora, Ottawa no anunció cambios formales en el acuerdo alcanzado con China, pero dejó trascender que continuará evaluando el escenario. Según informó ambito, la posibilidad de aranceles extremos plantea un dilema de alto costo político y económico, tanto para Canadá como para la región en su conjunto, y anticipa un nuevo capítulo de tensiones en América del Norte en un contexto global marcado por la competencia entre grandes potencias.