Es posible lograr que el maíz produzca más? ¿De qué depende? ¿Sería rentable? Sobres estos interrogantes giró el panel “Nutrición de maíz: desafiando el manejo actual” del Congreso Maizar 2021, en el que disertaron los expertos Gabriel Espósito, especialista en nutrición de cultivos y profesor en la Universidad de Río Cuarto, y Gustavo Ferraris, especialista en fertilización y manejo de cultivos del INTA Pergamino, moderado por Fernanda González, gerente ejecutiva de Fertilizar Asociación Civil, y Andrés Grasso, asesor técnico de la entidad.
De acuerdo con unos ensayos que realiza Fertilizar, el resultado de 4 campañas muestra que “alrededor del 23% del rendimiento del maíz lo aporta el manejo actual de la fertilización”, es decir, el que suele realizar el productor usualmente, contó Grasso. Pero, a la vez, surgen “dos escenarios de mejora que nos estamos perdiendo”, agregó. ¿Qué es mejora?: incorporar diagnósticos y expectativas de rendimiento del cultivo para desarrollar, y prácticas de nutrición. Con ello, “todavía podríamos alcanzar hasta un 14% más de producción, es decir, alrededor de 1.700 kg/ha en promedio para 4 campañas”. A cómo lograrlo se refirieron los panelistas, que trabajan en distintas zonas del país.
Espósito mostró una foto de dos plantas de maíz tardío en el sur de Córdoba: una testigo, sin fertilizar, y una con fertilización completa, donde se veía que el sistema radical de la primera se había achicado respecto de la segunda. “Las raíces necesitan ir a buscar el agua por el sistema radical, necesitamos que ese sistema no esté restringido por una deficiencia nutricional”, dijo. Así, el primer paso correcto es hacer un análisis de suelo, buscando diversos nutrientes: nitrógeno (N), fósforo (P), azufre (S), zinc (Zn), y también boro (B), calcio (Ca) y magnesio (Mg).
Por otro lado, dijo Espósito, “la mayoría de los productores de la región pampeana hace nutrición base, con fuente genérica de fósforo”, y mostró una apreciable diferencia a campo. Otro problema, dijo, es que “muchas veces se fertiliza en la línea porque las máquinas están preparadas así, y cuando se ponen las cantidades necesarias de P y acompañando con N en suelos arenosos o con poco contenido de humedad, y se pone un poco más, se pierden líneas”.
Por eso, en el manejo, “hay que tener cuidado, además de con el tipo de nutriente y la cantidad, con dónde lo vamos a colocar: las prácticas de manejo de fertilización son lo que normalmente nos está impidiendo maximizar los resultados”, destacó.
En términos económicos, “muchas veces nos preocupa el costo unitario, entonces compramos las fuentes de P más económicas y las usamos como arrancadores, en vez de como reposición, y estas fuentes muchas veces desbalanceadas son caras a la hora de ver los resultados”, explicó. “La nutrición balanceada es muy rentable, no debe depender del criterio de minimización del costo que aplicamos en muchas regiones”.
Una nutrición balanceada de base, soportada en un correcto análisis de suelo, utilizando las mejores fuentes de fertilización en la ubicación y momento adecuados, es la principal estrategia que nos va a permitir acortar la brecha de 14%”, aseguró.
¿Qué pasa con la aplicación de N y con su interacción en la densidad de siembra? Para Espósito, “mejoramos la densidad si acompañamos con fertilización nitrogenada”. Esto, dijo, nos puede llevar a hacer agronomía: tomar un lote, ambientarlo, definir por potencialidades productivas diferentes por ambiente y, a partir de la genética y la productividad por planta, resolver la densidad y ajustar la cantidad de N.
Volviendo a la pregunta inicial, de cómo estrechar la brecha entre rendimiento potencial y real, Espósito resumió: “Con un correcto análisis de suelo, una correcta dosificación en cantidad de nutrientes y por nutriente, una ubicación que no genere conflictos, sembrado en la densidad óptima y fertilizando para que pueda ser satisfecha”.
Los ensayos sobre los que habló Ferraris son cultivos del norte de Buenos Aires, aunque tienen mucho en común. “El maíz en las últimas campañas ha mostrado logros increíbles que le han permitido mejorar sostenidamente su productividad y competitividad con la soja, no deja de ganar superficie”, dijo. ”Hay un vertiginoso recambio genético que permite sostener una tendencia de incremento en los rendimientos potenciales a campo de 113 kg ha/año, al nivel de los más altos del mundo”, afirmó.

Año tras año, dijo el experto, el maíz ha incorporado variedad de tecnologías que le han permitido diversificar sistemas: puede sembrarse en toda la estación estival, desde las tradicionales siembras tempranas de septiembre/octubre, como también más tardías, o cultivos de segunda detrás de legumbres u otras gramíneas.
