Un proyecto familiar desarrollado en Viedma, en el Valle Inferior del río Negro, se convirtió en un modelo de inversión en avellanas con alto potencial: requiere hasta US$35.000 por hectárea, comienza a producir desde el tercer año y logra recuperar la inversión en aproximadamente siete años, en un contexto de demanda internacional estable y creciente interés de inversores.
El caso de Corylus muestra cómo una chacra con bajo nivel de actividad puede transformarse en un negocio escalable. La iniciativa comenzó como un proyecto familiar orientado a reactivar un campo, pero evolucionó hacia un esquema productivo profesionalizado, con tecnología, planificación y expansión.

“Esto empezó como un proyecto familiar, con la idea de volver a poner en producción la chacra”, explicaron Javier Masú y Andrés Mitchell, responsables del desarrollo. La oportunidad surgió en un momento clave: cuando el cultivo ya había superado la etapa experimental en la región.
Durante décadas, productores pioneros enfrentaron altos niveles de incertidumbre. Las primeras plantaciones tardaban entre ocho y diez años en producir, con costos elevados y sin garantías. Ese proceso permitió validar que el cultivo se adapta al clima patagónico y puede alcanzar buenos rendimientos.

En ese contexto, los nuevos proyectos ingresan con ventajas claras: conocimiento técnico acumulado, mejor genética y manejo intensivo. “Nosotros entramos en un momento distinto. Ya se sabía que funcionaba y que los rendimientos que se podían alcanzar eran buenos”, señalaron.
Hoy, el negocio combina una alta inversión inicial con retornos previsibles. Implantar una hectárea tecnificada —con plantas in vitro, riego y manejo agronómico intensivo— cuesta entre US$30.000 y US$35.000. La inversión se distribuye en los primeros cinco años, aunque se concentra en las etapas iniciales.

Los tiempos productivos también cambiaron. En los esquemas actuales, la producción comienza alrededor del tercer año, mientras que el flujo positivo se consolida antes que en modelos tradicionales. El recupero de la inversión se estima en siete años, frente a los diez años que requerían los sistemas anteriores.
En términos de productividad, los rindes pueden superar los 3.500 kilos por hectárea, dependiendo del manejo y las condiciones del lote. Este salto se explica por la incorporación de tecnología, mayor densidad de plantación y seguimiento agronómico permanente.
El factor climático es determinante. El Valle Inferior del río Negro presenta condiciones específicas que hacen viable el cultivo. La planta necesita acumular más de 800 horas de frío anual para producir. Sin ese requisito, el desarrollo vegetativo es posible, pero no la fructificación.

Además, la disponibilidad de agua a través del sistema de riego vinculado al río Negro resulta clave en una región donde las precipitaciones son limitadas. A esto se suma la influencia marítima, que contribuye a estabilizar las temperaturas y mejorar las condiciones productivas.
Otro aspecto central es el mercado. A diferencia de otros cultivos, la avellana presenta precios relativamente estables a nivel internacional. En la actualidad, el valor ronda los US$6,60 por kilo, aunque ese nivel es considerado excepcional. Como referencia, el precio habitual se ubica cerca de los US$4,20.
La estabilidad responde, en parte, a la estructura de la demanda global. Empresas de gran escala concentran una porción significativa de las compras, lo que contribuye a sostener valores previsibles en el tiempo. En la región, además, existe infraestructura de procesamiento que facilita la comercialización.
El crecimiento del sector ya muestra señales concretas. En el área del Idevi, en torno a Viedma, se concentra cerca del 95% de la producción nacional de avellanas, con más de 700 hectáreas implantadas. A esto se suma el ingreso de nuevos inversores y desarrollos que buscan ampliar la escala.
Sin embargo, el desafío sigue siendo consolidar el ecosistema productivo. El sector aún presenta una fuerte integración dentro de cada emprendimiento, con pocos proveedores especializados. A medida que aumente la superficie cultivada, se espera una mayor profesionalización y reducción de costos.

El manejo agronómico es otro punto crítico. “El manejo es esencial, hacer todas las tareas en tiempo y forma”, explicaron. El riego, la fertilización y la poda influyen directamente en los resultados, incluso con impactos que pueden verse dos temporadas después.
En ese sentido, la poda cumple un rol clave en la renovación de la planta y la generación de brotes productivos. Un manejo inadecuado puede reducir el rendimiento en el mediano plazo.
El desarrollo de las avellanas en la Patagonia se encuentra en una etapa de expansión. Con condiciones naturales favorables, tecnología disponible y demanda sostenida, el cultivo se posiciona como una alternativa de inversión agrícola de mediano y largo plazo en Argentina.