La degradación de los suelos continúa siendo uno de los principales desafíos para la agricultura argentina, pero investigaciones desarrolladas por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) aportan nuevas evidencias sobre el impacto positivo de distintas prácticas de manejo conservacionista. Según estudios realizados por especialistas del INTA Entre Ríos, la incorporación de terrazas de evacuación, rotaciones de cultivos, siembra directa y enmiendas orgánicas permite reducir hasta un 54% las pérdidas de suelo, mejorar la infiltración del agua, incrementar el contenido de carbono y fortalecer la sustentabilidad de los sistemas productivos de la región pampeana.
Los resultados difundidos forman parte de una línea de investigación que busca generar indicadores para monitorear el estado del suelo, detectar procesos de degradación en etapas tempranas y orientar decisiones de manejo basadas en información técnica.
Los estudios del INTA muestran que los sistemas agrícolas continuos provocan cambios importantes en las propiedades físicas y químicas del suelo cuando no se incorporan prácticas adecuadas de conservación.
Entre los principales efectos observados aparecen reducciones de entre 20% y 50% del carbono orgánico, pérdidas de nitrógeno por lixiviación que pueden alcanzar 120 kilogramos por hectárea por año y aumentos de hasta 20% en la densidad del suelo, un proceso que limita el desarrollo radicular y disminuye la capacidad de infiltración del agua.
Frente a este escenario, los investigadores trabajan en la utilización de indicadores como el contenido de carbono orgánico, la estabilidad de agregados, la infiltración y las pérdidas de suelo, variables consideradas fundamentales para evaluar la salud del recurso y medir la efectividad de las distintas prácticas agronómicas.
Según explicó Marcelo Wilson, coordinador del proyecto macrorregional del INTA sobre mitigación de externalidades en los sistemas productivos pampeanos, "el suelo es un recurso estratégico en la agricultura. Si no medimos su estado y su dinámica, no podemos anticipar problemas ni ajustar el manejo".
Uno de los trabajos de largo plazo realizados por el organismo analizó 17 campañas agrícolas en la provincia de Entre Ríos.
Los resultados demostraron que la rotación maíz-trigo/soja disminuye alrededor de 40% el coeficiente de escorrentía, favoreciendo una mejor utilización del agua y reduciendo el riesgo de erosión.
La investigadora del INTA Paraná, Mariela Seehaus, señaló que mantener cobertura vegetal durante todo el año constituye una de las estrategias más efectivas para proteger el suelo.
De acuerdo con los ensayos, los lotes manejados bajo monocultivo de soja registraron pérdidas cercanas a 2,2 toneladas de suelo por hectárea al año.
En cambio, cuando el esquema productivo incorpora trigo como cultivo invernal, la erosión disminuye significativamente y puede reducirse hasta 0,3 toneladas por hectárea en las secuencias agrícolas con mayor diversificación.
La especialista también destacó el aporte de la siembra directa, una práctica ampliamente difundida en la agricultura argentina que contribuye a disminuir la pérdida de suelo al mantener residuos vegetales sobre la superficie y reducir el movimiento mecánico del terreno.
Otra de las tecnologías evaluadas por el INTA corresponde a la sistematización de tierras mediante terrazas de evacuación.
Actualmente, esta infraestructura se encuentra presente en alrededor de 600.000 hectáreas de la provincia de Entre Ríos.
Las investigaciones muestran que su implementación permite reducir las pérdidas de suelo en aproximadamente 54%, al disminuir la velocidad del escurrimiento superficial y evitar el arrastre de la capa fértil.
Además del efecto sobre la erosión, los estudios identificaron mejoras en la capacidad del suelo para almacenar carbono.
Las estimaciones realizadas a escala de cuenca muestran un incremento promedio del 8,5% en las reservas de carbono respecto de la situación inicial.
Wilson indicó que los lotes sistematizados presentan alrededor de 13% más carbono orgánico que aquellos donde no se implementó este tipo de infraestructura.
Este aumento representa un beneficio tanto para la fertilidad del suelo como para su capacidad de retener agua y sostener la productividad a largo plazo.
Las investigaciones también analizaron el efecto de distintas enmiendas orgánicas destinadas a recuperar suelos degradados.
Entre ellas, la utilización de cama de pollo mostró resultados positivos sobre las propiedades físicas y químicas del suelo.
El técnico del INTA Paraná, Emmanuel Gabioud, explicó que este material constituye una alternativa para mejorar la fertilidad mediante el aporte de materia orgánica y nutrientes.
Los ensayos realizados durante dos años mostraron incrementos cercanos al 20% en el contenido de carbono orgánico, acompañados por mejoras en la porosidad, la disponibilidad de fósforo y la capacidad de infiltración del agua.
Estas modificaciones contribuyen a fortalecer la estructura del suelo y a mejorar las condiciones para el desarrollo de los cultivos.
Los especialistas remarcan que el seguimiento continuo de indicadores constituye una herramienta clave para anticipar procesos de degradación y evaluar el impacto de las prácticas de manejo implementadas.
El monitoreo sistemático permite identificar cambios en la calidad del suelo antes de que las pérdidas de productividad resulten significativas y facilita la toma de decisiones orientadas a preservar el recurso.
En una región donde la agricultura ocupa una superficie cada vez mayor, disponer de información objetiva sobre el comportamiento de los suelos resulta fundamental para diseñar estrategias de producción sustentables.
En Entre Ríos, donde más del 57% del territorio presenta algún grado de erosión, la generación de conocimiento adquiere una importancia especial para orientar políticas de conservación y manejo.
Los resultados obtenidos por el INTA muestran que la incorporación de prácticas conservacionistas no solo contribuye a reducir la degradación del suelo, sino que también mejora variables directamente relacionadas con la productividad agrícola.
Una mayor infiltración del agua, el incremento del carbono orgánico, la reducción de la escorrentía y una mejor disponibilidad de nutrientes fortalecen la capacidad productiva de los sistemas agrícolas y aumentan su resiliencia frente a condiciones climáticas variables.
Para los investigadores, la conservación del suelo debe integrarse como un componente central de la planificación agronómica y no limitarse únicamente a situaciones de erosión visible.
Como señaló Wilson, "el suelo es la base del sistema productivo en nuestra región. Su manejo define su sustentabilidad a largo plazo".
Con estos estudios, el INTA continúa generando evidencia científica sobre los beneficios de las prácticas de manejo conservacionista y aporta herramientas para que productores y asesores puedan adoptar decisiones orientadas a preservar uno de los recursos más estratégicos para la agricultura argentina.