La producción de almendras en América del Sur atraviesa una etapa de redefinición y, en ese contexto, Argentina comienza a perfilarse como un actor con capacidad de competir con Chile en el mediano y largo plazo. El avance de nuevas plantaciones, el interés de productores por diversificar cultivos y un escenario internacional marcado por la demanda sostenida y la volatilidad climática explican por qué el país busca ganar protagonismo en un mercado que hoy lidera su vecino trasandino.
El debate se da en un momento clave para el negocio global de los frutos secos. El consumo mundial de almendras mantiene una tendencia creciente, impulsada por cambios en los hábitos alimentarios y por la valorización de productos asociados a la salud y la nutrición. En paralelo, la oferta enfrenta mayores riesgos derivados del cambio climático, con impactos directos en los costos, los rendimientos y los precios internacionales.
Especialistas del sector advierten que este desbalance entre una demanda firme y una producción más expuesta a eventos extremos abre oportunidades para países que puedan expandir su superficie cultivada y garantizar calidad y previsibilidad. En ese escenario, Argentina aparece como un jugador emergente, con condiciones agroclimáticas favorables en varias regiones y con margen para crecer desde una base productiva todavía limitada.

A nivel global, el mercado de almendras está fuertemente concentrado. California, en Estados Unidos, explica la mayor parte de la producción mundial y funciona como referencia de precios y volúmenes. Sin embargo, en los últimos años esa región enfrentó sequías prolongadas, olas de calor, heladas tardías y presión de plagas, factores que afectaron rindes y elevaron los costos. Esta situación dio lugar a lo que algunos analistas describen como una “inflación climática”, con subas de precios originadas en pérdidas productivas y mayor incertidumbre.
Aunque las proyecciones oficiales estadounidenses anticipan para 2025 una cosecha elevada, con más de 1,3 millones de toneladas, la realidad productiva muestra una marcada heterogeneidad entre zonas. A escala predial, muchos productores enfrentan mermas que impactan en la disponibilidad efectiva de almendras de calidad homogénea, un aspecto cada vez más valorado por el comercio internacional.
Frente a este contexto, Chile consolidó en las últimas décadas una posición relevante en la región. Con una producción anual estimada entre 11.000 y 12.000 toneladas métricas y más de 8.000 hectáreas plantadas, el país logró construir una reputación basada en calidad, trazabilidad y estabilidad logística. Si bien importa almendras para cubrir parte de su consumo interno o demandas puntuales, la producción local se orienta a nichos específicos donde el origen y la consistencia pesan tanto como el precio.
Sin embargo, el crecimiento argentino empieza a ser observado con atención. La advertencia es clara: en un horizonte de 15 a 20 años, Argentina podría transformarse en un competidor directo dentro del mercado regional de almendras. Esta proyección se apoya en el avance concreto de nuevas plantaciones y en la exploración de valles productivos con alto potencial, donde el cultivo comienza a ganar espacio como alternativa a producciones tradicionales.
En la actualidad, la producción argentina de almendras es reducida en términos globales. Los volúmenes anuales se ubican entre 2.500 y 3.200 toneladas, aunque con expectativas de crecimiento hacia 2025. Mendoza concentra cerca del 90% de la producción nacional, seguida por San Juan y San Luis. Aun así, el consumo interno supera ampliamente la oferta local, lo que obliga a importar alrededor de 10.000 toneladas por año.
Este desequilibrio entre oferta y demanda funciona como un fuerte incentivo para la sustitución de importaciones. Para muchos productores, la almendra aparece como un cultivo de largo plazo con potencial de rentabilidad, especialmente en zonas donde otras alternativas enfrentan mayores limitaciones. El interés no se limita a las regiones tradicionales: también se analizan nuevas áreas productivas, como Río Negro y el sur de la provincia de Buenos Aires, donde se evalúa la adaptación varietal y el comportamiento frente a heladas.

El desarrollo del sector no está exento de desafíos. La implantación de almendros requiere inversiones iniciales elevadas, acceso a riego eficiente y un manejo técnico preciso para mitigar riesgos climáticos, en particular las heladas tardías que pueden afectar la floración. A esto se suma la necesidad de elegir variedades adecuadas y de contar con infraestructura para el procesamiento y la comercialización.
Pese a estas dificultades, el crecimiento sostenido de la demanda global juega a favor del cultivo. La almendra se consolidó como un alimento asociado a beneficios para la salud neurológica, cardiovascular y metabólica, lo que amplió su presencia en dietas saludables, snacks funcionales y productos con valor agregado. Este posicionamiento permite sostener precios atractivos y justifica estrategias de inversión de largo plazo.
Para Chile, el avance argentino representa un doble escenario. Por un lado, introduce un competidor potencial en la región; por otro, refuerza la necesidad de consolidar ventajas competitivas ya construidas. La diferenciación por calidad, el cumplimiento de estándares internacionales y la cercanía a mercados estratégicos seguirán siendo claves para sostener su liderazgo.
En un mercado global cada vez más exigente, la competencia regional puede funcionar también como un motor de innovación y profesionalización. La incorporación de tecnología, la mejora genética y el desarrollo de cadenas de valor más eficientes aparecen como factores determinantes para capturar oportunidades comerciales, especialmente en momentos en que la producción del hemisferio norte enfrenta restricciones.
Así, mientras Argentina avanza desde una escala aún pequeña pero con fuerte potencial de expansión, Chile se apoya en su trayectoria y en su posicionamiento internacional. La disputa por el mercado regional de almendras no será inmediata, pero todo indica que, en los próximos años, el mapa productivo sudamericano comenzará a mostrar cambios relevantes, impulsados por la demanda, el clima y las decisiones estratégicas de inversión.