El pollo doméstico, el ave más consumida del planeta, es el resultado de un largo proceso de domesticación animal iniciado hace miles de años en el sudeste asiático, impulsado por comunidades humanas que modificaron su biología, comportamiento y función social hasta convertirlo en un pilar de la alimentación global. Así lo indican investigaciones recientes sobre evolución y genética animal citadas por Infobae, que reconstruyen el camino que llevó al gallo rojo (Gallus gallus) de los bosques tropicales asiáticos a las granjas y mesas de todo el mundo, un fenómeno relevante por su impacto histórico, cultural y productivo.
Los estudios señalan que el origen evolutivo del pollo se remonta a poblaciones silvestres del sudeste asiático, donde el gallo rojo comenzó a interactuar de manera sostenida con grupos humanos. Ese vínculo inicial no estuvo motivado, en primer término, por el consumo de carne o huevos, sino por usos simbólicos y rituales, además de prácticas como las peleas de gallos, que otorgaban valor cultural y social a estas aves. Con el tiempo, esa cercanía permitió una selección progresiva de rasgos favorables para la convivencia y el manejo.
De acuerdo con el análisis genético, el pollo moderno no desciende de una única población ni de un solo evento de domesticación. Otras especies emparentadas, como el gallo verde y el gallo gris, aportaron material genético que amplió la diversidad biológica del ave doméstica. Esta combinación explica características hoy comunes, como la piel amarilla, ausente en el gallo rojo original y asociada a la incorporación de genes del gallo gris.
Las investigaciones citadas por Infobae destacan que los análisis de ADN mitocondrial revelaron una alta variabilidad en los linajes maternos de los pollos actuales. Ese dato refuerza la idea de que la domesticación ocurrió en múltiples regiones de Asia, de manera paralela, a partir de distintas comunidades que aplicaron criterios propios de selección y crianza. Lejos de ser un proceso lineal, la transformación del ave fue gradual y estuvo estrechamente ligada a los cambios en las prácticas agrícolas y en la organización social.
Durante siglos, los pollos mantuvieron un rol secundario como alimento. Su incorporación sistemática a la dieta humana fue una transición lenta, asociada a la experimentación agrícola y a la necesidad de contar con fuentes estables de proteínas. La selección artificial permitió acentuar rasgos como la docilidad, el crecimiento acelerado y la mayor producción de huevos, lo que marcó un punto de inflexión en su aprovechamiento económico.

Uno de los avances clave en ese proceso fue una mutación en el gen TSHR, vinculado a la regulación de la hormona estimulante de la tiroides. Ese cambio genético alteró los ciclos reproductivos del ave y facilitó la puesta de huevos durante todo el año, una característica central para la consolidación del pollo como recurso alimentario constante. A partir de allí, la intervención humana sobre la reproducción y la alimentación se volvió cada vez más sistemática.
El registro arqueológico respalda esta evolución. Restos óseos hallados en asentamientos de Asia, Europa y América del Sur muestran modificaciones en el tamaño y la estructura del esqueleto, coherentes con la adaptación a entornos controlados y a una vida dependiente de los humanos. Esos cambios físicos acompañaron la expansión geográfica del pollo, que avanzó junto con el desarrollo de la agricultura y las rutas comerciales.
En ese recorrido histórico, las prácticas de cría también se transformaron. Investigaciones mencionadas por Infobae indican que ya en la época romana se aplicaban métodos específicos de alimentación para engorde, como mezclas de granos, semillas y otros suplementos. Estas estrategias consolidaron la adaptación del ave a los sistemas productivos y sentaron las bases de la avicultura moderna.
La expansión global del pollo se aceleró con los movimientos migratorios y el intercambio comercial. Desde Asia, el ave llegó a África y Europa, y más tarde a América, donde se integró rápidamente a los sistemas alimentarios locales. Para entonces, el pollo ya presentaba rasgos domésticos definidos y una alta dependencia del manejo humano, lo que facilitó su reproducción a gran escala.
En la actualidad, la población mundial de pollos se cuenta en miles de millones de ejemplares, con razas seleccionadas para objetivos productivos específicos. Algunas líneas, como las ponedoras de alto rendimiento, superan los 300 huevos anuales, mientras que otras fueron optimizadas para la producción de carne. Este escenario refleja siglos de intervención genética orientada a maximizar la eficiencia y la adaptación a distintos contextos productivos.

El interés científico por el pollo no se limita a su valor alimentario. Fue la primera ave cuyo genoma se secuenció por completo, un hito que aportó herramientas fundamentales para la biología evolutiva y la investigación agrícola. El estudio de su ADN permitió comprender con mayor precisión cómo la domesticación modifica las especies y cómo ciertos rasgos se fijan a lo largo del tiempo bajo presión humana.
Según Infobae, este recorrido histórico y científico muestra que el pollo moderno es mucho más que un animal de consumo cotidiano. Su historia sintetiza la relación entre los humanos y la naturaleza, marcada por la selección genética, la cultura y la economía. Comprender ese proceso no solo aporta claves sobre el pasado, sino que también permite reflexionar sobre los desafíos actuales de la producción de alimentos y el impacto de la intervención humana en las especies domesticadas.