La pitaya, conocida popularmente como “fruta del dragón”, comenzó a producirse en escala comercial en Entre Ríos, especialmente en la zona de Concordia, donde un grupo de técnicos y productores impulsa su desarrollo como alternativa en regiones históricamente citrícolas. El proyecto cobra relevancia porque apunta a sustituir importaciones, diversificar la matriz frutícola y posicionar a la Argentina como origen de una de las pitayas “más australes y dulces del mundo”.
El avance del cultivo se da en un contexto de reconversión productiva en el noreste entrerriano. Tras el auge citrícola y luego arandanero, la región buscó nuevas opciones capaces de aprovechar infraestructura existente como empaques, logística y cadena de frío. En ese marco, la pitaya comenzó a ganar espacio como alternativa viable.

El ingeniero agrónomo Mariano Winograd, uno de los impulsores del cultivo en Concordia, explicó que se trata de “una especie nueva que no es nueva, porque estuvo siempre ignorada y oculta”. Según detalló, la fruta ya estaba presente de manera ornamental en distintas zonas del Litoral, aunque sin desarrollo comercial.
Actualmente, en el país existen alrededor de 100.000 plantas distribuidas en unas 20 hectáreas en provincias como Salta, Jujuy, Formosa, Misiones, Corrientes y Entre Ríos. En Concordia, particularmente en Colonia Ayuí, funciona un vivero especializado que comenzó a trabajar con variedades adaptadas a las condiciones locales.
El salto productivo se dio tras años de investigación y acuerdos técnicos que permitieron incorporar variedades autofértiles y ajustar prácticas de manejo. “Y a partir de la próxima semana ya vamos a tener cosecha de las autofértiles, la primera cosecha que tenemos en Argentina”, afirmó Winograd.

La pitaya requiere una inversión inicial significativa, con aproximadamente 6.000 plantas por hectárea. Necesita protección contra heladas, buena pendiente y, de ser posible, cercanía al río para moderar las bajas temperaturas. Sin embargo, desde el punto de vista técnico no representa grandes complejidades.
“Para quien es fruticultor no es una fruta compleja. No es muy hospedera de plagas, es relativamente sencilla de regar, hay que controlar la helada, pero eso se sabe hacer, y podar es sencillo”, señaló el especialista.

Parte del conocimiento aplicado proviene de la experiencia acumulada en otros cultivos intensivos de la región, como el arándano. Sistemas antiheladas, conducción de plantas y manejo poscosecha fueron adaptados a la nueva especie.
El desarrollo también se apoya en una tendencia global de mayor consumo de frutas tropicales. En el mercado argentino ya se consolidaron productos como kiwi, mango, maracuyá y palta, lo que abre una ventana para incorporar la pitaya a la oferta habitual.
Más allá de la producción, el principal reto es lograr que la fruta se integre a la canasta de consumo local. “La cuestión es cómo insertamos la pitaya en la canasta de consumo de la Argentina”, advirtió Winograd.
La ventaja competitiva de la producción local radica en el grado de madurez. Al cosecharse más cerca del punto óptimo, la fruta llega al mercado con mayor concentración de azúcares que las variedades importadas, que suelen cortarse antes para soportar largos traslados.
“La nuestra es la pitaya más austral y más dulce del mundo”, sostuvo el agrónomo.
En paralelo, el sector busca organizarse institucionalmente. El 5 y 6 de marzo se realizará en Concordia la primera jornada nacional dedicada exclusivamente a la pitaya. El encuentro abordará aspectos productivos, comerciales y de trazabilidad, y contará con la participación de especialistas nacionales e internacionales.

La meta es consolidar una red de productores, técnicos e inversores que permita sostener el crecimiento y evitar ciclos de expansión desordenada. La experiencia de otros cultivos en la región dejó lecciones sobre la necesidad de planificación y coordinación.
La pitaya, que hace pocos años ingresaba principalmente como producto importado desde Centroamérica, comienza así a posicionarse como una alternativa productiva en el Litoral argentino. Con variedades adaptadas, infraestructura disponible y un mercado abierto a nuevas propuestas, el sector apuesta a que esta fruta deje de ser una curiosidad de redes sociales y se transforme en una opción estable dentro de la fruticultura nacional.
