A los 20 años, Ángela Vanessa Rozo está al frente de la elaboración de yogures y quesos artesanales en la finca La Chamicera, ubicada en zona rural de Zipaquirá, Cundinamarca. La joven, que comenzó ordeñando vacas a los 17, hoy lidera el proceso productivo de Lácteos 2 Hermanos y se convirtió en una de las protagonistas de un proyecto que busca agregar valor a la producción primaria y fortalecer el arraigo rural a través de la transformación láctea.
Su historia refleja una tendencia creciente en el sector ganadero: pasar de la venta de leche cruda a la elaboración de productos con mayor valor agregado. En un contexto en el que el relevo generacional es uno de los principales desafíos del campo, el caso de Rozo muestra cómo la juventud puede asumir roles estratégicos dentro de la cadena productiva.
Ángela creció en un entorno rural, rodeada de vacas destinadas al consumo familiar. Desde niña aprendió tareas básicas como el ordeño y el cuidado de los animales, conocimientos que fueron clave cuando llegó a trabajar a La Chamicera hace tres años. Ingresó inicialmente como operaria de ordeño, pero su recorrido cambió cuando surgió la posibilidad de apoyar el área de lácteos.
“Mis funciones son hacer el queso, el yogur y encargarme de que todo salga muy bien”, explica sobre su rol actual dentro de la planta. Aunque su cargo formal es auxiliar de producción, en la práctica se desempeña como operaria principal, con responsabilidad directa sobre la calidad y los resultados.

Cuando comenzó en la finca, la planta procesaba leche y elaboraba yogur, pero no producía quesos. En 2024, tras una capacitación intensiva con un instructor especializado en quesería, el emprendimiento amplió su portafolio. A partir de pruebas piloto y ventas a clientes cercanos, ajustaron técnicas, tiempos y fórmulas hasta consolidar nuevas variedades.
Hoy la marca elabora yogur griego, yogur líquido y quesos como doble crema, doble crema con finas hierbas, tipo holandés, pera y mozzarella. Cada producto implica un proceso específico que requiere control de temperatura, tiempos de fermentación y seguimiento del pH.
La mozzarella, por ejemplo, exige una secuencia precisa: filtrado de la leche, calentamiento, incorporación de fermentos y cuajo, espera de la cuajada, corte, batido y reposo hasta alcanzar el punto adecuado. Luego se realiza el lavado, la prueba de hilado a 85 grados, el moldeo y una etapa de refrigeración que puede extenderse hasta dos días. Un error en cualquiera de estas fases puede alterar textura o sabor.
“Es bien difícil. Requiere mucha práctica, paciencia y constancia”, afirma Ángela sobre el proceso productivo. Su aprendizaje se dio principalmente en la práctica diaria, con seguimiento técnico y repetición de cada etapa hasta lograr estandarizar resultados.
La apuesta por la producción artesanal permitió a Lácteos 2 Hermanos posicionarse entre consumidores locales que buscan alimentos elaborados en finca y con trazabilidad directa. En encuentros comerciales recientes, varios compradores manifestaron sorpresa al conocer que una joven de 20 años lidera la producción.
“Estaban felices e impresionados de que una ‘niña’ sea la que haga estos productos”, relata sobre una experiencia vivida en diciembre pasado, durante una jornada de contacto con clientes.
Más allá del reconocimiento, el proyecto representa una estrategia de diversificación para la unidad productiva. Transformar la leche en origen permite mejorar márgenes, reducir dependencia de precios externos y construir una marca con identidad territorial.

Ángela reconoce que en un inicio imaginaba su futuro únicamente ligado al ordeño, pero el trabajo en planta le abrió nuevas perspectivas. Considera que la experiencia adquirida puede convertirse en la base para futuros emprendimientos propios dentro del sector lácteo.
En una región con tradición ganadera como Cundinamarca, iniciativas de este tipo aportan al fortalecimiento del entramado productivo local. También muestran que la incorporación de jóvenes a la agroindustria no solo es posible, sino necesaria para sostener la competitividad y la innovación en el campo.
El caso de Rozo evidencia que el agregado de valor en origen no requiere grandes estructuras industriales, sino capacitación, disciplina y una estrategia clara. En la pequeña planta de La Chamicera, entre moldes y termómetros, una joven de 20 años encarna esa transformación.