La relación económica entre China y Groenlandia se ha desarrollado de manera gradual y con alcances más limitados de lo que sugieren algunos discursos políticos internacionales. En los últimos años, empresas chinas mostraron interés en recursos minerales estratégicos, proyectos de infraestructura y comercio, especialmente de productos pesqueros, en este territorio autónomo del Reino de Dinamarca. Sin embargo, altos costos operativos, regulaciones ambientales estrictas y un contexto geopolítico sensible han condicionado la expansión de Beijing en el Ártico, donde la presencia china sigue siendo acotada y mayormente comercial.
Groenlandia, la isla más grande del mundo, ocupa una posición estratégica tanto por su ubicación como por su potencial en minerales críticos para la transición energética global. Ese atractivo despertó el interés de compañías chinas en sectores como tierras raras, hierro, zinc, plomo, cobre y níquel, insumos clave para la industria tecnológica y energética. No obstante, el balance actual muestra que China no opera ninguna mina en producción en el territorio, y que la mayoría de los proyectos quedaron en etapas preliminares o fueron directamente cancelados.

El caso más representativo es el de Kuannersuit, uno de los mayores yacimientos potenciales de tierras raras del planeta. En 2016, la empresa china Shenghe Resources ingresó como accionista minoritaria de la entonces Greenland Minerals, hoy denominada Energy Transition Minerals. El proyecto avanzó en exploraciones, pero quedó bloqueado en 2021 luego de que el Gobierno groenlandés prohibiera la explotación de minerales con contenido significativo de uranio, una decisión respaldada por amplios sectores sociales y ambientales. Esa medida marcó un punto de inflexión para la minería en la isla y limitó la proyección de capitales extranjeros, incluidos los chinos.
Otros emprendimientos con participación de empresas de ese país siguieron un camino similar. La firma General Nice tomó el control del proyecto de hierro de Isua en 2015, pero la licencia fue revocada seis años más tarde por falta de actividad. En el fiordo Citronen, uno de los mayores depósitos no explotados de zinc y plomo del Ártico, se analizaron esquemas de financiamiento y construcción con grupos chinos, aunque finalmente la empresa australiana propietaria vendió el activo a un fondo con sede en Dubái en 2024. Iniciativas como Wegener Halvo (cobre) o Maniitsoq (níquel) también fueron abandonadas por razones económicas, según un informe del Oxford Institute for Energy Studies publicado en 2025.

Más allá de la minería, la presencia económica china en Groenlandia se expresó en proyectos de infraestructura, cooperación científica y comercio. Uno de los episodios más sensibles se registró en 2018, cuando una empresa estatal china fue preseleccionada para participar en la ampliación de los aeropuertos de Nuuk, Ilulissat y Qaqortoq, obras consideradas estratégicas para la conectividad de la isla. La iniciativa quedó envuelta en un debate político y de seguridad, y finalmente la opción china fue descartada, en un contexto de creciente atención internacional sobre el Ártico.
Donde sí se consolidó un vínculo estable es en el comercio, en particular en el sector pesquero. China se convirtió en uno de los principales destinos de los mariscos groenlandeses, como langostino ártico, fletán, bacalao y cangrejo. Empresas locales adaptaron procesos, formatos de venta y etiquetado para el mercado asiático, fortaleciendo una relación que representa hoy el eje más sólido del intercambio bilateral. A esto se suma un crecimiento gradual del turismo y de los intercambios culturales, así como proyectos de cooperación científica vinculados a investigaciones polares y estudios climáticos.

El marco geopolítico es un factor central para entender los límites de esta relación. Groenlandia es un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, pero con un peso estratégico clave para Estados Unidos, que mantiene presencia militar permanente y derechos de defensa desde la Guerra Fría. En ese contexto, cualquier avance de China en la isla suele ser analizado bajo una lógica de seguridad, lo que introduce cautela en las decisiones políticas y económicas locales.
A estos condicionantes se suman límites estructurales propios del territorio: costos elevados de operación, falta de infraestructura básica, escasez de mano de obra calificada y una regulación ambiental exigente, que responde tanto a la fragilidad del ecosistema ártico como a la presión social interna. Estos factores explican por qué muchos proyectos no lograron superar la fase exploratoria, más allá del interés inicial de los inversores.

El interés estratégico de China en la región se vincula también con el Ártico como corredor logístico. Beijing se define como un actor “cercano al Ártico” e incorporó la Ruta de la Seda Polar a su estrategia de transporte, con el objetivo de diversificar los flujos comerciales entre Asia y Europa. Sin embargo, las rutas impulsadas por empresas chinas no tienen actualmente a Groenlandia como puerto operativo ni como destino central, lo que refuerza la idea de una presencia indirecta y limitada.
Desde la perspectiva groenlandesa, la relación con China se observa con prudencia. El país asiático ofrece oportunidades comerciales concretas, especialmente en pesca y cooperación científica, pero también introduce una dimensión geopolítica que puede intensificar presiones externas. En ese equilibrio entre desarrollo económico, protección ambiental y posicionamiento internacional se mueve hoy el vínculo entre Groenlandia y China, lejos de una expansión acelerada y más cerca de una relación selectiva y controlada.
