La tuna o nopal comenzó a ganar espacio como recurso forrajero en los sistemas ganaderos del Chaco salteño, donde productores e instituciones de la localidad de Morillo trabajan desde 2015 en la adaptación y multiplicación de Opuntia ficus-indica para enfrentar los períodos de sequía y escasez de alimento. La experiencia busca incorporar una reserva capaz de complementar el monte y las pasturas durante los meses críticos, con una especie que requiere poca agua y puede desarrollarse en terrenos de baja productividad.
El avance de esta alternativa responde a una limitación estructural de la ganadería en el Chaco: durante los períodos secos, la oferta de forraje puede caer de manera pronunciada y comprometer la condición de los animales. En ese contexto, la tuna ofrece una combinación de alimento y aporte de agua, dos recursos especialmente relevantes para los sistemas productivos de regiones donde las altas temperaturas y las restricciones hídricas forman parte de las condiciones habituales.
La experiencia desarrollada en Morillo apunta, además, a que el cultivo pueda incorporarse en superficies que presentan pocas alternativas productivas. Los cactus forrajeros pueden implantarse en arenales y áreas degradadas, lo que permite ampliar la disponibilidad de alimento sin competir necesariamente con los terrenos destinados a otras actividades agrícolas o ganaderas.
La principal función que se busca darle a la tuna es cubrir los denominados baches forrajeros. Se trata de los momentos del año en los que disminuye la producción del monte y las pasturas pierden calidad o dejan de ofrecer una cantidad suficiente de alimento.
En esas circunstancias, los productores necesitan contar con recursos que permitan sostener la alimentación del rodeo hasta que las condiciones climáticas vuelvan a favorecer la producción de forraje.
La tuna presenta algunas características que la vuelven particularmente interesante para ese objetivo. Sus cladodios, las estructuras carnosas que habitualmente se identifican como “hojas”, contienen una elevada proporción de agua. Al ser consumidos por los animales, aportan tanto materia alimenticia como humedad.
El recurso puede utilizarse en sistemas con bovinos, caprinos y ovinos, por lo que su incorporación no queda restringida a un único tipo de producción.
La adaptación a condiciones de calor y baja disponibilidad hídrica constituye otra de sus ventajas. Mientras otras especies forrajeras reducen su crecimiento cuando falta agua, la tuna está adaptada a ambientes áridos y semiáridos.
Esto no significa que pueda prescindir completamente del manejo. La implantación, la selección del material, la disponibilidad de agua durante las primeras etapas y la forma de aprovechamiento son variables que deben ser consideradas para lograr una producción estable.
El proyecto comenzó en 2015, cuando se incorporaron a la zona materiales provenientes de la Agencia de Extensión Rural de Ingeniero Juárez, en Formosa.
A partir de esas primeras experiencias se inició un proceso de multiplicación local y difusión entre productores interesados en sumar recursos forrajeros alternativos. El objetivo fue evaluar el comportamiento del cultivo bajo las condiciones ambientales del Chaco salteño y generar material disponible para nuevas implantaciones.
El trabajo tuvo un nuevo impulso en 2021, con la creación de un centro de multiplicación. Actualmente, ese espacio cuenta con unas tres hectáreas destinadas a la producción y multiplicación de tuna.
Desde allí se distribuye material a productores de la zona y se continúa con la expansión de las parcelas. La estrategia permite, además, observar el comportamiento de diferentes materiales y ajustar las prácticas de manejo a las características de cada establecimiento.
El desarrollo local forma parte de una experiencia más amplia. La utilización de cactus como recurso forrajero cuenta con antecedentes en distintas regiones del norte argentino y también en países vecinos, especialmente Brasil y Paraguay, donde los productores enfrentan condiciones de disponibilidad hídrica similares.
Uno de los objetivos es aprovechar esas experiencias y adaptar los conocimientos a las condiciones productivas del Chaco salteño.
Los resultados obtenidos en otras zonas permiten dimensionar el potencial que podría alcanzar el cultivo bajo determinadas condiciones.
De acuerdo con el material utilizado durante las actividades de capacitación, en Formosa existen productores que obtienen hasta 150.000 kilos de alimento por hectárea al año con determinadas variedades de tuna.
Ese valor funciona como una referencia para el trabajo que se realiza en Morillo, aunque no representa necesariamente el rendimiento que puede obtenerse en cualquier establecimiento. La productividad depende de la variedad utilizada, las condiciones ambientales, la implantación, la densidad y el manejo del cultivo.
Por eso, una parte del trabajo está concentrada en la selección de materiales y en la multiplicación de aquellos que presentan mejores características para la zona.
