De acuerdo a un análisis sobre el ciclo de vida de una serie de alimentos llevado adelante por Good Food Institute (GFI) –una organización sin fines de lucro que trabaja en pos de acelerar el desarrollo de proteínas alternativas–, donde se incluyó a la carne cultivada, el costo de producción de cortes cárnicos en base a células a escala podría caer a 4,68 euros de acá a 2030, igualando el valor de sus contrapartes tradicionales.
Un portavoz del ente expresó que la cifra refleja estrictamente el costo de bienes vendidos, sin tomar los márgenes de beneficio de fabricantes o minoristas. Por este motivo, vale remarcar que se trata del valor de producción en lugar del precio que abonarían los usuarios. No obstante, el hito representaría un punto de inflexión crítico al momento de adoptar de manera masiva el consumo de alternativas proteicas sostenibles.
De todas maneras, el sector vinculado a las carnes sintéticas debe afrontar otros desafíos. Según un estudio de la Universidad de Oxford realizado en 2019, en caso de que la electricidad para la producción de cortes cultivados en laboratorio se generara a partir de combustibles fósiles, su huella de carbono sería muy similar a la de la industria convencional.
Al respecto, Josh Tetric, CEO de la empresa de alimentos estadounidense Eat Just, cuyo pollo cultivado fue aprobado para venderse en Singapur, señaló que el rubro debe cuidar sus credenciales ambientales en función de prevenir la deforestación y los efectos del cambio climático.
Por su parte, GFI indicó que la principal preocupación radica en alcanzar la paridad de precios y sabor antes de apuntalar la producción y distribución a escala. Sin embargo, el organismo aseguró que una vez que la industria tome impulso, permitirá reducir el uso de agua y tierra, generando menos emisiones de gases de efecto invernadero (GEI).
A lo largo de otra evaluación sobre ciclos de vida ejecutada por la firma de investigación independiente CE Delft, se proyectó que la producción de carne cultivada impulsada por fuentes renovables podría implicar un 92% menos de impacto en el calentamiento global al cabo de la próxima década. Además, estimularía el ahorro de un 93% de la contaminación por partículas, requiriendo un 95% y un 78% menos de tierra y agua en comparación a la carne vacuna de cría convencional, respectivamente.

A diferencia de la carne convencional, las células musculares cultivadas pueden ser más seguras, sin órganos digestivos adyacentes. No obstante, su alto contenido de multiplicación celular podría provocar cierta desregulación. De igual manera, el control de su composición nutricional todavía no está del todo claro, especialmente en relación a sus macronutrientes.
Según el portavoz de GFI, la carne cultivada no tiene antibióticos, de modo que ayudaría a conservar dichos bienes, a fin de que puedan ser utilizados para salvar vidas humanas. Además, es libre de las bacterias fecales E.coli, Salmonella y otros patógenos que enferman y causan la muerte de miles de personas cada año. Su producción también implica menos contaminación ambiental y desperdicio de aguas.
Nutricionalmente, la carne cultivada tiene los mismos valores que la convencional. Sin embargo, al desarrollarse en laboratorio, su fórmula puede modificarse incorporando grasas más saludables que contribuyan a reducir el colesterol y el riesgo de contraer cáncer de colon, que normalmente se asocia a las variedades rojas.
Las validaciones de seguridad y calidad sobre el pollo cultivado por Eat Just demostraron que el producto cumplía con los estándares de la carne de aves de corral, con un contenido microbiológico extremadamente bajo y significativamente más limpio que el corte tradicional. Los análisis también exhibieron que el alimento poseía muchas proteínas, aminoácidos y grasas monoinsaturadas saludables, siendo altamente rico en minerales.
Los defensores de la práctica insisten en que los animales deben ser parte de la solución a la crisis climática global, por ejemplo, aumentando el secuestro de carbono del suelo.
Asimismo, el valor nutricional de las carnes depende de aquello que el animal haya ingerido a lo largo de su período de desarrollo. En este sentido, las vacas alimentadas en base a mezclas de pastos y hierbas generarán cortes con niveles más bajos de grasas saturadas totales y más altos en vitaminas, minerales y ácidos grasos esenciales necesarios para la reparación y el crecimiento celular.
Si bien la huella de carbono de la carne producida en laboratorio es inferior a la tradicional o la regenerativa, el alto uso de energía involucrado en su desarrollo puede significar un serio problema a futuro, a menos que las fuentes energéticas sean reemplazadas por alternativas renovables.
De acuerdo a GFI, la agricultura regenerativa por sí sola no puede producir toda la carne necesaria para satisfacer la alta demanda mundial. Actualmente, se están utilizando más de 40 millones de kilómetros cuadrados de tierras para criar animales, sin resto para desarrollar métodos más extensivos.
Por otra parte, los rendimientos de la agricultura regenerativa suelen ser más bajos que los convencionales, dando como resultado un saldo negativo en relación al ahorro de emisiones y la productividad del modelo. Para el organismo, los defensores del método deben unirse con los desarrolladores de carnes sintéticas en miras de alcanzar una alternativa superadora que pueda ser replicada a escala a corto plazo.
