Por Agroempresario.com
La continuidad del glifosato en la agricultura mundial enfrenta un momento crítico. La empresa alemana que produce la marca más reconocida del herbicida ha llegado a un punto de hartazgo frente a los conflictos judiciales en el primer mundo, con millones de dólares en demandas acumuladas. Esto podría derivar en que el negocio quede dominado por los genéricos chinos, un escenario que genera incertidumbre y riesgos para la producción agrícola global.
El glifosato sigue siendo una herramienta fundamental en los planteos agrícolas en siembra directa, aunque algunos cultivos ya muestran pérdida de efectividad debido a resistencias desarrolladas por su uso intensivo. En Estados Unidos, este herbicida representa entre el 60% y 70% del consumo total de productos químicos agrícolas, y en Argentina los números son similares. Se trata del herbicida más utilizado del planeta, y su importancia radica en la eficiencia que ofrece para controlar malezas en cultivos de soja, maíz, trigo y otros granos.
La adquisición de la marca emblemática por parte de la empresa alemana —tras una transacción de 63 mil millones de dólares con un gigante radicado en St. Louis, Estados Unidos— consolidó un tándem exitoso con las semillas soja RR, cambiando la dinámica de la agricultura mundial durante los años 90. Más allá del éxito comercial y científico, este modelo sentó precedentes sobre el manejo de resistencias y la dependencia de herbicidas específicos.
Los problemas comenzaron tras un veredicto en agosto de 2018, cuando un jurado de California obligó a la empresa alemana a pagar 289 millones de dólares por daños a un demandante que alegó haber desarrollado cáncer por exposición al glifosato. Este fallo se basó en leyes estatales de “omisión de advertencia”, que permiten acusar a los fabricantes de etiquetado inadecuado, aun cuando la Agencia de Protección Ambiental (EPA) de Estados Unidos considera el glifosato seguro. La EPA ha reiterado que no existe base científica para vincular el herbicida con el cáncer y que las advertencias en las etiquetas son innecesarias.
Desde aquel fallo, se han registrado más de 181.000 demandas individuales contra el herbicida. Según The Scoop, se han litigado aproximadamente 100.000 casos, generando acuerdos que superan los 11.000 millones de dólares. La empresa espera que un fallo de la Corte Suprema estadounidense ponga fin a esta etapa judicial, pero si esto no ocurre, no descartan retirar el glifosato del mercado antes de la campaña agrícola de 2026.
La compañía alemana, con sede en Leverkusen y presencia global, concentra entre el 35% y el 40% de las ventas de glifosato en Estados Unidos. El resto del mercado está dominado por genéricos chinos, lo que plantea un riesgo de monopolio si la alemana se retira. Este escenario genera inquietud entre productores, ya que un control chino podría implicar aranceles elevados o restricciones comerciales hacia países con relaciones tensas con Beijing.
Además, movimientos políticos como Make America Healthy Again, liderados por figuras cercanas a Donald Trump, han criticado abiertamente al glifosato, creando una “tormenta perfecta” de opinión pública que favorece los veredictos de los jurados y presiona a la industria química internacional. El secretario de Salud de Estados Unidos, Robert Kennedy Jr., se ha sumado a las críticas, intensificando la presión política sobre el herbicida.
Sin glifosato, el manejo de malezas se volvería más complejo, costoso y dependiente de la labranza convencional. Los agricultores tendrían que recurrir a productos químicos antiguos, con riesgos ambientales propios, y enfrentarían mayores costos de producción. La sucesión de litigios también reduce el incentivo para desarrollar nuevas soluciones fitosanitarias. Se requieren entre 10 y 15 años para llevar al mercado un producto innovador, y el entorno legal actual desalienta la inversión y la innovación.
Los productores coinciden en que el futuro de la agricultura no debería depender de litigios millonarios: “Estas campañas legales no hacen que la agricultura sea más segura; nos llevan de vuelta a productos químicos menos eficaces y con mayores riesgos ambientales. Necesitamos innovación, no juicios”, sostienen.
Frente a este escenario, la tecnología podría jugar un rol central. La Inteligencia Artificial, la robótica agrícola y herramientas de precisión permitirían reducir el uso y la dosis de herbicidas, optimizando la eficiencia y mitigando riesgos ambientales. Asimismo, se promueve la búsqueda de alternativas biotecnológicas y métodos no químicos para el control de malezas, en un esfuerzo por garantizar la productividad de los sistemas agrícolas.
El retiro del glifosato por parte de la empresa alemana podría alterar la dinámica de la agricultura en Estados Unidos, Argentina, Brasil y otros países dependientes de este herbicida. El monopolio de los genéricos chinos implica riesgos no solo económicos, sino también estratégicos, afectando la seguridad y soberanía agrícola de varias naciones. Los productores, científicos y legisladores deberán adaptarse rápidamente a un panorama incierto, donde la innovación tecnológica y la diversificación de herramientas de manejo de malezas serán fundamentales.