Desde un pequeño paraje rural de Santiago del Estero, el artesano Renzo Galeano consolidó un emprendimiento de muebles de autor que hoy emplea a 15 personas, comercializa piezas de madera nativa de alto valor agregado y exporta sus creaciones a países como Estados Unidos, Francia, Alemania, España, Italia, México, Uruguay y Australia. La historia, difundida por La Nación, expone cómo un proyecto familiar nacido en el monte se transformó en una marca reconocida por la calidad de su trabajo artesanal y por la identidad cultural que imprime en cada objeto.
El taller funciona en Quimili Paso, una zona cercana a Colonia Dora y a unos 200 kilómetros de la ciudad capital provincial. Allí, entre algarrobos y chañares, Galeano diseña y produce mesas, sillas, sillones, biombos y otras piezas que combinan técnicas tradicionales con criterios contemporáneos de diseño. La propuesta no se limita al mobiliario: el espacio también reúne una colección de baetones antiguos y productos textiles elaborados por Lara Lladhon, su compañera, bajo la marca Pintuna.

Según informó La Nación, el origen del proyecto está estrechamente ligado a la historia familiar. Renzo es hijo de Néstor Raúl “Boli” Galeano, carpintero y artesano que inició el camino del oficio junto a un socio y sembró las bases del emprendimiento actual. La vocación, sin embargo, venía de más atrás. “De chico aprendí a armar bancos y mesas. Me enseñó mi abuelo Chango. Vivíamos en el monte y jugábamos a ver ramas con formas de animales”, relató Galeano en declaraciones publicadas por el diario.
Ese aprendizaje temprano se complementó con formación académica. Hace alrededor de veinte años, presentó una mesa de algarrobo en un concurso en Cosquín y obtuvo una beca del ceramista Jorge Fernández Chiti, que le permitió estudiar en el Instituto de Arte Condorhuasi, en Buenos Aires. Esa experiencia amplió su mirada técnica y estética, aunque su proyecto de vida seguía ligado al territorio de origen.

El punto de quiebre llegó en 2013, cuando recibió el llamado de su padre para que regresara al pueblo y se hiciera cargo del taller familiar, que atravesaba dificultades. Renunció entonces a un trabajo estable en La Plata y volvió al monte santiagueño con una apuesta incierta. La decisión marcó el inicio de una nueva etapa.
La recuperación del emprendimiento no fue inmediata. Sin embargo, un episodio relatado por La Nación refleja el cambio de rumbo. Un cliente apareció un día en el taller y encargó dos sillones sin preguntar precio ni dejar seña. Al regresar por el pedido, solicitó más muebles y continuó ampliando los encargos. Con el tiempo, Renzo descubrió que se trataba del dueño de un laboratorio argentino, quien además le dejó una observación clave: “Está bueno lo que hacés, pero le falta terminación”. Ese comentario funcionó como estímulo para elevar el estándar de calidad y profesionalizar aún más el trabajo.

Hoy, el proyecto emplea a un equipo de 15 personas que se distribuyen tareas de corte, armado, lustre y terminación. La producción mantiene un carácter artesanal, pero con procesos organizados que permiten responder a encargos complejos y a clientes exigentes. El crecimiento se dio principalmente por recomendación boca a boca, una señal del posicionamiento logrado en segmentos que valoran lo auténtico y lo duradero.
Galeano define su propuesta con una frase que sintetiza su identidad de marca. “Vendo la historia del monte”, afirmó en la entrevista publicada por La Nación. Sus muebles incorporan materiales y símbolos ligados al paisaje donde creció: sillas de chañar, mesas de algarrobo, biombos con figuras de pájaros talladas en madera, inspiradas en los árboles que observaba de niño.

La selección de las materias primas responde tanto a criterios estéticos como culturales y técnicos. El algarrobo seco en pie se utiliza para piezas de gran tamaño, mientras que el chañar —considerado por muchos como una especie invasiva— es fundamental para sillas y sillones. “El chañar para muchos es plaga y para nosotros, es una bendición. No sirve para mucho más que para este tipo de muebles. Nuestros antepasados y los indígenas nos enseñaron que para que la madera de chañar dure cien años, tenemos dos semanas al año para cortarla, con luna en cuarto menguante, entre mayo y junio”, explicó Galeano, siempre según La Nación.
Ese conocimiento transmitido de generación en generación forma parte del valor intangible de cada pieza. No se trata solo de diseño o terminación, sino de una forma de entender el vínculo con el territorio, los tiempos naturales y los oficios tradicionales. En un mercado donde predomina la producción industrial estandarizada, esa singularidad se convirtió en una ventaja competitiva.

El alcance internacional del emprendimiento confirma ese diferencial. “Los artesanos del Norte tenemos un potencial enorme y mucha gente no lo sabe. Me llena de orgullo que nuestras piezas estén en Uruguay, Francia, Estados Unidos, México, Alemania, España, Italia y Australia. Tal vez soy caro, pero así le subo el precio al resto de mis colegas del monte”, sostuvo Galeano en la nota publicada por La Nación. La frase refleja no solo una estrategia comercial, sino también una posición frente al valor del trabajo artesanal regional.
El taller funciona también como espacio de encuentro. Los visitantes pueden recorrer el showroom, observar las piezas terminadas y conocer parte del proceso productivo. La presencia de Lara Lladhon y de Milagros, una colaboradora de la zona, completa un esquema de trabajo que combina producción, atención al público y desarrollo de nuevos productos.
Más allá del caso individual, la experiencia de Galeano pone en evidencia un fenómeno más amplio: el potencial de las economías regionales basadas en oficios, identidad cultural y valor agregado. En un contexto donde la discusión sobre desarrollo suele centrarse en grandes centros urbanos, proyectos como este muestran que también desde territorios alejados de las capitales se pueden construir propuestas competitivas, sostenibles y con proyección global.

La historia difundida por La Nación permite comprender que el crecimiento no fue producto de una expansión acelerada ni de grandes inversiones externas, sino de una combinación de herencia cultural, formación, perseverancia y mejora constante del producto. La profesionalización del oficio, la escucha activa de los clientes y la decisión de mantener la autenticidad del proyecto fueron factores decisivos.
Desde el monte santiagueño, entre rutas poco transitadas y paisajes rurales, salen hoy muebles que decoran casas, estancias y espacios de alto nivel en distintas partes del mundo. No como piezas seriales, sino como objetos únicos, con historia, con identidad y con la marca de un territorio que, gracias a este tipo de iniciativas, encuentra nuevas formas de proyectarse hacia afuera sin perder sus raíces.