En la Patagonia, los guanaco realizan migraciones estacionales clave para su supervivencia, pero investigaciones recientes indican que estas rutas no son solo instintivas, sino que dependen de una memoria cultural transmitida entre generaciones, un fenómeno que hoy enfrenta crecientes amenazas.
Con la llegada del frío, los guanacos abandonan las zonas altas y se desplazan hacia áreas más bajas en busca de mejores condiciones. Este movimiento, que se repite cada año, es fundamental no solo para la especie sino también para el equilibrio del ecosistema. Según explicó el biólogo Emiliano Donadio, “Las migraciones se caracterizan por movimientos estacionales de ida y vuelta que involucran a un gran número de individuos a la vez”, según informó Diario Río Negro.

Las investigaciones más recientes aportan un cambio de enfoque. “La idea central de esta teoría es que las migraciones dependen de información aprendida socialmente, más que de un programa genético predeterminado”, sostuvo Donadio. En otras palabras, el aprendizaje colectivo tiene más peso que el instinto.
Esto implica que los individuos jóvenes aprenden las rutas observando a los adultos con experiencia. “Individuos jóvenes van aprendiendo sobre las migraciones a partir de lo que ven hacer a los individuos maduros con experiencia”, explicó el especialista. Este proceso configura lo que los científicos denominan una cultura animal, donde el conocimiento se transmite de generación en generación.

Los estudios se basan en el seguimiento de poblaciones en áreas como el Parque Patagonia y Monte León, que son de las pocas en Sudamérica monitoreadas con tecnología satelital. A partir de estos datos, los científicos buscan entender por qué no todos los guanacos migran, incluso en condiciones similares.
El fenómeno tiene implicancias profundas. Si la migración es aprendida, su continuidad depende de que las nuevas generaciones puedan acceder a ese conocimiento. Cuando las rutas se interrumpen, esa memoria cultural puede perderse. “Cuando las migraciones se interrumpen, la memoria cultural que las sostiene no queda ‘en pausa’. Tiende a erosionarse y, con el tiempo, desaparecer”, advirtió Donadio.
Entre las principales amenazas aparecen los alambrados que atraviesan la estepa patagónica. Estas estructuras representan un riesgo crítico, especialmente en invierno, cuando la nieve dificulta el desplazamiento. Muchos animales quedan atrapados o no logran avanzar hacia zonas seguras.

Un estudio del CONICET reveló que al menos un 6,4% de la población de guanacos muere enganchada en alambrados en la provincia de Río Negro. Extrapolado a toda la región, el impacto implica miles de animales por año.
El problema no se limita a la pérdida de individuos. La interrupción de las migraciones afecta funciones ecológicas esenciales. Los guanacos cumplen un rol clave en la dispersión de semillas y la redistribución de nutrientes, contribuyendo a la biodiversidad y al equilibrio ambiental.
La pérdida de estas rutas reduce la heterogeneidad del ecosistema y altera los procesos naturales. “Se pierde heterogeneidad ambiental”, explicó el especialista, en referencia al impacto sobre la dinámica de la estepa.
Frente a este escenario, los investigadores plantean soluciones concretas. Modificaciones simples en los alambrados, como retirar la hebra superior o generar pasos específicos, han demostrado reducir significativamente la mortalidad.

Mientras tanto, el ciclo natural continúa. Con cada invierno, los guanacos recorren caminos invisibles que combinan experiencia, aprendizaje y adaptación. Sin embargo, los científicos advierten que este sistema podría desaparecer si no se protege a tiempo, poniendo en riesgo no solo a la especie sino también al equilibrio de todo el ecosistema patagónico.