a pandemia de coronavirus y los aranceles impuestos por el gobierno de Donald Trump amenazan el mercado del vino francés. Ante el perjuicio que sufren las cosechas, los productores convierten el vino en desinfectante para manos para no desaparecer.
La crisis económica provocada por el coronavirus, combinada con el impuesto del 25% que Trump impuso a los vinos franceses, provocó el colapso del mercado vinícola francés. “El COVID-19 es una catástrofe para nosotros”, dice el vitivinicultor Jérôme Mader.
Actualmente, miles de productores de vino de la región francesa de Alsacia y de otras localidades cercanas se enfrentan a momentos angustiantes. Todos los puntos de venta están bloqueados. “Hay muy pocos negocios fuera de Francia. El mercado estadounidense está bloqueado”, advierte Francis Backert, dirigente de la Asociación de Productores de Vino Independientes de Alsacia.
Con la pérdida de la mitad de sus ventas desde diciembre de 2019, los productores ya no cuentan con espacio en su bodega para almacenar el vino que no se ha vendido y que, en circunstancias normales, se comercializa en restaurantes y tiendas elegantes en ambos lados del Atlántico. “No podemos acumular lo que no hemos vendido”, cuentan.
En este contexto, los sutiles y suculentos vinos blancos por los que la región es famosa, que son cultivados en las laderas rocosas y soleadas de Alsacia, terminan siendo gel antibacterial.

Por estos días, los lagares deben vaciarse para alojar a una cosecha precoz 2020, “bendecida” por la luz abundante del sol. A menos de un mes de recibir la nueva producción, la destilería se presenta como la única opción para obtener una modesta compensación. “Estamos produciendo más de lo que podemos vender. No tenemos alternativa”, explica Thibaut Specht, un enólogo de Mittelwihr.

El vino viejo termina en el enorme silo de acero de la destilería Romann, donde hierven rieslings y Gewürztraminers de primera calidad para transformarlo en alcohol. “Destilamos continuamente”, destaca Erwin Brouard, director de la compañía destilera. “Es muy triste para los vitivinicultores. Sus reservas son demasiado grandes. Tienen que hacer espacio, y la cosecha ha comenzado antes de tiempo este año”, detalla.

Domaine Borès, el negocio familiar de Marion Borès, situado en Reichsfeld, enviará el 30% de su producción estimada en 19.000 litros. “Es como si te despidieras de alguien que quieres mucho. Este no es exactamente el destino que teníamos en mente cuando hicimos este vino”, se lamenta la bodeguera de 27 años. Tan solo en Alsacia, más de seis millones de litros de vino terminarán así.
Por su parte, el gobierno francés anunció el otorgamiento de subsidios para proteger su legado vitivinícola. La ayuda alcanzó a algunos de los 5.000 vitivinicultores perjudicados.
“Mi bodega está a reventar”, expresa Guillaume Klauss, propietario de una bodega cercana. “Si no me deshago de él, no como. Evidentemente, esto me ha destrozado. Son tres años de trabajo, y ni siquiera nos lo pagan como se debe (menos de 1US$ por litro)”, denuncia.
Alsacia ha tenido que recurrir a la destilación de crisis por primera vez en su historia, aunque no es una estrategia desconocida en otras regiones vitivinícolas: la última vez que ocurrió eso fue durante el colapso financiero de 2009.