Una estancia patagónica histórica, liderada por los hermanos María Cecilia y Emilio Manera, se transformó en un modelo productivo y turístico en Chubut, donde combinan la cría de ovejas, la producción de aceite de oliva y la hospitalidad rural, generando valor en una región desafiante.
A 30 kilómetros al sur de Puerto Madryn, sobre las costas del Golfo Nuevo, una estancia con más de un siglo de historia encontró una nueva forma de proyectarse. Se trata de Estancia La Providencia, un establecimiento que combina tradición ganadera, producción de olivos y turismo rural en plena estepa patagónica.
Según informó La Nación, en una nota firmada por la periodista Ana van Gelderen, el lugar fue fundado en 1905 por Manuel Alzúa y Felisa Corbetto. Décadas después, la propiedad inició una nueva etapa bajo la gestión de la familia Manera, que decidió reconvertirla sin perder su identidad.

Desde 2021, Emilio Manera se encarga de recibir huéspedes en una casa original restaurada, que mantiene su estructura histórica y ofrece alojamiento para grupos reducidos. La propuesta apunta a quienes buscan una experiencia auténtica, en contacto directo con el paisaje y la producción rural.
El establecimiento abarca unas 7.000 hectáreas donde se desarrolla la cría de ovejas Merino doble propósito, orientadas tanto a la producción de lana como de carne. Esta actividad, tradicional en la Patagonia, sigue siendo el eje productivo.
Sin embargo, la gran innovación llegó con la incorporación de los olivos. A partir de 2018, la familia decidió diversificar la producción e iniciar un proyecto de aceite de oliva de calidad, en pequeña escala.

“Mi primo Eugenio fue el visionario. Vio que había mucho para hacer, más allá de la lana… Se asesoró en producción de olivos y hoy estamos entre los productores de aceite de oliva de calidad y a poca escala más australes del país”, explicó Emilio.
Actualmente producen unos 200 litros anuales bajo la marca Olivos del Golfo, un blend que combina variedades italianas y españolas como coratina, frantoio, arbequina, picual y manzanilla.
El aceite no solo se comercializa, sino que también forma parte de la experiencia gastronómica del lugar, donde los huéspedes pueden degustar platos regionales elaborados con productos propios.

Uno de los mayores atractivos es el casco de la estancia, una construcción de más de 120 años que fue restaurada respetando su diseño original. La intervención incluyó la recuperación de pisos, muebles y galerías, logrando un equilibrio entre historia y confort.
El alojamiento tiene capacidad para diez personas distribuidas en cuatro habitaciones, y ofrece una experiencia personalizada. Además, el establecimiento cuenta con un espacio más amplio para recibir grupos turísticos, incluyendo visitantes de cruceros que llegan a la zona.
La gastronomía es otro de los puntos destacados, con propuestas que incluyen cordero patagónico y productos elaborados en la propia estancia.

El proyecto también incorpora prácticas de sustentabilidad, como el uso de energía solar y sistemas para transformar agua salobre en agua potable. Estas soluciones permiten operar en un entorno donde los recursos son limitados.
Además, el lugar invita a explorar el paisaje patagónico. Un sendero conecta la estancia con el mar en una caminata de unos 20 minutos, que culmina en el refugio Matilde, ubicado frente al Golfo Nuevo.
Allí, la estepa se encuentra con la costa en un entorno marcado por el viento, las piedras y el silencio, uno de los principales atractivos para quienes buscan desconectar.

La historia de La Providencia refleja una tendencia creciente en el campo argentino: la diversificación productiva y la incorporación del turismo rural como fuente de ingresos.
En un contexto donde las actividades tradicionales enfrentan desafíos económicos y climáticos, este tipo de iniciativas permiten agregar valor, generar empleo y atraer visitantes.

La apuesta de la familia Manera muestra que es posible combinar tradición, innovación y sustentabilidad en uno de los paisajes más exigentes del país.