El sorgo volvió a posicionarse en la agenda agrícola argentina en las últimas campañas, con una superficie que oscila entre 700.000 y 800.000 hectáreas, según un relevamiento realizado entre Regionales de Aapresid en distintas zonas productivas del país. El cultivo crece en ambientes marginales y sistemas mixtos, y especialistas sostienen que, con mayor adopción tecnológica y cambios en el esquema productivo dominado por soja y maíz, podría dar un salto en productividad y superficie.
El informe surge del intercambio técnico entre productores de la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa, quienes detectan una estabilidad sostenida del cultivo y picos cercanos al millón de hectáreas en contextos puntuales, como ocurrió tras los problemas sanitarios que afectaron al maíz en la campaña 2023/24.

En el sur de Córdoba, Juan Pablo Caliccio, ingeniero agrónomo y productor de la Regional Del Campillo, viene incorporando sorgo en sus planteos desde hace varios años. “El cambio no es masivo, pero quien lo hace busca diversificar. No hay mucha diferencia de precio con el maíz y permite cubrirse frente a incertidumbres climáticas y de mercado”, explica.
En su zona, el sorgo granífero comenzó a ocupar lotes de menor potencial, como bajos anegables o lomas arenosas. Allí los rindes se ubican entre 3.000 y 4.000 kilos por hectárea, aunque en mejores ambientes podrían alcanzar entre 6.000 y 7.000 kilos en secano.
En sistemas mixtos, el sorgo forrajero mantiene un rol central. Los planteos para silo logran entre 40.000 y 50.000 kilos de materia verde, incluso en bajos salinos. Para Caliccio, el principal límite no es el mercado ni la genética: “Es un tema de adopción. Hay más materiales disponibles y el precio acompaña. Falta animarse a salir del esquema soja-maíz”.

Desde la industria semillera, Agustín Cantó, gerente de Producto y Desarrollo de RAGT Argentina, destaca que uno de los cambios más relevantes en los últimos años fue la incorporación de híbridos con tolerancia al pulgón amarillo, plaga que generó fuertes pérdidas hace tres campañas.
“Hace tres campañas esta plaga empezó a tener un impacto muy fuerte. Es de desarrollo rápido y, en materiales susceptibles, puede provocar pérdidas totales del rendimiento”, advierte. La genética tolerante no elimina la necesidad de monitoreo, pero reduce el riesgo productivo y mejora la previsibilidad.
“En híbridos tolerantes, con un seguimiento adecuado y una aplicación oportuna, el cultivo puede salir adelante. En materiales susceptibles, aun con varias aplicaciones, se puede perder el lote”, señala Cantó.
Este avance permitió que el sorgo recupere competitividad como alternativa en planteos defensivos, especialmente en regiones con alta variabilidad climática.
Además de la genética, el manejo integral aparece como determinante. El control de malezas en los primeros 40 a 45 días desde la emergencia es crítico, dado que el cultivo es sensible a la competencia temprana, sobre todo con gramíneas.
La disponibilidad de híbridos con tolerancia a herbicidas específicos facilita el control inicial y mejora la implantación. Según los técnicos consultados, una mala estrategia en esta etapa puede afectar significativamente el rendimiento final.

En materia de nutrición, el sorgo presenta requerimientos similares a los del maíz en nitrógeno y fósforo. Sin embargo, suele destinarse a ambientes de menor potencial con esquemas de fertilización ajustados. “Tiene requerimientos de nitrógeno y fósforo similares. Muchas veces se fertiliza poco porque va a ambientes marginales, pero si se apunta a más rendimiento, la nutrición tiene que acompañar”, explica Cantó.
También influyen la correcta elección del ciclo según ambiente y fecha de siembra, la densidad adecuada y el momento de cosecha. A diferencia del maíz, el sorgo requiere mayor precisión una vez alcanzada la madurez fisiológica, ya que el grano puede deteriorarse con eventos climáticos.
En un contexto de necesidad de diversificación, mayor presión de plagas y variabilidad climática, el sorgo aparece como una herramienta para gestionar riesgos y mejorar la sustentabilidad de los sistemas.
Productores y empresas coinciden en que el cultivo aún tiene margen para crecer. La pregunta ya no es si puede consolidarse en ambientes marginales, sino si logrará expandirse hacia lotes de mayor potencial y competir de manera más directa con los cultivos tradicionales.
El escenario dependerá de decisiones empresariales, disponibilidad tecnológica y de la disposición de los productores a modificar esquemas históricos. Con genética adaptada, manejo ajustado y mercados que acompañen, el sorgo busca consolidarse como una pieza estratégica dentro del esquema agrícola argentino.