na nueva generación de empresarios argentinos se aventuró a emprender en China, enfocados en rubros fuera de lo común en Asia, como la carne seca, los libros en español y el software.
Sin embargo, pasar de un país subpoblado como la Argentina a uno donde solo una ciudad, como lo es Pekín, tiene casi la mitad de la población de todo el país, requiere un entrenamiento extra.
Estos nuevos emprendedores se valieron de algunas herramientas claves para triunfar en un mercado exponencialmente más grande que el argentino. Lo primero es tener un socio local, contar con un buen manejo del idioma y tomarse el tiempo necesario para hacer una “inmersión cultural” que lime las asperezas entre Occidente y Oriente.
“Un amigo dijo una vez que China es lo más parecido a ir a vivir a Marte; ese es el grado de distancia entre nuestras culturas. Incluso en Asia, si uno va a Japón o Filipinas no siente tanto el desarraigo”, asegura Néstor Bustamante, un argentino radicado en Shanghái, donde hoy está al frente de una empresa de tecnología.
“Hay que entender que China es su propio mundo. Sus gustos, costumbres y cultura son diferentes a los de Occidente. Pensar que podemos venderle lo que nos sobra en la Argentina es no entender a China y a sus consumidores. Hay que empaparse y observar qué consumen, qué comen y qué hacen para divertirse”, agrega Tomás Fuentes Benítez, un argentino en Pekín con un emprendimiento de snacks de carne.
No obstante, más allá de las diferencias culturales, los argentinos que se animan a emprender en China destacan que las oportunidades en el gigante asiático compensan las dificultades.

Brian Nejamen dejó a un lado su carrera como futbolista para emprender en China. Tenía 26 años y ya había pasado por clubes del ascenso argentino y hasta por instituciones del exterior. No se sentía cómodo en su rol y decidió, por un momento, seguir los pasos de su padre, importador de juguetes desde China hacia la Argentina. Estudió chino y quería dedicarse al comercio.
“En 2014, cuando decidí viajar a China por primera vez en busca de oportunidades, reapareció el fútbol como medio de comunicación cultural. En ese momento, surgió la idea de crear una escuelita para formalizar el intercambio comercial”, cuenta Nejamen.
Mientras armaba su compañía, a la que bautizó Airez Sports Group, el gobierno chino ponía al fútbol como una política de Estado. Ese año se publicó el “Programa para la reforma y el desarrollo del fútbol chino”, una hoja de ruta para convertir al país asiático en una potencia futbolística.
Hoy, la escuela de fútbol tiene acuerdos con tres colegios y dos academias de fútbol a las que les brindan todo el soporte del entrenamiento profesional. Además, la compañía organiza la Copa Argentina de Fútbol Infantil, con dos ediciones anuales, un campamento de verano y un viaje de intercambio a la Argentina cada febrero.

Brian González acumula 1,3 millones de seguidores en Weibo, la red social del país asiático que combina las características de Twitter y Facebook. Como cualquiera de estas estrellas de las redes, promociona marcas y tiene un diálogo directo con sus seguidores, que muchas veces lo reconocen por la calle.
González es un inmigrante que habla chino a la perfección. A los 15 años le pidió a su mamá que le consiguiera una profesora particular del idioma. Enseguida se dio cuenta de que tenía talento y le prometieron una beca para irse a estudiar a China cuando cumpliera 18 años.
Se instaló en Pekín y decidió quedarse. Realizó un máster en Comercio Exterior y hoy utiliza ese conocimiento en su compañía Green Channel, una agencia que organiza tours de compras mayoristas para extranjeros en la ciudad de Yiwu, el centro de chucherías más grande del país, según el influencer.
Si bien le dedica mucho tiempo a sus seguidores, no descuida su compañía de comercio. Para ese proyecto cuenta con un socio chino, que además es su mejor amigo. “Las empresas entre chinos y extranjeros son más fáciles que las compañías exclusivamente de capitales internacionales, que requieren de trámites más engorrosos por una cuestión ideológica de priorizar el emprendimiento chino”, añade.
A los 24 años, Eric Lichtenstein ya era piloto de karting, disciplina en la que obtuvo 16 títulos. Luego, fue piloto de automóviles en el Top Race Series, en la Fórmula Ford inglesa y en la categoría GP3 Series. Con esa experiencia conoció China y le encantó. Más tarde, decidió instalarse con su empresa de importación de carnes.
La empresa, llamada Lichtenstein Prime, originalmente era de su padre y su tío, pero hace pocos años se fundió, en parte porque sus antecesores no pudieron entender la cultura china.
“Se perdió el capital de ellos y la inversión que yo había hecho. Mi madre vendió un departamento por US$300.000 y con eso fue que revitalizamos la empresa y pudimos salvar lo poco que quedaba”, recordó.
Eric quedó a cargo de la parte financiera comercial para conseguir tratos en China y Ron, –que también vive en Shanghái pero viaja mucho a la Argentina para ver la carne de los frigoríficos– de la parte operativa y logística.
Actualmente, tienen tres oficinas en Shanghái, Pekín y Dongguan, con 16 empleados y personal indirecto porque subcontratan y tercerizan la logística. Por la carne premium facturan US$1,8 millones anuales, mientras que por lo que es carne commodity perciben US$9 millones al año.

