En CERAWeek by S&P Global 2026, realizado la semana pasada en Houston, líderes políticos, ejecutivos y expertos del sector energético coincidieron en un diagnóstico central: el mundo atraviesa un cambio estructural profundo, donde la energía, la tecnología y la geopolítica se entrelazan, redefiniendo el equilibrio global de poder en un contexto de creciente tensión internacional y demanda energética acelerada.
El encuentro, organizado por S&P Global, tuvo como eje el lema “Convergence and Competition: Energy, Technology and Geopolitics”. Sin embargo, según los principales expositores, la “competencia” dejó de ser estrictamente económica y evolucionó hacia un escenario más complejo, marcado por riesgos de conflicto estructural y disputas por recursos estratégicos.
En ese marco, el analista Carlos Pascual advirtió que la situación energética global podría deteriorarse significativamente en los próximos meses, en especial por la escalada de tensiones en Medio Oriente vinculadas a Irán. “Estamos frente a una crisis energética mucho más grande de lo que se está diciendo públicamente”, afirmó durante el evento.
Entre los escenarios evaluados, se mencionó la posibilidad de un aumento extremo en los precios del petróleo —con proyecciones que alcanzan los 200 dólares por barril—, junto con interrupciones en el suministro global si se ven afectadas rutas clave de exportación o infraestructura crítica en países productores como Qatar y Emiratos Árabes Unidos. A esto se suma la dificultad de recuperar rápidamente la producción tras eventuales cierres, lo que amplifica la volatilidad del mercado energético.
Uno de los consensos más marcados en CERAWeek fue el impacto de la inteligencia artificial sobre la demanda energética global. Lejos de reducir el consumo, la expansión de esta tecnología está impulsando una necesidad creciente de electricidad, tensionando la capacidad del sistema energético mundial.
Empresas tecnológicas y energéticas coincidieron en que la infraestructura necesaria para sostener el desarrollo de la IA —incluyendo centros de datos, redes de procesamiento y sistemas de almacenamiento— requiere energía abundante, constante y disponible en el corto plazo. Esto está llevando a decisiones marcadas por un pragmatismo energético total.

En ese contexto, si bien algunas compañías avanzan con energías renovables combinadas con baterías, el discurso predominante dentro de sectores del gobierno estadounidense apunta a reforzar el uso de combustibles fósiles, incluyendo petróleo, gas natural e incluso carbón, para garantizar la seguridad energética inmediata.
El concepto de “energy dominance” (dominancia energética), promovido durante la administración de Donald Trump, volvió a ocupar un lugar central en el debate. Según los funcionarios presentes, esta estrategia busca asegurar el liderazgo global de Estados Unidos a través de la autosuficiencia energética y la capacidad de influir en los mercados internacionales.
No obstante, el término generó controversia. Para algunos actores, implica control geopolítico directo; para otros, representa una oportunidad de expansión económica y cooperación estratégica. En cualquier caso, refleja un cambio en la lógica del sistema energético, donde la seguridad nacional y la energía aparecen cada vez más entrelazadas.
En medio de este escenario, América Latina emerge como una región estratégica, impulsada por sus recursos naturales, su capacidad de expansión productiva y su alineamiento político cambiante. Según lo discutido en el evento, Estados Unidos está avanzando en una política activa de financiamiento energético e inversión en infraestructura en la región.
A través de la U.S. International Development Finance Corporation, se proyectan inversiones que superan los 200.000 millones de dólares, orientadas a expandir la producción de energía, el desarrollo de minerales críticos y la construcción de infraestructura clave. Estas iniciativas, sin embargo, estarían condicionadas a acuerdos estratégicos y alineamientos geopolíticos.
Dentro de este esquema, Argentina aparece como un actor clave, especialmente por el desarrollo de Vaca Muerta, uno de los principales reservorios de hidrocarburos no convencionales del mundo.
El potencial de este yacimiento, sumado a proyectos de exportación de gas natural licuado (LNG) liderados por YPF, posiciona al país como un proveedor relevante en un contexto global que demanda energía confiable, rápida de escalar y cercana a los mercados de consumo.
Durante los últimos años, el discurso global estuvo centrado en la transición energética, la descarbonización y la reducción de emisiones. Sin embargo, lo observado en CERAWeek sugiere un cambio de prioridades a nivel global.
La urgencia por garantizar el suministro, sumada a la presión de nuevas demandas tecnológicas y a la inestabilidad geopolítica creciente, está desplazando el foco hacia la seguridad energética inmediata y la capacidad de respuesta rápida. Esto no implica necesariamente el abandono de los objetivos ambientales, pero sí una reconfiguración de estrategias y tiempos.
En este nuevo escenario, la energía deja de ser un componente técnico para convertirse en un instrumento central de poder global, donde las decisiones están cada vez más influenciadas por factores políticos, económicos y estratégicos.
El encuentro en Houston dejó en claro que el sistema energético global atraviesa una etapa de transformación profunda e incierta. La convergencia entre tecnología, recursos naturales y geopolítica no solo redefine mercados, sino también alianzas y conflictos. Tal como reflejó la cobertura internacional, incluida la revista Forbes, el desafío será encontrar un equilibrio entre crecimiento, seguridad y sostenibilidad en un contexto donde las certezas son cada vez más escasas.