l coronavirus paralizó casi todo marzo y muchos temas urgentes quedaron en un segundo plano. Pero, se sabe, hay un montón de problemas que siguen ahí, igual de presentes que antes, más allá del COVID-19. Y uno de ellos es el de las cianobacterias, esas algas tóxicas y microscópicas que en el verano de 2019 registraron la mayor floración de la historia de este lado del Río de la Plata y que en el verano pasado llegaron con menos intensidad a las costas del sur del país, pero sí hubo fenómenos masivos en el río Negro y el Uruguay. ¿Cuál es la novedad? Un grupo de científicos trabaja en dos proyectos paralelos que intentan dar solución o al menos ayudar a mitigar al que parece ser hoy el gran problema ambiental del país.
Ambos proyectos tienen como base el cloruro férrico, un compuesto químico que se usa por ejemplo en las plantas de potabilización y de saneamiento de OSE, pero en este caso la idea es aplicarlo básicamente en el agro para eliminar el fósforo que alimenta las cianobacterias y que están presentes en parte por la contaminación en los campos y los tambos.
Los expertos dicen que el fenómeno del crecimiento de las cianobacterias es multicausal, donde incide el aporte de nutrientes (el fósforo y el nitrógeno), así como las altas temperaturas, la mayor o menor salinidad en las aguas y la dirección de los vientos.
El agregado de cloruro férrico “disminuye claramente la concentración de cianobacterias, por el tema de que les saca el fósforo disponible”, dice el biólogo Atilio Deana, encargado de la Unidad de Valorización y Transferencia Tecnológica del Programa de Desarrollo de las Ciencias Básicas (Pedeciba) de la Universidad de la República y el Ministerio de Educación y Cultura. Aplicado de manera puntual y controlada, el cloruro se une al fósforo “y las bacterias no crecen más”, dice Deana.
¿Y cómo se aplicaría? Ahí entra en juego la empresa Efice, que produce este químico e hizo acuerdos con la academia para desarrollar dos proyectos que están en marcha. Uno de los proyectos es con el Pedeciba, que a su vez trabaja con varias facultades. Se trata de un proyecto a tres años y en marzo cumplió dos. Financia la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII) y en menor medida la empresa. El segundo proyecto, enfocado en los tambos, es desarrollado por el Centro Tecnológico del Agua.
El problema es su aplicación. ¿Cómo se hace para ponerlo en el campo o en los tambos chicos o medianos? “Difícil”, responde Guillermo Pons, gerente comercial de Efice, y agrega que “el cloruro férrico es uno de los coagulantes más efectivos para varios elementos químicos diferentes, uno es el azufre y el otro es el fósforo”. Eso “está probado”, dice.
El primero de los proyectos, que es el que está más desarrollado, tiene varios aspectos. Por un lado, trabajaron con la Facultad de Agronomía, que llegó a conclusiones concretas. Carlos Perdomo, profesor titular de Fertilidad de Suelos, y la estudiante de maestría Paula Codina concluyeron que la aplicación de una solución diluida de cloruro férrico sobre la superficie del suelo provoca el “apagado inmediato” de los “puntos calientes”, ya que el fosfato “precipita” con el hierro en el suelo, formando un producto insoluble, lo cual disminuye en forma inmediata las pérdidas de fósforo. Las reducciones “oscilan entre 65 y 85%, con respecto a lo que se pierde en la misma condición sin tratamiento”, dice Perdomo.
La dosis de hierro aplicada para lograr estos efectos es baja y la posibilidad de que este elemento llegue a las aguas superficiales es lejana, según los estudios. La aplicación de esta sustancia no estaría asociada a efectos tóxicos, según Perdomo.
Además, el Pedeciba trabaja con la Facultad de Química en generar una matriz porosa, que tendría la capacidad de unirse al fósforo. “Permitiría colocar el cloruro férrico u otro producto químico, ponerlo en el curso de agua, retener el fósforo, sacarlo y poder reaprovecharlo. Esto se podría instalar en un río y podría ser una solución”, indica Deana. ¿Qué es una matriz porosa? “Son como grandes esponjas que las tirás al agua, eso absorbe el fósforo y luego lo recuperás”.
También trabajan en un sensor de fósforo en forma portable, con un grupo de Facultad de Ciencias, sujeto a patente. Sería un método sencillo de determinar los niveles de fósforo en el agua, para que pueda “estar disponible para cualquier productor rural”. Buscan candidatos para la explotación comercial.
Y, por último, la Facultad de Ciencias también trabaja en la posible aplicación del cloruro en los ecosistemas acuáticos para bajar la concentración de fósforo en el agua y así controlar el crecimiento de las cianobacterias.
Esta pata del proyecto es liderada por el biólogo Luis Aubriot, uno de los principales investigadores sobre cianobacterias en el país. Primero hubo incubaciones con muestras de lagos y se aplicó el cloruro en el laboratorio. Y a inicios de marzo hicieron la aplicación con una serie de tubos en un lago repleto de cianobacterias en Ciudad de la Costa.
Pero el estudio debió ser suspendido cuando se declaró la emergencia sanitaria el pasado marzo. Quedaron las muestras en un freezer y esperan poder retomar en primavera, indica Aubriot. Los resultados iniciales eran “prometedores” para cuerpos de agua con focos pequeños, afirma Aubriot, esperanzado. Pero habrá que esperar para ver su viabilidad a futuro en lugares como ese pequeño lago.
¿En el fondo esta es una solución global o más puntual? “El aplicado directo del cloruro férrico es una solución puntual para casos bien estudiados y controlados”, dice Deana.
-Pero no podemos aplicar cloruro férrico por todo Uruguay para eliminar las cianobacterias.
-No -admite Deana-. Estamos estudiando medidas para disminuir el fósforo en el suelo, que es el origen primario de este tema. El suministro de fósforo por fuentes difusas es también en la ganadería. La bosta y el orín de las vacas son fuente fundamental de fósforo. La ración que se le da a los animales genera bastante fósforo. Entonces todo esto tiene que ser controlado de alguna manera con m
El País