Guillermo Bravo intentó tender puentes entre China y los países hispanoparlantes con la cadena de librerías Mil Gotas, que ya va por su tercera sucursal en el país asiático y vende literatura en español.
Con presencia en Pekín, Shanghái y Chongqing, es una especie de club para los chinos que estudian español y para inmigrantes hispanoparlantes. Vende unos 900 libros al mes, entre los que se destacan los de Jorge Luis Borges, pero también los de Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez.
“Las editoriales chinas no conocen autores argentinos contemporáneos, así que no hay forma de que se fortalezca el intercambio. Faltan nexos”, dice Bravo, quien llegó a China en 2012, cuando lo contrataron como profesor de Literatura en español en la Universidad de Pekín.
Para poder tener éxito en su negocio, Bravo tiene una socia china, que es quien se encarga de los trámites para poder abrir el local y vender. “En China hay mucho interés por la literatura latinoamericana. Se compran mucho más los autores del boom latinoamericano que los libros de Cervantes, y eso se debe a que el interés geopolítico del país asiático está mucho más enfocado en América Latina hoy”, puntualiza.

Hace algunos años, una colega alemana que vive en China, y con quien había trabajado en Córdoba, le pidió ayuda a Néstor Bustamante para encontrar unos perfiles gerenciales.
“Cuando me pasa la descripción de la posición le digo que es un perfil muy parecido al mío. Me responde: “Sí, pero vos nunca te vendrías a vivir a China”. En ese momento estaba trabajando, junto a mis socios, en nuestra propia startup, LVK Labs. Hablé con mis socios y decidimos que íbamos a tratar de hacerlo funcionar juntos. Pasé las entrevistas, firmé el contrato, puse todo lo que tenía a la venta, recibí los pasajes y me vine a Shanghái”, explica el argentino que hoy está al frente de Lean Task Force.
No obstante, el cordobés asegura que la adaptación no le resultó fácil. No solo por temas prácticos, sino también por el cambio cultural que implica hacer negocios en China. “Tal vez el concepto más importante que hay que aprender para hacer negocios en China es el guanxi, que es el sistema de redes sociales (humanas, no electrónicas) y relaciones de influencia que facilitan los contactos de negocios y personales. En muchos países occidentales, las referencias y el CV verificado de una contraparte comercial es suficiente para dar un marco de confianza en una transacción. En China, hasta que las partes no se han relacionado directamente, después de haber sido presentadas por un contacto directo o conocido personalmente, el negocio no va a tener lugar. Así funciona el guanxi en China y es un cambio de paradigma”, cuenta.

Tomás Fuentes Benítez pensó en el beef jerky como el snack perfecto, muy popular en los Estados Unidos. Si bien comenzó a producirlo en la Argentina, llevó su experimento a China cuando ganó una beca para hacer un máster en la universidad de Tsinghua.
“Empecé desarrollando el producto en la Argentina hace unos tres años en el quincho de la casa de mis viejos en Necochea. Las primeras pruebas fueron terribles”, recuerda.
“Decidí llevar el producto conmigo a China a ver qué pasaba. Cuando llegué, me acuerdo que fui al supermercado y me encontré con góndolas enteras de snacks de carne, pero todos de baja calidad. Había una oportunidad para un producto como el mío”, comenta.
Después de graduarse, alquiló una cocina en un restaurante, compró mejores máquinas y puso un stand en un mercado. “Después de varios meses de trabajar, tenía un producto en el que creía. Entonces empecé a buscar una fábrica que pudiera producir mi snack y conseguí una perfecta en Shanghái. Saqué una preventa y conseguí una orden de compra de una cadena de supermercados de alto nivel en Pekín”, expresa.