La diseñadora Romina Palma transforma paraguas rotos recolectados tras tormentas en Buenos Aires en ropa de diseño sustentable, a través de su proyecto Cazaparaguas, activo desde 2017 y basado en reciclaje textil y participación comunitaria.
El proyecto, llamado Cazaparaguas, comenzó en 2017, pero su origen está en una experiencia personal. Nacida en Comodoro Rivadavia, Palma creció en un entorno donde reutilizar materiales era parte de la vida cotidiana. “Reciclo desde toda la vida. Me crié en un lugar donde las distancias son muy largas y muchas veces no tenés acceso a materiales. Entonces esta práctica de transformación es algo que aprendí de mi familia, de mis abuelas”, contó en diálogo con TN.
El punto de inflexión ocurrió cuando llegó a Buenos Aires. Allí descubrió por primera vez los paraguas descartados en la vía pública. “Nunca me voy a olvidar del primero que vi. Era un arcoíris hermoso tirado en la calle. Ahí pensé: este material tiene algo, porque las personas no lo tiran en el container, lo dejan a la vista como si supieran que hay algo más”, relató.

A partir de esa observación, comenzó a recolectarlos sistemáticamente. Detectó que tras cada lluvia se acumulaban en esquinas y veredas, generando un volumen considerable de residuos urbanos. “Estamos en una ciudad con 32 barrios. Después de una tormenta se rompen uno, dos o tres paraguas por esquina. Es una cantidad enorme de material que termina enterrado”, explicó.
El desafío inicial fue técnico: separar la tela de la estructura metálica sin dañarla. Ese proceso permitió reutilizar el material textil para crear nuevos productos. “Aún no sabíamos que teníamos esa capacidad manual y empezamos a investigar, a experimentar y a ver qué podíamos hacer con esos textiles”, señaló.
Con el tiempo, el proyecto evolucionó hacia una producción más compleja. Hoy, Cazaparaguas fabrica camperas, mochilas, capas y prendas urbanas impermeables, utilizando exclusivamente telas recuperadas. Cada pieza combina distintos fragmentos de paraguas, lo que las convierte en productos únicos.

El crecimiento del emprendimiento está ligado a una red comunitaria que aporta materia prima. Vecinos, puntos verdes y descartes industriales abastecen el taller. Incluso, según cuenta Palma, durante las tormentas recibe mensajes con ubicaciones de paraguas abandonados. “A veces cuando empieza a llover me llega un mensaje al celular: ‘alerta Cazaparaguas’. La comunidad sale a buscarlos y me avisa dónde están”, afirmó.
El proceso de producción es completamente artesanal y de escala limitada. Cada año se lanzan pequeñas colecciones de alrededor de 50 prendas, además de trabajos a medida. El valor de las piezas ronda los 100.000 pesos, en línea con el mercado de indumentaria urbana.
Además de las telas, el proyecto reutiliza otras partes del paraguas. Las varillas metálicas, mangos y piezas plásticas se convierten en muebles, percheros y objetos de diseño. Los materiales que no pueden ser utilizados se donan a instituciones educativas.

Más allá del aspecto comercial, la iniciativa tiene un objetivo claro: generar conciencia. Palma sostiene que el proyecto se transformó en una herramienta para repensar el consumo. “Se transformó en un dispositivo de educación social para pensar qué hacemos con los materiales que consumimos”, explicó.
La comunidad que rodea a Cazaparaguas es, según la diseñadora, el motor principal del proyecto. Personas que guardan paraguas rotos durante años o que salen a recolectarlos después de cada tormenta forman parte de esta red colaborativa que convierte residuos en valor ambiental y diseño.