l viaje a las Malvinas se planea con tiempo porque los tickets disponibles son pocos. Se puede ir en un vuelo semanal de Latam desde Punta Arenas, que hace escala en Río Gallegos (Santa Cruz), que opera un sábado al mes para la ida y siete días después para el regreso. Si se usa esta ruta, implica que en las islas se debe pasar una semana. Es cierto que hay cruceros que hacen escala por seis horas, pero nada se conoce en ese tiempo.
El cartel en el aeropuerto señala el destino como Puerto Argentino, pero el ticket dice Puerto Stanley. Por eso es importante dejar los prejuicios a un lado para poder absorber la experiencia.
No es una primera impresión muy amigable decolar en una base militar. Sin embargo, la recepción en Mount Pleasant es amable. El personal de migraciones es local, sexagenario y cálido. No hay transporte desde ese sitio y el centro está a una hora de distancia. Es preciso llegar con el traslado contratado.
Puerto Argentino es el mejor sitio para alojarse. En una decena de cuadras se concentran los hoteles y albergues familiares, los bares y restaurantes, el museo, el supermercado, las casas históricas, la iglesia y hasta el campo de golf. Allí, a unos pasos, aún se encuentra activa la pista de aterrizaje que se utilizó en la guerra. Lo opera Figas, la empresa aérea de cabotaje. Tienta la idea de invertir en los más de 30 destinos internos disponibles.

El Malvina House es el hotel más antiguo, con 72 habitaciones. Se llama así por el nombre de la hija del primer dueño, John James Felton. Como un sitio de lujo de los 70 quedado en ese tiempo, su cocina es local y atendida por filipinos. Los inmigrantes de las islas llegaron desde Zimbawe (son los especialistas en levantar las minas antipersonales que aún cubren amplias superficies) y de Chile. De este último país es Alex Olmedo, quien se aventuró con el primer hotel boutique: The Waterfront, una joyita con cocina abierta 24 horas y cenas gourmet.

En la ciudad, la gente es amable. Con esa nueva perspectiva, uno descubre la oferta turística abierta a los 60.000 viajeros que llegan anualmente: deportes marítimos, vuelos de bautismo, tres tipos de pingüinos, playa, artesanías, granjas, verdadera cocina de KM 0, barcos hundidos, islas cercanas, aventuras en 4x4, y, claro, el museo de sitio de la guerra y sus recuerdos.
El modo en que la flora y la fauna se han desarrollado es un hito que reúne a especialistas del mundo. No se alquilan autos y se maneja de la derecha. Se llega a los destinos en tours individuales o en grupo.
El casco oxidado del viejo Lady Elizabeth se puede ver luego de una bella caminata hasta Whalebone Cove. Gypsy Cove también invita al trekking. En tanto, la pesca está creciendo lentamente; ya hay una zona privada perfecta para pescar trucha marina y salmonete en el río Murrell, a solo 20 minutos del centro.
Es inevitable no recorrer los rastros de la guerra. Longdon, Wirless Ridge, Tumble Down, Two Sisters, Mt Kent, Mount Tumbledown, Mount Harriet son algunas de las posibilidades. No todos son accesibles y casi todos son considerados museos de sitio. Todo ha sido conservado con respeto. Goose Green y la mencionada playa Gypsy Cove también cuentan con vestigios. Esta última es uno de los sitios con presencia de minas antipersonales.
Otro de los destinos es el cementerio argentino, próximo a San Carlos. La fotografía tantas veces vista emerge frente a los ojos.

Para conocer las islas más pequeñas, los aviones Islander de Figas de 8 plazas son casi la única posibilidad. No remontan vuelo muy alto, de modo que la accesibilidad de los paisajes es similar a la de un helicóptero.
Carcass Island tiene playas que, de no ser por la temperatura del agua, parecen extraídas del Caribe, con arena blanca y pingüinos.
Sea Lion Island es pequeña y se puede recorrer a pie. Es como la escenografía de un documental de vida silvestre. Los pingüinos gentoo se entremezclan con los habitantes. La playa está repleta de elefantes marinos. Por la mañana, las orcas nadan desde el océano hacia un canal en la playa para cazar a las crías de foca para desayunar.
Por otro lado, Bleaker Island es pequeña y transitable, y también funciona como una granja orgánica con ovejas y ganado vacuno. La fauna marina sigue siendo una constante, pero su alargada playa de arena blanca es el sitio perfecto para codearse con pingüinos gentoo.