l puerto de Olivos atrajo a Mauro Colagreco y Pablo Massey, dos reconocidos chefs, quienes apostaron por esta zona a pocos minutos de la Ciudad para desarrollar sus proyectos en el moderno complejo La Palmera. A ellos les siguieron otros, con otras propuestas y la misma visión del enorme potencial del lugar.
Empezar la mañana con granola casera y un café recién tostado en una casa preciosa de 1890, es un buen combustible para encarar el día.
En la carta abundan jugos naturales, de naranja, zanahoria, manzana y jengibre, y distintas preparaciones de café del tostado propio, incluido un iced coffee. Con pastelería casera, destacan los croissants, los brownies, las minicakes, los scons y hasta los macarrons de varios gustos. También tienen buenas opciones para almorzar, desde ensaladas hasta wraps, y tentaciones como french toast con miel y frutos rojos.
La casa-estación, de inconfundible estilo inglés, fue restaurada con gran criterio estético. Desbordante de luz natural, es un espacio inmejorable para leer o trabajar, comer algo al paso y reunirse con amigos en su gran mesa comunitaria.

Esta exitosa parrilla de puerto, fundada por el padre de Nélida Alfonso De Dominici, alias La Nelly, acumula cinco generosas décadas de ininterrumpida labor familiar. La Nelly sobrevive a las modas y a las tendencias con una fórmula básica: cortes de carne tradicionales a la parrilla, sin estridencias ni rebusques modernos en una ubicación privilegiada frente al río y en un entorno de calma.
Ojo de bife de dos dedos de ancho, matambrito de cerdo, mollejas a punto, choripán, provoleta y rabas son los platos imperdibles. Para acompañar, ensalada mixta, papas fritas y albóndigas clásicas. De postre, los hechos en casa son los imbatibles: flan, budín de pan y panqueque de dulce de leche.

Mauro Colagreco, el chef consagrado con tres estrellas Michelin y creador de Mirazur en la costa francesa –actual Nº 4 del mundo según el ranking The Worlds 50 Best Restaurants–, volvió a la Argentina con el deseo de hacer algo simple, de escaparle a la alta cocina y servir solo un plato: hamburguesa.
Para ello, recurrió a ocho ingredientes: carne de pasturas, pan, panceta, huevo, lechuga, tomate, queso cheddar y pepinillo. A la tradicional carne le sumó una versión vegetariana, que cosecha muchos adeptos, hecho con gírgolas a la plancha, especialmente cultivadas por una cooperativa de productores de la provincia de Buenos Aires.
El menú, de no más de seis renglones, incluye papas fritas crocantes, ensaladas del día con verduras orgánicas y cerveza tradicional. Los aderezos también son de autor: el kétchup está hecho con tomates orgánicos, la mostaza es de Dijon y los pepinillos se envasan el mismo día que se cosechan.
Cada ingrediente es el resultado de una cuidada selección y proviene de pequeños emprendimientos, la mayoría de La Plata. La panceta, de Tandil, y los quesos del neuquino Mauricio Couly, son algunas y bien justificadas excepciones.
La gente sabe lo que consume porque no hay secretos. Quizás ese sea el mayor logro de Carne: la apuesta por la trazabilidad.

Se trata de un bar en sentido estricto, ya que solo se sirven cócteles. La pasión por el cine de Popi Peña, su ex dueño, motivó el nombre, inspirado en el Korova bar que aparece en La Naranja Mecánica de Stanley Kubrick. Hace poco tomó la posta Martín Ferrari, quien antes fue cliente y fanático del trago insignia de la casa, el Old Fashioned: bourbon, azúcar, angostura y un toque de naranja, en una preparación detallista que lleva diez minutos y sirven en un vaso de cristal tallado.
La carta tiene varias páginas, con tragos clásicos, tragos “dulces pero fuertes” y otros llamados “delicias frutales”. El Carolina Jar es uno de sus orgullos, que preparan con vodka, lima, pomelo, naranja, maracuyá, hielo picado y un final de angostura para atenuar el dulzor.
Hay una sección especial de whiskies, con 130 etiquetas: mucho single malt, entre los mejores escoceses, marcas americanas y algunos japoneses que casi no se consiguen.

Un clima de festival se vive frente al río cada fin de semana. Con banderines, guirnaldas de luces, mesas al aire libre y una docena de coloridos trailers-cocina estacionados, la feria gastronómica es un buen plan para disfrutar de este nuevo predio en el puerto. Varios de los foodtrucks presentes, como es el caso de La Comarca, de Matías Pellegrini, uno de los organizadores, vienen trabajando juntos desde el Lollapalooza, un hito en el rubro fast food de pie.
La oferta de cocina es variada y va rotando cada fin de semana: shawarma, tacos y quesadillas, paletas de helado, crepes y raclette. Las hamburguesas, contra lo que uno imaginaría, casi no se encuentran. Los elegidos son el sándwich de langostinos a las rabas de Waimea, el sándwich de tapa de asado tiernizado con compota de cebolla y mostaza de Old Germán, el de bondiola braseada a la cerveza negra, o la pizza de cebolla caramelizada y queso azul de La Comarca. Algunos llevan sus growlers para recargar cerveza artesanal, o se sientan con su equipo de mate en las reposeras.
La panadería-bistró de Pablo Massey se mudó del barrio porteño de San Telmo al norte de Olivos.
Los domingos, de 12 a 20 hs, la carta está dedicada al brunch, ideal para la modorra dominguera, con muchos platitos dulces y salados combinables en cualquier orden, acompañados en este caso con limonada, Bloody Mary o Aperol Spritz.
Algunos se animan a los huevos, siguen con la ensalada Caesar de langostinos y la guacamole toast con huevos soft y panceta crispy. De los sándwiches, el de pollo grillado es furor, pero también están el bagel de salmón gravlax y el vegetariano, de burrata con láminas de pepino, palta, rabanitos y aceite de eneldo.
También se puede optar por ravioles de calabaza asada con pistou de tomates y manteca de salvia, un salmón rosado o la entraña al Josper. De los dulces, vale la pena probar el banana bread, con crema batida y salsa toffee; el flan tres leches y los churros con dulce de leche.
