hacarita es slow. Un barrio tranquilo, de poco tránsito, con arboladas y donde el único sonido es la charla de las mesas vecinas y algo de música que llega desde el interior de algún bar. Sin embargo, en los últimos años la zona comenzó a recibir visitantes que solo quieren pasar un buen momento “sin tener que preocuparse por el look”. Descontracturado y sin apuro, así puede describirse el ritmo y el estilo del nuevo circuito gastronómico de este barrio porteño.
Mesas comunales, reposeras, gente que charla de pie con un vermut o un cóctel en la mano. La mayoría de los bares y restaurantes aprovechan las veredas y la sombra de los añosos árboles del barrio. Así como son diversos los horarios de cada establecimiento, también son variadas las propuestas gastronómicas, desde bistrós, vermuterías, cervecerías, panaderías y bares de whisky.

Con tacos y tortillas, en Ulúa la cocina mexicana es la propuesta que traen tres cocineros oriundos de Veracruz, ahora afincados en Av. J. Newbery 3791. Allí, brillan platos como telelas (triángulos de maíz rellenos con porotos refritos y carne de rabo desmechada) y gorditas (mollejas en tres cocciones y salsa de ají).
Ajo Negro (Av. Córdoba 6237) ofrece una carta de tapas y tapitas en una barra con vista a la cocina abierta. También se destacan el carpaccio de pescado blanco, las vieiras en marinada frutal, y la pesca del día, que siempre va acompañada de garbanzos y salsa verde.

Por otro lado, Donnet (Av. J. Newbery 4081) basa su propuesta vegana en hongos de distintos tipos como portobellos, gírgolas y shitakes. La cocina asiática también está presente en Apu Nena (Av. Dorrego 1301).

La creciente variedad de propuestas gastronómicas de Chacarita se complementa con una interesante oferta cultural: desde noches de jazz en el clásico Bar Palacio/Museo Simik, hasta numerosas propuestas teatrales en Santos 4040 (Santos Dumont 4040) y las noche de jazz kissa en Black Forest, ubicado en el subsuelo de la bellísima librería Falena (Charlone 201).

Es posible identificar rasgos e intereses compartidos entre los habituales visitantes del circuito gastronómico de Chacarita. Quienes están del otro lado del mostrador también comparten cierto espíritu e intenciones: los locales se destacan por cosas comunes con un lenguaje austero y un sentido de identidad del barrio muy fuerte.
Las arboladas y apacibles calles donde se desarrolla el circuito Chacarita todavía no han sido tomadas por las grandes cadenas. “Creo que hay una gran parte de la ciudad que no queremos que se transforme en un espacio turístico, que no queremos que pierda identidad y que quede oculta detrás de cervecerías anónimas”, dice Julián Díaz, socio del bar La Fuerza, quien agrega: “Hay cierta resistencia cultural de parte de nuestras propuestas, y el público está respondiendo muy positivamente”.

El peligro de convertirse en una segunda versión de Palermo está presente, pero emprendedores, público y habitantes del barrio resisten. “Yo vivo acá a la vuelta, enfrente de Sede, y todas las noches explota de gente en la vereda, sobre todo en verano. Me encanta que pase esto, pero uno no deja de pensar que si sigue creciendo va a ir perdiendo el ritmo del barrio, que está bueno. Me gustan las nuevas propuestas de Chacarita, pero también que quedé así, como un barrio”, dice Yago Escrivá, de 30 años, sentado en una de las reposeras que pueblan la vereda de Sifón.