La producción global de salmón atlántico de granja superó las 3,12 millones de toneladas en 2025, una cifra que contrasta con la caída sostenida del salmón salvaje en países como España, Noruega y Escocia. El fenómeno, impulsado por el crecimiento de la acuicultura, es relevante porque está alterando los ecosistemas y comprometiendo la supervivencia de las poblaciones naturales.
El crecimiento de la acuicultura transformó la industria pesquera en las últimas décadas. Hoy, la producción de salmón de granja es miles de veces superior a las capturas en estado salvaje. Este cambio no solo modificó el mercado, sino también los incentivos para conservar las poblaciones naturales, que dejaron de ser esenciales para el abastecimiento.
En España, la situación refleja esta tendencia global. En 2024 se registraron apenas 130 ejemplares de salmón salvaje en ríos asturianos, el nivel más bajo desde que existen registros. La caída también se evidencia en otros países clave. En Noruega se observaron 323.000 ejemplares en 2024, frente a más de 480.000 el año anterior, lo que llevó a restringir la pesca en decenas de ríos. En Escocia, la población de salmón salvaje se redujo cerca de un 80% desde la década de 1970.

El problema no se limita a una menor protección ambiental. Las propias dinámicas de la acuicultura intensiva están impactando directamente sobre las poblaciones salvajes. Uno de los factores es el escape de salmones de granja, que se cruzan con los salvajes y generan problemas genéticos que debilitan la adaptación natural de la especie.
Otro factor clave es la propagación del piojo de mar, un parásito que se multiplica en las jaulas de cría debido a la alta densidad de peces. Este fenómeno aumenta la carga parasitaria en el entorno marino y afecta tanto a los ejemplares de granja como a los salvajes.
A esto se suma la presión sobre la cadena alimentaria. La industria depende de peces de menor tamaño para alimentar a los salmones en cautiverio, lo que reduce la disponibilidad de recursos para otras especies y altera el equilibrio del ecosistema.
Las consecuencias ya son visibles en el comportamiento de la especie. En regiones como Asturias, la temporada de pesca comenzó más tarde de lo habitual y la captura del primer ejemplar del año alcanzó un récord de demora. Estos cambios reflejan una disminución sostenida de la población y dificultades en su ciclo natural.
Aunque la acuicultura es un factor central, no es el único. El cambio climático y las alteraciones en la cadena trófica también influyen en el declive global. Sin embargo, distintas estrategias implementadas para revertir la situación, como la repoblación, no lograron resultados efectivos e incluso pueden reducir la diversidad genética, aumentando la fragilidad de la especie.
El escenario actual plantea un desafío para la industria y los sistemas de conservación. El crecimiento de la acuicultura permitió sostener el consumo mundial de salmón, pero también generó impactos que ponen en riesgo la supervivencia del salmón salvaje. La tendencia continúa y, de no revertirse, podría profundizarse en los próximos años.