La correcta determinación del momento de cosecha en frutas como peras y manzanas es un factor decisivo para la calidad final del producto, según especialistas del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), quienes remarcaron el 29 de marzo la importancia de monitorear distintos índices de madurez en la Estación Experimental Agropecuaria Alto Valle. La práctica resulta clave porque impacta directamente en la conservación, el valor comercial y la disponibilidad de fruta durante todo el año.
De acuerdo con la información difundida por el organismo, los técnicos del área de poscosecha trabajan en la evaluación de parámetros físicos y químicos que permiten definir con precisión el momento óptimo de recolección. Esta decisión influye no solo en la calidad organoléptica del fruto, sino también en su comportamiento durante el almacenamiento y la comercialización.





El especialista Adrián Colodner explicó que durante la maduración los frutos atraviesan cambios bioquímicos que determinan dos etapas fundamentales: la madurez fisiológica y la madurez organoléptica. “La primera corresponde al momento en que el fruto puede seguir madurando luego de ser cosechado, mientras que la segunda refiere al punto en el que alcanza su máximo sabor, aroma y textura”, indicó en el marco de los trabajos técnicos del INTA.
Este proceso es central para definir el destino del producto. Una cosecha anticipada o tardía puede generar efectos negativos en la calidad, reducir la vida útil del fruto y afectar su valor en el mercado.
Para evitar estos inconvenientes, los especialistas recomiendan evaluar una serie de parámetros clave que permiten identificar el estado de madurez. Entre los principales indicadores se encuentran el color de la epidermis, la firmeza de la pulpa, el contenido de sólidos solubles (azúcares), la acidez y la degradación del almidón.
Estos elementos permiten no solo definir el inicio de la cosecha, sino también estimar la capacidad de conservación de la fruta y orientar su destino comercial.
La técnica Andrea Castro destacó que la relevancia de cada índice varía según la especie y la variedad. En ese sentido, explicó que “en manzanas verdes como Granny Smith, el color de la epidermis es un indicador relevante, mientras que en variedades rojas como Red Delicious se evalúa el color de fondo”, según precisiones difundidas por el INTA.
Las mediciones pueden realizarse mediante instrumentos específicos como colorímetros o a través de tablas de referencia, lo que facilita su aplicación en campo y en sistemas productivos de distinta escala.
La elección del momento de cosecha también depende del destino de la producción. La especialista Gabriela Calvo señaló que existen diferentes estrategias según el objetivo comercial. “Temprano para primicias, intermedio para almacenamiento y tardío para consumo inmediato”, indicó, aunque advirtió que nunca debe anticiparse a la madurez fisiológica, ya que esto compromete el desarrollo del fruto.
Este criterio resulta especialmente relevante en sistemas donde la fruta se destina a almacenamiento prolongado, ya que una cosecha fuera de término puede generar desórdenes fisiológicos y pérdidas económicas significativas.
En este contexto, el manejo poscosecha adquiere un rol estratégico. A través del control de variables como temperatura, humedad y atmósfera, se busca regular la respiración del fruto y prolongar su vida útil sin afectar su calidad.
Los especialistas coinciden en que la correcta aplicación de estos criterios permite mejorar la eficiencia productiva y garantizar una oferta constante de fruta de calidad. Esto no solo beneficia al consumidor final, sino que también fortalece la competitividad del sector frutícola en los mercados internos y de exportación.
El seguimiento de los índices de madurez se consolida así como una herramienta clave para reducir pérdidas, optimizar recursos y asegurar que los productos lleguen en condiciones óptimas a los distintos canales de comercialización.
En regiones productoras como el Alto Valle, donde la fruticultura tiene un peso significativo en la economía regional, la incorporación de estas prácticas resulta fundamental para sostener la actividad y adaptarse a las exigencias del mercado.
Además, la creciente demanda de alimentos de calidad y con características homogéneas refuerza la necesidad de aplicar criterios técnicos en cada etapa del proceso productivo.
El trabajo del INTA en este campo forma parte de una estrategia más amplia orientada a mejorar los sistemas productivos mediante la generación y transferencia de conocimiento. La articulación entre investigación y práctica permite que estas herramientas lleguen a productores, técnicos y empresas del sector.
En un contexto de creciente competencia y exigencias sanitarias y comerciales, la capacidad de definir con precisión el momento de cosecha se convierte en un diferencial clave.
La combinación de monitoreo de índices de madurez y buenas prácticas de poscosecha permite no solo preservar la calidad de la fruta, sino también agregar valor a la producción y mejorar su posicionamiento en los mercados.
De esta manera, la tecnología aplicada al seguimiento de la maduración se consolida como un componente esencial para el desarrollo sostenible de la fruticultura, con impacto directo en toda la cadena productiva.