El desarrollo de una reserva forrajera de este tipo puede tener importancia económica para los productores. Una mayor disponibilidad de alimento producido dentro del establecimiento permite reducir la dependencia de recursos externos durante los períodos de escasez y mejorar la capacidad de respuesta frente a sequías prolongadas.
También puede contribuir a evitar que los productores tengan que reducir la carga animal de manera abrupta cuando cae la disponibilidad de pasturas.
El avance del proyecto motivó la realización de una jornada técnica en la Finca Los Cardones, donde más de 120 personas participaron de una capacitación dedicada al cultivo de tuna como alternativa para la alimentación animal.
La actividad fue organizada por la Oficina de Información Técnica Morillo, dependiente de la Agencia de Extensión Rural Tartagal. Participaron el médico veterinario Enrique Lazarte, impulsor de la experiencia en la zona, y el ingeniero agrónomo Patricio Sáenz, jefe de la Agencia de Extensión Rural de Ingeniero Juárez.
Durante la jornada se abordaron aspectos relacionados con las características de la especie, las técnicas necesarias para su implantación y las distintas formas de utilización dentro de los sistemas ganaderos.
Luego de las exposiciones, los asistentes recorrieron el centro de multiplicación para observar directamente el cultivo y conocer las prácticas desarrolladas a campo.
La convocatoria reunió a productores de distintas localidades de la región. También participaron representantes de asociaciones, instituciones educativas y organizaciones vinculadas con la producción.
Entre las entidades involucradas se encuentran asociaciones de pequeños productores de Morillo y Los Blancos, la Agencia de Extensión Rural de Ingeniero Juárez, establecimientos educativos, Fundación Solidaridad y Fundación Gran Chaco.
La participación de distintas instituciones busca ampliar la llegada de la tecnología y facilitar que los productores puedan acceder al material necesario para iniciar sus propias parcelas.
Uno de los próximos objetivos consiste en aumentar la superficie destinada a la producción de tuna y continuar evaluando su comportamiento en diferentes sistemas ganaderos.
Para eso, el centro de multiplicación cumple un papel central. La disponibilidad de material vegetal es uno de los primeros obstáculos que enfrenta cualquier productor que quiera incorporar una especie nueva. Contar con un espacio específico permite generar plantas y cladodios suficientes para extender el cultivo de manera gradual.
La estrategia también permite que la expansión se produzca acompañada por capacitación. La incorporación de una reserva forrajera no depende únicamente de disponer del material, sino de conocer cómo implantarlo, conservarlo y utilizarlo de acuerdo con las necesidades del rodeo.
En una región con fuertes restricciones climáticas, esta cuestión adquiere especial importancia. Las decisiones tomadas antes de la llegada de la estación seca pueden determinar la capacidad del establecimiento para sostener su producción durante los meses de menor oferta.
La tuna no busca reemplazar completamente al monte ni a las pasturas tradicionales. La propuesta apunta a complementar esos recursos con una reserva que tenga mayor estabilidad frente a la falta de lluvias.
Su capacidad para desarrollarse en terrenos degradados también abre una posibilidad para recuperar superficies con baja productividad y destinarlas a la generación de alimento.
La experiencia de Morillo muestra cómo una especie adaptada a condiciones áridas puede transformarse en una herramienta para reducir los riesgos de la ganadería regional.
El desafío para los productores del Chaco salteño no se limita a enfrentar una sequía puntual. La disponibilidad de agua y forraje condiciona de manera recurrente los resultados de la actividad, por lo que contar con alternativas de alimentación puede mejorar la planificación de los establecimientos.
En ese escenario, la tuna reúne tres características de interés: resistencia a condiciones de baja disponibilidad hídrica, capacidad de producir biomasa y alto contenido de agua en sus cladodios.
El trabajo que comenzó hace una década en Morillo todavía se encuentra en una etapa de expansión y evaluación. La multiplicación de materiales y la incorporación de nuevos productores permitirán determinar qué variedades y manejos presentan el mejor desempeño en la zona, informo AgroNoa.
El antecedente de Formosa y las experiencias de Brasil y Paraguay aportan referencias, pero las condiciones particulares del Chaco salteño requieren validar localmente los resultados.
La apuesta consiste en transformar una especie tradicionalmente asociada a zonas áridas en una herramienta concreta para la producción ganadera. Si el cultivo logra consolidarse en más establecimientos, podría aportar una reserva estratégica para atravesar los períodos secos y reducir la vulnerabilidad de los rodeos frente a la falta de pasto y agua.