Durante muchos años, la respuesta a la fertilización fue abordada como un factor individual, intentando aislar el resto de las variables de la respuesta del cultivo de maíz. En ese contexto, se buscaba posicionar el resto de los factores en el óptimo, de manera que no limitaran la expresión del nutriente o elemento objeto de estudio.
Una aproximación más cercana introdujo el concepto de manejo sitio-específico. Bajo este paradigma, se empezó a considerar la interacción con el agua, la textura o la altimetría como factores fundamentales que interactúan y modifican la respuesta a la fertilización.
Se estima que la brecha entre los rendimientos actuales y los alcanzables a campo, con la tecnología hoy disponible, en la región núcleo pampeana alcanza un rango de 4 a 5 toneladas por hectárea.
En ese sentido, un trabajo efectuado por el INTA Pergamino, más precisamente por el equipo que lidera el ingeniero agrónomo Gustavo Ferraris, determinó que el caso más representativo es el del nitrógeno (N), cuya interacción con el estado hídrico es ampliamente conocida. “La decisión de manejo de N ‘por ambientes’ en cultivos de verano implica fertilizar con dosis más elevadas los sitios con mejor disponibilidad hídrica, a excepción que la presencia de napa cercana a la superficie o un relieve excesivamente plano acerque la posibilidad de sufrir anegamientos”, expresó el especialista.
Una mirada actual podría considerar al ambiente como un concepto móvil y dinámico, que excede a los factores hídricos y de suelo. De este modo, la fecha de siembra del maíz, la densidad y aun la genética, podrían determinar diferentes curvas de respuesta y requerimientos de fertilización. “Este enfoque de un sistema dinámico en evaluación y con requerimientos de ajuste permanente durante el ciclo, podría ser aplicado a otros elementos diferentes de N, especialmente aquellos de alta movilidad como azufre (S)”, aclaró Ferraris.
El maíz es un cultivo con gran potencial productivo y con alta exigencia de factores de producción. Esta sensibilidad a la oferta de recursos determina una considerable brecha de rendimiento entre los actuales y los que pueden ser alcanzables a campo.
Se estima que esta brecha entre los rendimientos actuales y los alcanzables a campo, con la tecnología hoy disponible, alcanza en la región núcleo pampeana un rango entre 4 y 5 toneladas por hectárea, la cual podría ser superior a la observada en otras regiones del mundo”, diagnosticó el referente. Los rendimientos actuales expresan una considerable tasa de ganancia, que en Argentina está relacionada con la intensificación tecnológica y se ve favorecida por escenarios de buenas precipitaciones. Sin embargo esta tasa debería ser incrementada para alcanzar los niveles deseados de producción de alimentos.
“Como alternativa para cerrar estas brechas de rendimiento, se propuso una mejora conjunta e interdisciplinaria de los sistemas de producción, más que el ajuste de prácticas individuales de cultivo”, dijo el ingeniero, sumando que en nuestro país, buena parte de las brechas de rendimiento “se explican a causa de deficiencias nutricionales, como consecuencia de una agricultura tradicionalmente extractiva”.
Durante las campañas agrícolas 2015-16, 2016-17 y 2017-18, se realizaron experimentos de campo destinados a cuantificar el efecto de la fertilización nitrogenada, fertilización con zinc, densidad con alto y bajo nivel de insumos y el control de enfermedades foliares sobre el rendimiento de maíz, así como la brecha total de productividad entre un sistema básico y uno optimizado. “Todos los tratamientos recibieron fertilización fosforada sin restricciones (P) y una dosis básica consistente en 55 kg Nha a la siembra (N). Los ensayos se realizaron en fecha de siembra temprana, tardía y de segunda, con un diseño en bloques completos al azar con tres repeticiones”, dijo el experto del INTA Pergamino
Aunque todos los factores de producción evaluados presentaron un efecto positivo, ninguno tomado individualmente mostró un efecto determinante. La brecha global de rendimiento fue superior en los maíces de segunda, luego de una gramínea invernal. “Este resultado se explica en carencias nutricionales, especialmente de N, cuyo aporte por refertilización incrementó la productividad media en un 20%. Sin embargo, la brecha global de rendimiento alcanzó un 35%, evidenciando la importancia de un abordaje sistémico para incrementar los rendimientos, así como la también la necesidad de sumar factores de producción con este objetivo, lo cual resultaría de mayor impacto en comparación con incrementar excesivamente los niveles de un solo factor”, continuó.
En cultivos de siembra temprana, la brecha global fue de un 30%, aportando la refertilización con N incrementos en un rango de 10 a 15%, la duplicación en dosis de P un 5 a 7%, y el uso de S más Zn 7,7%. Por último, Ferraris explicó que claramente, las limitaciones nutricionales “tienen mayor importancia en sistemas de siembra temprana o de segunda”. Aun en un mismo sitio, la prolongación del barbecho y las mayores temperaturas que acompañan las siembras tardías favorecen el aporte de nutrientes desde el suelo determinando una base superior de rendimientos en aquellos tratamientos con escasa fertilización.
Los resultados de la presente red experimental resaltan la necesidad de un abordaje sistémico con el fin de incrementar los rendimientos a nivel de toda la región. La mejora de prácticas aisladas tuvo en cambio un impacto moderado y soslaya las interacciones entre variables. Aun variables consideradas relevantes, como el cambio en la densidad o la fertilización nitrogenada, se diluyen cuando se promedian los efectos de varios sitios. Por otra parte, la determinación de los niveles en que diferentes variables optimizan la productividad es de suma importancia con una proyección y planificación a futuro, ya que el máximo productivo de hoy suele ser el óptimo económico en un futuro cercano.
ABC Rural