Ferraris enumeró lo que ha permitido las tecnologías en muchos aspectos: ampliar la ventana de siembra; en sembradoras, variar los espaciamientos; en biotecnologías, proteger el cultivo de muchos tipos de adversidades bióticas, malezas, entre otras. Es posible variar la siembra en distintos ambientes, de modo que permita ahorrar insumos en ambientes más restrictivos, y focalizarse con más inversión en los lugares del campo que tienen mayor retorno a la inversión, sintetizó.
Por otra parte, subrayó que dentro de este avance se tiene que ver un creciente uso de fertilizantes, y que “el consumo de maíz explica parte del crecimiento de los últimos años, P, N, S, Zn, Mg y potasio (K)”. Asimismo, señaló que hay un crecimiento importante en la disponibilidad en la Argentina, a la vez que remarcó el uso de fertilizantes de eficiencia mejorada para mitigar volatilización.
“Tenemos un activo mercado de nuevos insumos, algunos no tradicionales, como bioinsumos: biofungicidas, promotores de crecimiento o bioestimulantes, que buscan mejorar nutrición y fisiología”, detalló Ferraris. “Hay una variedad de tecnologías de proceso, no solo para la campaña, sino para el mediano plazo: cultivos de cobertura, que disminuyen el uso de agroquímicos, permiten la fijación natural del N, como también la fertilización de reposición, que permite mejorar los rendimientos a largo plazo”, sostuvo.
“Sin dudas, uno de los factores que permitió estabilizar los rendimientos en la zona central es el doble sistema de fecha de siembra”, señaló. Aquellos ambientes de alta producción se exploraron con la fecha de siembra tradicional de septiembre/octubre, donde el cultivo busca un mejor cociente fototermal y tiene un mayor potencial de rendimiento, pero en los ambientes más restrictivos de las fechas tardías, la fertilización le pone un piso a la producción, lo que hace que el productor pueda llegar a fertilizar y usar otros insumos con más seguridad y confianza.
El conocimiento de estos ambientes, agregó, ha permitido poner también puntos de inflexión a través de los que decidimos una u otra alternativa. “La variedad de siembra de nutrientes, el conocimiento de sus ciclos e interacciones nos permite cubrir un rango amplio de deficiencias nutricionales. El estudio de las interacciones, en este caso entre genética, densidad y respuesta al N, como el trabajo que estamos desarrollando en conjunto con los distintos criaderos, nos permite focalizarnos en los insumos más limitantes”, explicó Ferraris. “Conocer los umbrales nos permite comprender mejor el sistema y tratar de ir superando las limitantes”, sumó.
A mediano plazo, se refirió a un experimento de 14 campañas: la diferencia entre el cultivo sin fertilizar y el máximo rendimiento estaba en 49% en 2006; catorce años después, esa brecha había crecido a 117%, producto de que “cada cultivo no sólo explora los nutrientes agregados en el año, sino también el efecto residual de la fertilización”, con el agregado de que el ciclo 2019/20 fue seco, y los mismos cuatro tratamientos rinden menos que el primer año, pero “el de mayor fertilización rinde más: el valor agregado de la fertilización acumulada no solo aumenta los potenciales, sino la estabilidad del rendimiento.
A modo de síntesis, el experto dijo que “todo este conocimiento nos permite armar estrategias integradas de producción: reconocer el ambiente; ese ambiente tiene suelo y clima”. Y agregó: “Donde vayamos a encontrar ambientes más restrictivos, vamos a insertarnos en un sistema más conservador, como el de las fechas tardías; en los más productivos, fechas tradicionales”.
En función de eso, se van a armar sistemas productivos en conjunto con todas las variables. “En los ambientes con más potencial, vamos a elegir la genética por potenciales, sembrar a altas densidades, incluir todos los nutrientes que puedan ser limitantes, porque sabemos que los rendimientos nos van a permitir pagar el costo de esa intensificación”, señaló. “En la medida en que los ambientes se vayan haciendo más restrictivos, vamos a ir tomando seguros que van a pasar por una genética más estable, menores densidades y sistemas de fertilización más conservadores”, añadió.
Por otra parte, dijo que es muy importante considerar que “todos los sistemas tienen que ser flexibles para hacer ajustes”, ya que “una lluvia cambia el ambiente inferior a uno más favorable” y hay que readaptar la estrategia.
Si integramos las decisiones de manejo, reconociendo nuestro sistema, vamos a ir permitiendo un uso eficiente de los nutrientes que permita que la ganancia genética se exprese en los rendimientos reales a nivel de campo.