La cadena de legumbres en la Argentina comenzó a delinear un plan integral de fortalecimiento genético con el objetivo de revertir un retraso varietal estimado en dos décadas, una limitación que hoy condiciona el potencial productivo y exportador del sector. La iniciativa es impulsada por la Cámara de Legumbres de la República Argentina (CLERA) junto a la Asociación de Semilleros Argentinos (ASA), con el acompañamiento de organismos nacionales vinculados a la regulación y promoción de semillas, y apunta a generar nuevos cultivares que permitan mejorar rendimientos, calidad y estabilidad productiva.
La estrategia surge en un contexto global en el que las legumbres ganan protagonismo por el crecimiento de la demanda de alimentos y por los cambios en los hábitos de consumo, con una mayor búsqueda de proteínas de origen vegetal. Argentina cuenta con condiciones agronómicas, experiencia productiva y acceso a mercados que la posicionan como un actor relevante, pero enfrenta una restricción estructural: la limitada oferta de genética moderna adaptada a las distintas regiones productivas.

Desde el sector reconocen que, si bien en los últimos años se expandieron las superficies de porotos, garbanzos, arvejas y otras specialities, ese crecimiento no estuvo acompañado por un desarrollo equivalente en materia de mejoramiento genético. El resultado es un parque varietal envejecido, con materiales que no siempre responden a las exigencias actuales de rendimiento, sanidad, tolerancia a estrés y calidad comercial.
En ese marco, representantes de CLERA, ASA y autoridades del Instituto Nacional de Semillas (INASE) y de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca mantuvieron una reunión de trabajo para avanzar en una hoja de ruta que permita destrabar este cuello de botella. El eje central es promover un recambio varietal progresivo, respetando el marco normativo vigente, en particular la Ley de Semillas y Creaciones Fitogenéticas N.º 20.247, y generando condiciones que incentiven la inversión privada en investigación y desarrollo.
Uno de los puntos destacados del plan es el compromiso de los organismos públicos de acompañar a la industria semillera mediante procesos de regularización y agilización administrativa, con el objetivo de potenciar la oferta genética disponible. La intención es facilitar la rápida inscripción de nuevos cultivares, de manera de acortar los plazos entre el desarrollo de una variedad y su llegada al productor, algo clave en un contexto de alta competencia internacional.
El desarrollo de nuevas semillas no solo apunta a incrementar los rendimientos promedio, sino también a mejorar la resiliencia de los cultivos frente a factores de estrés biótico y abiótico, como plagas, enfermedades, sequías o excesos hídricos. Estos aspectos son cada vez más relevantes en un escenario de variabilidad climática, donde la estabilidad productiva se vuelve tan importante como el potencial de rinde.
Desde la cadena de legumbres subrayan que la mejora genética es una herramienta estratégica para elevar la competitividad del productor y, al mismo tiempo, mejorar la calidad del producto final. Esto resulta clave para sostener y ampliar la participación argentina en los mercados internacionales, donde los estándares son cada vez más exigentes y la diferenciación por calidad y consistencia juega un rol determinante.
Otro eje central del plan es la protección de la propiedad intelectual de los obtentores. El sector reconoce que la falta de inversión en genética está estrechamente vinculada a la escasa apropiación de valor por parte de quienes desarrollan nuevas variedades. Para revertir esta situación, se busca fortalecer los mecanismos de fiscalización y control del comercio de semillas, garantizando reglas claras que alienten la llegada de capitales y proyectos de investigación.
En este punto, aparece como un desafío estructural el uso extendido de semilla no fiscalizada, conocida en el sector como “bolsa blanca”. Esta práctica, frecuente en algunos cultivos de legumbres, limita la trazabilidad, reduce los incentivos para invertir en mejoramiento y afecta la calidad sanitaria de los lotes. El plan estratégico plantea que avanzar hacia una mayor utilización de semilla fiscalizada es una condición necesaria para modernizar la cadena.
El uso de semilla certificada permite asegurar controles de calidad, sanidad y legalidad, factores que inciden directamente en el desempeño del cultivo. Además, genera un círculo virtuoso: al haber un mercado formal y transparente, se crean las condiciones para que los programas de mejoramiento genético se multipliquen y ofrezcan materiales cada vez más adaptados a las necesidades productivas y comerciales.

El contexto internacional refuerza la importancia de esta agenda. A nivel global, las legumbres son vistas como un componente clave de los sistemas alimentarios del futuro, por su aporte nutricional, su menor huella ambiental y su rol en la rotación de cultivos, mejorando la fertilidad de los suelos. Países competidores avanzan con fuerza en el desarrollo de genética propia, lo que eleva la vara para quienes buscan sostener o ganar mercados.
Para la Argentina, el desafío es alinear producción, genética y mercados. La disponibilidad de variedades modernas permitiría no solo mejorar los rindes, sino también adaptar la oferta a las demandas específicas de cada destino, ya sea en tamaño de grano, color, calidad industrial o aptitud para determinados usos alimentarios. Esto cobra especial relevancia en un segmento donde muchas exportaciones se realizan bajo esquemas de calidad diferenciada.
El plan en discusión no apunta a soluciones de corto plazo, sino a sentar las bases de una estrategia de largo alcance. El recambio varietal es un proceso gradual, que requiere continuidad en las políticas, coordinación público-privada y un marco regulatorio previsible. Desde el sector destacan que avanzar en esta dirección permitiría transformar el crecimiento reciente de las legumbres en un desarrollo sostenible, con mayor valor agregado y estabilidad para los productores.
En un escenario donde la diversificación productiva gana peso dentro del agro argentino, las legumbres aparecen como una oportunidad concreta para ampliar la canasta exportadora y reducir riesgos. La mejora genética es, en ese sentido, una pieza clave para que el sector pueda desplegar todo su potencial y consolidarse como un jugador relevante en el mercado global de proteínas vegetales.