Millones de burros ferales están siendo liberados y reintroducidos de manera controlada en extensas regiones áridas del planeta, en particular en el desierto australiano, como parte de una estrategia ecológica que busca restaurar ecosistemas degradados, mejorar la disponibilidad de agua y fortalecer la biodiversidad. Lo que durante décadas fue considerado un problema ambiental e incluso una amenaza para la producción agropecuaria, hoy comienza a ser visto como una oportunidad clave para la regeneración de los desiertos, en un contexto global marcado por el cambio climático y el avance de la desertificación.
Durante gran parte del siglo XX, los burros salvajes fueron tratados como especies invasoras. En Australia, su expansión estuvo asociada al deterioro de cercas, la competencia con el ganado y la presión sobre fuentes de agua escasas. Las políticas de control incluyeron campañas masivas de erradicación, algunas de ellas mediante operativos aéreos, con el objetivo de reducir drásticamente sus poblaciones en zonas rurales y desérticas.

Sin embargo, en los últimos años, distintos equipos de científicos comenzaron a observar un fenómeno que cambió el enfoque tradicional. En áreas donde los burros permanecían, aparecían pequeños cuerpos de agua, depresiones húmedas y mayor actividad de fauna. A partir de estas observaciones, se inició una serie de estudios que demostraron que los burros cumplen un rol activo como ingenieros del ecosistema, capaces de modificar el ambiente de manera positiva en regiones extremas.
Las investigaciones revelaron que los burros, gracias a sus pezuñas resistentes y su capacidad para excavar suelos compactados, pueden romper la costra superficial del terreno y cavar hasta alcanzar agua subterránea. Estos pozos, muchas veces ubicados en antiguos cauces secos o planicies endurecidas por la sequía, funcionan como oasis temporales o permanentes, accesibles no solo para los propios burros, sino también para aves, pequeños mamíferos, reptiles e insectos.
Este comportamiento fue documentado en distintos ecosistemas áridos, incluidos desiertos de América del Norte y Australia. En esos entornos, donde las lluvias son escasas y erráticas, la presencia de un punto de agua puede significar la supervivencia de múltiples especies durante los períodos más críticos del año. Además, estos microambientes favorecen el crecimiento de vegetación local, lo que contribuye a estabilizar el suelo y reducir la erosión.

A partir de estos hallazgos, gestores ambientales y autoridades comenzaron a replantear el rol de los burros ferales dentro de las políticas de conservación. Lejos de promover una liberación indiscriminada, los nuevos enfoques se basan en un manejo controlado de las poblaciones, definiendo cuántos animales pueden permanecer en determinadas zonas y bajo qué condiciones. El objetivo es maximizar los beneficios ecológicos y minimizar los impactos negativos sobre la vegetación sensible.
En este marco, los burros son comparados con “tractores biológicos”. Al desplazarse largas distancias en busca de alimento y agua, remueven el suelo, redistribuyen semillas adheridas a su pelaje o presentes en sus heces y facilitan la germinación de plantas nativas. Este proceso resulta especialmente valioso en regiones donde la restauración ecológica mediante maquinaria resulta costosa o directamente inviable por la falta de infraestructura.
Otro aspecto clave es la resistencia fisiológica de los burros. A diferencia de otras especies, pueden soportar altas temperaturas, escasez prolongada de agua y dietas pobres en nutrientes. Esta adaptabilidad les permite operar en condiciones extremas sin intervención humana constante, convirtiéndolos en una herramienta de restauración de bajo costo y alto impacto potencial.
El cambio de paradigma no estuvo exento de controversias. Durante años, la narrativa dominante vinculó a los burros con la degradación ambiental. Sin embargo, los nuevos estudios subrayan que muchos de los problemas atribuidos a estos animales estuvieron relacionados con la ausencia de gestión, más que con su presencia en sí misma. Bajo esquemas de control y monitoreo, los efectos positivos superan ampliamente los riesgos.
Además de su impacto sobre el agua y el suelo, la presencia de burros ferales tiene efectos indirectos sobre la fauna silvestre. Las charcas excavadas por estos animales se convierten en puntos de encuentro para especies que, de otro modo, no tendrían acceso a agua superficial. Esto fortalece las cadenas tróficas locales y contribuye a mantener la diversidad biológica en entornos altamente frágiles.

En un contexto global donde la desertificación avanza y las soluciones tecnológicas suelen ser costosas, este enfoque basado en procesos naturales gana relevancia. La utilización de animales como agentes de restauración no es una idea nueva, pero el caso de los burros destaca por su escala potencial y por la posibilidad de aplicarse en distintos continentes con adaptaciones mínimas.
Los programas piloto que se están desarrollando buscan ahora medir los efectos a largo plazo de esta estrategia. Entre los indicadores evaluados se encuentran la retención de humedad en el suelo, la recuperación de la vegetación nativa, la presencia de fauna y la estabilidad de los ecosistemas intervenidos. Los primeros resultados son alentadores y abren la puerta a una integración más amplia de los burros en planes de manejo ambiental.
Este giro conceptual también plantea un debate más amplio sobre la relación entre las sociedades humanas y la naturaleza. La experiencia demuestra que especies históricamente perseguidas pueden desempeñar un rol clave en la adaptación al cambio climático, siempre que se las observe desde una perspectiva sistémica y basada en evidencia científica.
Así, en algunos de los paisajes más secos y exigentes del planeta, los burros —animales asociados durante siglos al trabajo duro y la resistencia— vuelven a cobrar protagonismo. Esta vez, no como carga ni como amenaza, sino como aliados inesperados en la restauración de los desiertos, ofreciendo una solución simple, natural y eficaz a uno de los desafíos ambientales más complejos del siglo XXI.