César Rivarola llegó a la Patagonia en 2009 desde Formosa en busca de nuevas oportunidades laborales. Diecisiete años después, en Choele Choel, se convirtió en uno de los pocos productores de la región que logra cosechar frutillas durante el invierno, gracias a una producción que comenzó con apenas 70 plantas y hoy supera las 5.000 unidades. Su historia refleja cómo la innovación, el aprendizaje constante y la perseverancia pueden transformar un pequeño emprendimiento en una alternativa productiva con alta demanda local.
Cuando llegó al sur argentino, Rivarola no tenía experiencia en frutas finas. Durante años trabajó en cosechas, chacras y empleos temporarios mientras conocía las características productivas de la región. En 2016 decidió dar un paso más y comenzó un proyecto propio vinculado inicialmente a la horticultura.

La producción agropecuaria formaba parte de su historia familiar. Su padre cultivaba mandioca y maní en Formosa, y fue allí donde nació su interés por la actividad. Sin embargo, de sus hermanos fue el único que eligió continuar ligado al trabajo de la tierra.
La trayectoria no estuvo exenta de desafíos. César nació sin una mano, una condición que nunca consideró un impedimento para desarrollarse laboralmente. “Como nací así, la cabeza ya la tengo preparada para hacer las cosas. Si algo no me sale de una forma, trato de buscarle la vuelta. Lo único que no puedo es agarrar algunas cosas, pero para trabajar nunca me impidió nada”, explicó.

Durante sus primeros años como productor experimentó con distintos cultivos, entre ellos zapallos, tomates, morrones, melones, sandías y berenjenas. La participación en ferias locales le permitió identificar oportunidades comerciales y detectar productos con menor oferta en la región.
Fue así como descubrió el potencial de las frutillas. Todo comenzó cuando su esposa llevó algunas plantas con la idea de producir plantines para la venta. Lo que parecía una prueba terminó transformándose en el eje principal del emprendimiento.

“Las traje acá a la tierra y las puse para probar. Eran unas 70 plantas más o menos. Empezaron a sacar guía, después más guía y cuando me quise acordar tenía una cantidad impresionante de plantines. Nunca pensé que iba a terminar dedicándome a esto”, recordó.
Actualmente trabaja con las variedades San Andreas, Albion y Aromas, adaptadas a las condiciones del Valle Medio. A partir de aquellas primeras plantas logró desarrollar una producción cercana a las 5.000 unidades y consolidarse como uno de los pocos productores de frutillas presentes en las ferias de la zona.

El aprendizaje fue mayormente autodidacta. Rivarola estudia técnicas de producción a través de internet y luego las aplica en el campo mediante pruebas propias. Ese proceso también incluyó errores y pérdidas importantes. Una enfermedad afectó gran parte de sus plantas, pero logró reconstruir el cultivo a partir de los ejemplares que sobrevivieron.
“Voy mirando, leyendo y después pruebo. Algunas cosas salen bien y otras no, pero así fui aprendiendo. Lo bueno es que nunca terminás de aprender y si le ponés actitud siempre podés seguir”, afirmó.
Uno de los factores clave para mejorar la productividad fue la incorporación de microtúneles y macrotúneles, estructuras que protegen los cultivos de las bajas temperaturas y permiten extender los períodos de cosecha. Gracias a esta tecnología, continúa obteniendo fruta fresca incluso cuando la mayoría de los productores ya finalizó la temporada.

“Es el primer año que tengo frutillas a esta altura. Ya estamos casi a fines de junio y sigo sacando algo. Cuando en campo ya no hay, por ahí seguís teniendo producción debajo de los túneles”, señaló.
Además de las frutillas, produce verduras de hoja, brócoli, repollos y repollitos de Bruselas, cultivos que sostienen gran parte de los ingresos familiares durante los meses más fríos.
La producción encuentra salida comercial tanto en ferias como en verdulerías, comercios y hoteles de la región. Mientras tanto, el productor ya proyecta nuevos desafíos. Entre sus planes figuran la incorporación de frambuesas y arándanos, además de la construcción de un invernadero para ampliar la producción hortícola.

A sus 38 años, Rivarola sigue apostando al crecimiento. Su objetivo es acceder a un espacio propio y continuar desarrollando alternativas productivas en el Valle Medio. La experiencia acumulada durante estos años refuerza una convicción que guía cada uno de sus proyectos: “En esto nunca terminás de aprender y si le pones actitud siempre podes seguir”.