Un restaurante argentino en Roma logró algo poco habitual para un emprendimiento gastronómico en el exterior: convertirse en punto de encuentro de futbolistas, celebridades y hasta del papa Francisco, sin perder identidad ni escala artesanal. Detrás del proyecto está Massimo Fernando Giandoménico, un argentino nacido en Mar del Plata e hijo de padres italianos, que desde hace casi tres décadas construye su camino en Italia. Su local Gauchos, especializado en parrilla argentina y empanadas, se transformó en una referencia de la cocina nacional en la capital italiana, según reconstruyó La Nación, en una nota firmada por Gabriela Origlia.
El restaurante funciona en Roma, cuenta con 220 cubiertos, y los fines de semana supera los 300 servicios en una sola noche. Abre todos los días por la noche y ofrece una carta amplia, con precios que van desde 15 euros hasta 120 euros por persona, lo que le permite atraer tanto a clientes ocasionales como a comensales de alto poder adquisitivo. La relevancia del caso reside en cómo un emprendimiento familiar argentino logró sostenerse, crecer y sobrevivir a crisis económicas y sanitarias en uno de los mercados gastronómicos más exigentes de Europa.
Giandoménico llegó a Italia en 1996, a los 26 años, en un contexto personal y económico complejo. En la Argentina había tenido una fábrica textil en Mar del Plata, que debió cerrar en 1993 por una crisis profunda del sector. Luego incursionó en agencias de quiniela, pero el cambio de rumbo definitivo se dio cuando su madre —ya radicada en Roma— lo convocó para ayudarla a administrar dos estaciones de servicio. “Me fui con Carolina, de quien me había enamorado unos meses antes”, recordó el empresario en diálogo con La Nación.

Tras ese primer paso, Giandoménico y su esposa comenzaron a trabajar en un agriturismo en Viterbo, a unos 90 kilómetros de Roma. El salto clave llegó en 1999, cuando fueron convocados para sumarse a un restaurante ubicado en Vía Veneto, una de las zonas más emblemáticas de la ciudad, ante la inminencia del Gran Jubileo del año 2000. El volumen de trabajo fue extraordinario: el local llegó a hacer hasta 1.000 cubiertos diarios, lo que les permitió ahorrar y capitalizar experiencia en alta gastronomía y gestión intensiva.
Con ese respaldo económico, la pareja decidió dar un paso propio y se hizo cargo de un pequeño restaurante en el barrio de Monteverde, llamado Café Corrientes. El local pertenecía a un italiano criado en la Argentina, hijo de un exintegrante de los servicios secretos del régimen de Benito Mussolini, que se había exiliado en Sudamérica. Giandoménico recuerda ese lugar como “una joyita” que funcionó como plataforma de despegue.
El punto de inflexión llegó de manera casi casual. “Un día vino a comer Walter Samuel, que jugaba en la Roma”, contó. A partir de esa visita comenzaron a llegar otros nombres del fútbol, como Diego Simeone, Francesco Totti y Daniele De Rossi. La combinación de parrilla argentina, platos italianos y un clima informal convirtió al restaurante en un sitio habitual tanto para jugadores de la Roma como de la Lazio.
Ese reconocimiento derivó en una nueva oportunidad: les ofrecieron un espacio más del doble de grande, cerca de la estación de metro Battistini, en el barrio Primavalle. Así nació Gauchos, el restaurante que hoy concentra toda la operación. Antes de la pandemia, el proyecto llegó a tener tres locales en distintos puntos de la ciudad. Tras el impacto del Covid-19, quedaron dos y, desde hace poco más de un año, uno solo, gestionado de forma directa por el matrimonio.
La pandemia fue, a la vez, un desafío y una tabla de salvación. “Con la pandemia se fundieron muchos, nosotros pudimos seguir gracias a las entregas a domicilio”, explicó Giandoménico. En ese contexto, el restaurante se volvió conocido también por un dato singular: el envío de empanadas al papa Francisco. “Cocinamos empanadas para el Papa, que alguna vez también nos pidió carne”, relató. Esa anécdota terminó de consolidar la fama del lugar entre argentinos e italianos.
Hoy, 24 personas trabajan en el restaurante. Carolina está a cargo de la gestión de personal, mientras que Giandoménico —sommelier internacional y cocinero— diseña los menús y la carta de vinos, que incluye 120 etiquetas de distintas regiones: argentinas, italianas, chilenas, francesas y españolas. El menú supera las 200 opciones, con seis variedades de empanadas, parrilla, pizzas romanas y platos tradicionales italianos.

La logística de la parrilla es central. El restaurante compra unos 1.000 kilos de carne por mes a importadores especializados. Frente a la parrilla trabajan tres cocineros paraguayos, formados por el propio Giandoménico en asado argentino. Las empanadas, uno de los productos más demandados, están a cargo de Luisa, la madre de Carolina, tucumana, capaz de producir unas 200 empanadas por hora.
La historia migratoria se repite en la cocina. La familia de Carolina llegó a Italia el 19 de diciembre de 2001, pocos días antes del estallido social y económico en la Argentina. “Vendieron la casa y viajaron. Salieron por la crisis”, recordó Giandoménico. Esa experiencia, común a muchos argentinos en el exterior, atraviesa también la identidad del restaurante.
En términos de clientela, el 90% son italianos, según explica el dueño. “Les encantan las empanadas y el asado, porque valoran la carne argentina. Pero para poder expandir la demanda tenemos pizza romana y primeros platos locales. Es la manera de que quien no come carne también se sume”, señaló en declaraciones citadas por La Nación. La estrategia fue clave para sostener volumen sin perder el eje argentino.
La gestión cotidiana en Roma exige precisión. “Para que un emprendimiento funcione acá hay que ser muy prolijo con los números, con los gastos. Hay muchas obligaciones a pagar: impuestos, sanidad, tasas municipales”, subrayó Giandoménico. Esa disciplina financiera, combinada con presencia diaria en el salón, explica la supervivencia del negocio en un contexto donde muchos restaurantes cerraron.
La historia de Gauchos resume una lógica repetida en otros casos de emprendedores argentinos en el exterior: adaptación, identidad y constancia. Desde una crisis industrial en Mar del Plata hasta una parrilla que alimentó a futbolistas de elite y al Papa, el recorrido de Giandoménico muestra cómo la gastronomía puede convertirse en puente cultural y proyecto de vida, incluso lejos del país de origen.
Tal como relató Gabriela Origlia en La Nación, el restaurante no solo vende comida: ofrece una experiencia argentina en una de las capitales gastronómicas del mundo. Y en ese equilibrio entre parrilla, empanadas, gestión y resiliencia, explica por qué Gauchos se mantiene como una referencia estable en la noche romana.