Por Agroempresario.com
El escenario internacional atraviesa un reacomodamiento profundo, donde la disputa por el liderazgo global entre potencias redefine alianzas, genera tensiones y pone a prueba a las democracias. En ese tablero complejo, Argentina, aunque no es un actor de peso en la geopolítica mundial, puede encontrar oportunidades si sabe capitalizar sus fortalezas productivas y naturales.
Para ilustrar el presente, podría compararse la lucha de las potencias con una fábula al estilo de Rebelión en la granja de George Orwell. El elefante representa al actual líder global, que se resiste a perder protagonismo. El dragón simboliza al ascendente competidor que busca recuperar su esplendor. El rinoceronte, siempre agresivo, reclama territorios y prestigio perdido. El hipopótamo, pesado y confiado, había disfrutado de estabilidad gracias al elefante y al dragón, pero hoy está acorralado.
La escena se completa con un lorito errante, que cambia de bando y adula al poder de turno, sin convicciones firmes. La metáfora es burda pero útil: en la jungla, los animales no son tan torpes como los humanos, que siguen a sus líderes aun cuando sus disputas los empujan al abismo.
Pese al clima de confrontación, el planeta también exhibe progresos notables. La esperanza de vida se ha extendido en los países desarrollados y emergentes, la pobreza se redujo significativamente en India y China, y los avances tecnológicos revolucionaron la forma de trabajar y comunicarse.
El desarrollo de la inteligencia artificial promete aumentos de productividad con impacto directo en la calidad de vida. Al mismo tiempo, sectores como la salud, la energía renovable y la biotecnología muestran transformaciones históricas.
No obstante, los desequilibrios son profundos. La tasa de natalidad cayó por debajo de la reposición en gran parte de Europa, Japón y Asia, lo que amenaza la disponibilidad de recursos humanos.
Los déficits fiscales y el endeudamiento excesivo en potencias desarrolladas restringen el margen de acción de sus economías. La inflación global, ausente por décadas, volvió al centro de la escena, erosionando ingresos.
El cambio climático expone vulnerabilidades productivas, mientras que la digitalización modifica el mundo laboral generando tensiones e incertidumbre. En este clima surgen líderes con tendencias autoritarias que ofrecen soluciones rápidas a problemas complejos.
El expresidente Donald Trump y su lema MAGA (Make America Great Again) sintetizan la idea de que Estados Unidos debe reaccionar si no quiere ceder liderazgo frente a China. Busca reducir un déficit fiscal cercano al 7% del PBI, frenar un endeudamiento que ronda el 100% del PBI y defender la supremacía en chips, inteligencia artificial y armamento.
Su estrategia recurre a aranceles para recaudar, proteger industrias y disciplinar socios; exige a Europa mayor gasto en defensa y presiona a la Reserva Federal por una baja de tasas. También observa con atención el deshielo del Ártico, la apertura de rutas marítimas y la expansión china en infraestructura portuaria.
Frente al cambio climático, su lema es claro: “drill baby drill”. La prioridad es asegurar energía barata, aun a costa del medioambiente.
Con un liderazgo centralizado en Xi Jinping, China consolidó su poder a través de la industria manufacturera competitiva, avances en autos eléctricos, energías solar y eólica, y dominio en inteligencia artificial.
El modelo chino, basado en el control social mediante el capitalismo de la vigilancia, combina represión interna con expansión internacional a través de la Franja y la Ruta. Mientras Estados Unidos erosiona su poder blando, China se muestra pragmática, evitando la injerencia política directa y ofreciendo comercio e infraestructura.
Bajo el mando de Vladimir Putin, Rusia reactivó la guerra por anexión de territorios, con Ucrania como epicentro. Su alianza con China fortalece un bloque alternativo frente a Occidente.
El interés ruso por el Ártico y su estrategia militar refuerzan su lugar en el juego geopolítico. Con una Europa debilitada, Moscú encontró terreno fértil para proyectar su influencia.
El continente europeo enfrenta una crisis múltiple: la pérdida de energía barata tras el corte del gas ruso, el envejecimiento poblacional, la presión de Estados Unidos para subir gastos de defensa, los impactos del cambio climático y las crecientes corrientes migratorias.
Europa, que durante décadas se apoyó en la socialdemocracia, hoy sufre los costos de la dependencia energética y la falta de cohesión política. El desafío será dejar de lado burocracias y avanzar hacia un verdadero desarrollo conjunto.
En este escenario de choques de potencias, Argentina puede posicionarse estratégicamente. Aunque no tiene peso como jugador central, sí dispone de ventajas: recursos naturales, energía, litio, alimentos y capital humano.
Para aprovechar la coyuntura necesita estabilidad macroeconómica, eliminación del déficit fiscal, reglas claras, atracción de inversiones y reformas estructurales en lo laboral y tributario.
La oportunidad está en convertirse en proveedor confiable de lo que el mundo demanda, desde proteínas hasta energía y minerales críticos.
El país convive con un fenómeno particular: dos modelos políticos antagónicos con fuerte respaldo social. La clave está en convencer al electorado indeciso de cuál camino seguir.
El éxito dependerá de la credibilidad de sus líderes, la voluntad ciudadana para respaldar reformas difíciles y la capacidad de inserción inteligente en el comercio internacional.
El tablero global está marcado por tensiones entre potencias, populismos y desafíos ambientales, pero también abre oportunidades.
¿Será tiempo de Argentina? El país cuenta con recursos estratégicos y capital humano valioso. La diferencia la hará la madurez de su dirigencia y la capacidad de ofrecer previsibilidad.