La investigación biotecnológica aplicada al maní argentino sumó un avance relevante para uno de los complejos agroindustriales más dinámicos del país. En General Cabrera, Córdoba, el criadero El Carmen, liderado por el ingeniero agrónomo Juan Soave junto a su hija Sara Soave, desarrolló variedades de maní resistentes al carbón y a la esclerotinia, dos enfermedades que en campañas anteriores provocaron pérdidas millonarias y pusieron en riesgo la competitividad exportadora del sector. El trabajo, basado en genética avanzada y en el uso de especies silvestres, busca mejorar la sanidad del cultivo y consolidar el posicionamiento de la Argentina como líder global.
El desarrollo cobra relevancia económica porque el complejo manisero genera alrededor de US$1000 millones en divisas y concentra buena parte de su producción en Córdoba. Las enfermedades fúngicas que afectan al cultivo —principalmente el carbón (Thecaphora frezii) y la esclerotinia (Sclerotinia minor)— llegaron a ocasionar pérdidas estimadas en hasta US$50 millones en algunas campañas, según explicó Soave. Frente a ese escenario, el mejoramiento genético se convirtió en una herramienta clave para reducir riesgos productivos y sostener los volúmenes exportables.

De acuerdo con lo informado por La Nación, en una nota firmada por Robertino Imberti, el trabajo del criadero se apoya en técnicas de selección asistida por marcadores moleculares, genómica y bioinformática. A partir de ese enfoque, el equipo incorporó genes provenientes de maníes silvestres originarios de Bolivia y del norte argentino, con el objetivo de recuperar defensas naturales que el maní comercial perdió durante su proceso de domesticación.
El proceso de investigación combina laboratorio y campo. En el establecimiento experimental de General Cabrera, los técnicos utilizan un “infectario”, un sector de suelo con carga patógena superior a la media, generada de manera controlada para evaluar el comportamiento de los distintos genotipos. Las plantas que muestran alta resistencia al carbón y a la esclerotinia son seleccionadas y luego multiplicadas para su futura distribución comercial, un paso clave para que la innovación llegue efectivamente a los productores.
Juan Soave, con más de cinco décadas dedicadas al mejoramiento vegetal, subrayó que estas variedades representan un avance concreto para la producción local. “Estas enfermedades fúngicas han registrado pérdidas de hasta US$50 millones en campañas previas, afectando la posición de Argentina como exportador global de maní”, señaló, y agregó que el desarrollo constituye “un gran logro para la ciencia y el agro nacional”, según consignó La Nación. En el equipo de investigación participa activamente su hija, Sara Soave, también ingeniera agrónoma, quien aporta herramientas de análisis genómico y manejo de datos para acelerar los procesos de selección.

La historia del criadero El Carmen está ligada a hitos tecnológicos que marcaron al sector. Soave comenzó su actividad en el mejoramiento vegetal en la década del 70, tras formarse en Estados Unidos con referentes internacionales del cultivo. En 1977, co-introdujo en la Argentina el maní tipo Runner, una innovación que en pocos años reemplazó al maní colorado tradicional y permitió triplicar los rendimientos promedio por hectárea, cambiando de manera estructural la producción nacional.
Con la fundación del criadero en 1995, el foco se puso en la creación y fiscalización de semillas. Durante los años 90, Soave logró una variante con composición diferenciada de ácidos grasos y, tras un largo proceso de cruzamientos, selección y análisis químicos semilla por semilla, en 2003 registró la primera variedad alto oleica. Esa característica, que extiende la vida útil del grano y reduce la rancidez, fue determinante para el acceso del maní argentino a los mercados más exigentes de Europa, fortaleciendo el perfil exportador del país.
En los últimos años, el programa de mejoramiento incorporó una fuente inédita de variabilidad genética, basada en la combinación de tres maníes silvestres que se conservaron durante miles de años en la naturaleza. Esa población, única a nivel mundial, permitió obtener características especialmente valoradas para la sanidad del cultivo. Sin embargo, el proceso no estuvo exento de complejidades técnicas: el maní cultivado es tetraploide, por lo que el equipo debió duplicar el número de cromosomas de los maníes silvestres en laboratorios de biotecnología para lograr compatibilidad en los cruzamientos y reintroducir las defensas naturales perdidas.
Sara Soave destacó el desafío profesional y personal de trabajar junto a su padre en este proceso. “Trabajar con mi padre es todo un desafío. Son pocas las personas que he conocido con una pasión tan profunda como la suya por el maní: para él no es solo un trabajo, es su vida y una manera de contribuir, desde el mejoramiento genético, a que el mundo cuente con variedades cada vez mejores. La vara está muy alta… y eso inspira tanto como exige”, afirmó, según reprodujo La Nación.
Además de las resistencias ya logradas, el criadero proyecta nuevas líneas de investigación. En la actualidad, los trabajos se concentran en materiales con mayor tolerancia a enfermedades que afectan tanto la parte aérea como la subterránea de las plantas, donde se desarrollan los frutos y las semillas. A futuro, el programa apunta a seleccionar genotipos con mejor respuesta frente a la sequía y a otras patologías, como las manchas foliares y el fusarium, una enfermedad radicular que provoca la muerte prematura de las plantas.

El criadero El Carmen funciona, además, como un centro de abastecimiento de germoplasma para empresas del clúster manisero, lo que amplifica el impacto de sus desarrollos más allá del propio establecimiento. En un contexto de alta competencia internacional y mayores exigencias sanitarias, la incorporación de biotecnología aplicada al mejoramiento genético aparece como una herramienta estratégica para reducir riesgos productivos, sostener exportaciones y generar valor agregado local.
Con estos avances, la experiencia cordobesa refuerza el rol de la innovación científica nacional en la agroindustria y muestra cómo la articulación entre conocimiento, genética y producción puede traducirse en beneficios concretos para una economía regional clave y para el ingreso de divisas al país.