En Oberá, Misiones, un vivero especializado se consolidó en la última década como un actor clave para mejorar la producción de yerba mate a partir de genética seleccionada, innovación tecnológica y un enfoque integral del manejo del cultivo. Al frente del proyecto está Valeria Morales, ingeniera forestal y magíster en Agronomía, quien desde 2013 conduce el vivero VYO con el objetivo de asegurar plantines de calidad y reducir los riesgos productivos que históricamente enfrentaron los yerbateros de la región.
El emprendimiento nació a partir de una necesidad concreta del sector productivo. En una zona donde predominaban materiales genéticos heterogéneos y de bajo rendimiento, la falta de plantines confiables comprometía inversiones que solo mostraban sus limitaciones varios años después de implantados los yerbales. Frente a ese escenario, el vivero comenzó como una solución interna para un establecimiento agroindustrial y, con el tiempo, se abrió a otros productores que buscaban mejorar la performance de sus chacras.

Hoy, cerca del 90% de la producción del vivero está orientada a yerba mate, con plantines desarrollados a partir de genética del INTA, lo que permite lograr cultivos más homogéneos y previsibles. Según explica Morales, la adopción fue gradual pero sostenida: a medida que los productores observaron los resultados en el campo, la demanda por este tipo de material creció. “El productor entiende que la genética no es un gasto, sino una inversión que se refleja en rendimiento y estabilidad”, sostiene.
La diferencia entre los yerbales tradicionales y los implantados con genética seleccionada es uno de los puntos centrales del análisis. En gran parte de Misiones todavía conviven cultivos de más de 70 u 80 años, originados a partir de semillas recolectadas del monte, con una diversidad genética amplia y rendimientos naturalmente bajos. A eso se suma que durante décadas se multiplicaron plantas con problemas sanitarios o estrés ambiental, que tienden a producir más semillas y menos hojas, perpetuando materiales poco productivos.

En contraste, los plantines seleccionados permiten reducir esa variabilidad. Con costos de implantación similares, los resultados son distintos: crecimiento más uniforme, mayor eficiencia en el manejo y mejores rindes por hectárea. Morales destaca que el potencial productivo se expresa cuando la genética va acompañada de buenas prácticas agronómicas. La preparación del suelo, la nutrición, el control de malezas, la conservación del agua y la cobertura vegetal son factores decisivos para que el cultivo alcance su máximo desempeño.
Un caso concreto ilustra ese potencial. En una chacra de pequeña escala, con un yerbal de cuatro años y una densidad de 3.500 plantas por hectárea, se lograron más de 35.000 kilos de hoja verde por hectárea. Si bien se trata de un sistema bien manejado y de superficie reducida, el ejemplo demuestra hasta dónde puede llegar la combinación de genética adecuada y manejo técnico.

Además de la producción de plantines, el vivero incorporó innovaciones tecnológicas orientadas a resolver problemas cotidianos del productor. Una de ellas fue el desarrollo de tapas protectoras de madera para los primeros estadios del cultivo. La yerba mate requiere sombra en su etapa inicial y, tradicionalmente, esa función se cumplía con tacuaras, paja o costaneros, materiales eficaces pero difíciles de manipular y transportar.
Para mejorar ese proceso, el equipo diseñó una máquina que fabrica tapas de madera a medida, elaboradas con pino o eucalipto de calidad. Son livianas, fáciles de colocar y optimizan la logística: un paquete de cien unidades pesa apenas 25 kilos y una camioneta puede transportar hasta 4.000 tapas, reduciendo costos y tiempos de trabajo en la chacra.

Otra innovación relevante fue la incorporación de tubetes biodegradables para la producción de plantines. La iniciativa surgió como respuesta a un problema ambiental frecuente: las bandejas plásticas utilizadas en los viveros no regresaban y terminaban acumulándose en los campos. Los nuevos recipientes, fabricados con fibras de maíz y caña de azúcar, tienen una vida útil de entre cuatro y doce meses y se degradan directamente en el suelo.
Este sistema no solo reduce el impacto ambiental, sino que también mejora la eficiencia productiva. Facilita la plantación, disminuye el daño radicular y permite transportar más plantas con menor costo de flete. Para los productores, implica una operación más simple; para el sistema productivo en general, representa un avance en términos de sustentabilidad.
Si bien el foco principal está puesto en la yerba mate, el vivero también produce plantines de especies nativas destinadas a sistemas agroforestales, en línea con una visión de producción integrada. Este enfoque busca fortalecer los agroecosistemas, mejorar la conservación del suelo y diversificar las alternativas productivas en la chacra misionera.
Después de más de once años al frente del proyecto, Morales define al vivero como un espacio de confianza y trabajo colectivo. La posibilidad de desarrollar el emprendimiento con autonomía técnica y el respaldo de un equipo integrado por ingenieros, técnicos y trabajadores especializados fue clave para sostener el crecimiento. Más allá de los resultados productivos, el proyecto se consolidó como una referencia regional en la provisión de plantines y en la difusión de buenas prácticas para el cultivo de yerba mate.

En un contexto donde la competitividad del sector depende cada vez más de la eficiencia y la calidad, experiencias como la de Oberá muestran que la genética, la innovación y el manejo integral pueden marcar la diferencia desde el inicio del cultivo. El “comienzo de una buena yerba”, como señala el cartel del vivero, se define mucho antes de la cosecha y empieza, justamente, en la elección del plantín.