El Instituto Brasileiro de Geografía e Estatística (IBGE) y la Confederação de Agricultura e Pecuaria do Brasil (CNA) confirmaron esta semana un cambio estructural definitivo en la economía de Brasil: el agrobusiness ya supera en peso al sector industrial manufacturero. Este fenómeno, consolidado durante el último año, responde a un aumento sistemático de la productividad en el campo y a una inversión que triplica a la de los servicios y la industria combinados. La relevancia de este hito radica en que el gigante sudamericano se posiciona para convertirse en la mayor superpotencia agroalimentaria del siglo XXI, desplazando incluso el liderazgo histórico de los Estados Unidos en la exportación de alimentos.
Las cifras oficiales del cierre de 2025 revelan una tendencia que los analistas consideran irreversible para el corto y mediano plazo. Mientras que la actividad agropecuaria individual ascendió al 7.1% del Producto Bruto Interno (PBI) —el nivel más alto registrado desde el inicio de la serie histórica en el año 2000—, la industria manufacturera continuó su senda de contracción. El sector fabril representó apenas el 13.7% del producto el año pasado, marcando un retroceso frente a periodos anteriores.
No obstante, el dato más revelador surge al analizar la cadena de producción agroindustrial en su totalidad. Bajo este concepto integrador, el agrobusiness ya sobrepasó la relevancia económica de la industria tradicional. Las proyecciones de la CNA son ambiciosas: se estima que para 2026 el sector alcance una participación del 24.4% en el PBI nacional. En contraste, las proyecciones para la manufactura sugieren una caída hasta el 10% en los próximos tres años, profundizando la brecha entre ambos sectores.
De acuerdo con informes de la Fundación Getulio Vargas (FGV), el factor determinante detrás de este auge es el crecimiento exponencial de la eficiencia. La productividad agroalimentaria en Brasil crece actualmente a un ritmo del 5.9% anual, una cifra que duplica el promedio nacional de 2.9%. Este éxito no es casual, sino el resultado de décadas de desarrollo tecnológico liderado por Embrapa (Empresa Brasileira de Pesquisa Agropecuaria).

La labor de Embrapa resultó central en la transformación de tierras antes consideradas improductivas. A través de investigaciones genéticas de semillas, innovaciones en la utilización de recursos y la adecuación técnica de los suelos de la región del Cerrado, el organismo estatal permitió que la frontera agrícola se expandiera con rendimientos récord. Esta inversión en conocimiento explica por qué el sector atrae hoy tres veces más capital que el resto de las áreas productivas del país.
El presente del campo brasileño contrasta drásticamente con la realidad de su industria, que atraviesa un estancamiento estructural desde hace tres décadas. Este declive afecta el posicionamiento global de un país que, entre 1930 y 1980, ostentó el título de la economía con mayor crecimiento mundial, con tasas anuales sostenidas de entre el 7% y el 8%.
Aquel "milagro brasileño" tuvo su génesis en la política de sustitución de importaciones impulsada por el primer gobierno de Getulio Vargas. Durante ese periodo, el país volcó sus esfuerzos al mercado interno y fortaleció su alianza estratégica con los Estados Unidos, llegando a ser la única nación sudamericana en participar activamente en la Segunda Guerra Mundial, combatiendo en la Campaña de Italia junto al Cuarto Ejército del General Mark Clark.
Sin embargo, el modelo entró en crisis a partir de 1980, durante el mandato del General Ernesto Geisel, coincidiendo con la crisis de la deuda latinoamericana. La industria manufacturera, que supo ser la más avanzada de la región, se sumergió en una depresión prolongada y una hiperinflación que se extendió por dos décadas, erosionando su competitividad internacional.
A pesar del debilitamiento industrial, el surgimiento del agrobusiness a partir del año 2000 cambió el destino de la nación. Brasil pasó de una situación crítica en 1980, donde importaba más del 75% de los alimentos que consumía —agravando los índices de pobreza en ciudades como San Pablo, Río de Janeiro, Belo Horizonte y Porto Alegre—, a ser un exportador neto con capacidad de alimentar a buena parte del planeta.
La UNCTAD (Organización de Naciones Unidas para el Comercio y las Inversiones) sostiene que el potencial de expansión inmediata es de un 40% en la próxima década. Este crecimiento proyectado no solo garantiza la seguridad alimentaria interna, sino que redefine el rol geopolítico de Brasil. Con el respaldo de los datos del IBGE, el país parece haber encontrado finalmente la llave para dejar atrás el estigma de ser "la eterna promesa" y consolidarse como el actor dominante del mercado global de alimentos en el siglo XXI.