La presencia del hongo Amanita muscaria en la Patagonia, detectada desde 2006 y en expansión, es objeto de nuevas investigaciones por sus posibles efectos en el suelo, la biodiversidad y la regeneración de los bosques, según informó el diario Río Negro.
Cada otoño, la aparición de los característicos hongos de sombrero rojizo se vuelve cada vez más frecuente en distintos puntos de la Patagonia. Aunque su presencia resulta llamativa, detrás de este fenómeno hay un proceso que despierta creciente interés científico. Según informó el diario Río Negro, investigadores estudian la expansión de la Amanita muscaria, una especie originaria del hemisferio norte que hoy se registra en ambientes nativos del sur argentino.

Los primeros registros en la región datan de 2006 en San Carlos de Bariloche, donde el hongo fue detectado asociado a especies forestales introducidas como pinos. Con el tiempo, su presencia se amplió a áreas protegidas como Parque Nacional Lanín, Parque Nacional Nahuel Huapi, Parque Nacional Los Arrayanes, Lago Puelo y Parque Nacional Los Alerces.
La expansión del hongo no solo se explica por su adaptación a nuevas condiciones, sino también por el rol de la llamada ciencia ciudadana. A través de fotos, consultas y publicaciones en redes sociales, los habitantes de la región aportan datos que permiten a los especialistas ampliar el monitoreo y detectar nuevos focos.

La investigadora Eugenia Salgado Salomón, del CONICET y del CIEFAP, explicó que este hongo es una especie micorriza, es decir, que vive asociada a las raíces de los árboles. En su ambiente original, cumple una función beneficiosa para el desarrollo vegetal, pero su comportamiento en ecosistemas donde no es nativa aún genera interrogantes.
Uno de los aspectos que más preocupa es su posible impacto en la regeneración del bosque. “Lo que identificamos fue que los sitios invadidos cambian y dejan de regenerarse. No aparecen nuevos plantines. Podría ser que la Amanita modifica el suelo”, señaló la especialista.

Entre las hipótesis en estudio, los investigadores consideran que la presencia de la Amanita muscaria podría alterar la dinámica de otros hongos del suelo, generando un proceso de desequilibrio ecológico. Este fenómeno se vincula con el concepto de “maladaptación”, que describe lo que ocurre cuando una especie se introduce en un ecosistema ajeno y provoca cambios negativos en su funcionamiento.
Otra línea de investigación apunta a su dispersión. Se analiza el rol de las personas y los animales en la propagación de esporas, especialmente en zonas de alto tránsito como senderos turísticos. Esta hipótesis se apoya en la localización de varios focos cerca de caminos y áreas frecuentadas.

Además de su impacto ambiental, la Amanita muscaria presenta riesgos para la salud. Se trata de un hongo tóxico y no comestible, cuya ingestión puede provocar síntomas como diarrea, deshidratación y, en casos graves, fallas hepáticas o cardíacas. También se han reportado efectos en la fauna local, con alteraciones de comportamiento en especies como zorros, aves y el pudú.
En este contexto, los especialistas recomiendan no manipular ni trasladar los ejemplares y limpiar el calzado tras transitar por zonas donde se detecte su presencia, para evitar la dispersión de esporas. También sugieren prestar atención a las mascotas, que pueden sentirse atraídas por el hongo.

El control de la especie representa un desafío adicional, ya que su estructura principal se desarrolla bajo tierra, lo que dificulta su erradicación. Actualmente, equipos técnicos trabajan junto a personal de parques nacionales para contener su expansión y monitorear su evolución.
El avance de la Amanita muscaria en la Patagonia refleja un proceso más amplio vinculado a la introducción de especies y sus efectos en los ecosistemas. En ese marco, la combinación de investigación científica y participación ciudadana aparece como una herramienta clave para comprender y gestionar este fenómeno en el mediano y largo plazo.
