La genética acuícola se consolida como una de las áreas con mayor potencial de crecimiento productivo para la Argentina, en un contexto global donde más del 60% de las proteínas acuáticas destinadas al consumo humano ya provienen de sistemas de cultivo. El dato surge de un análisis publicado por La Nación, con autoría de Guillermo Abdala Bertiche, que destaca que el país reúne condiciones científicas, ambientales y sanitarias que lo posicionan entre los territorios con mayor margen de expansión para el sector.
La relevancia del fenómeno no es marginal. De acuerdo con cifras de Naciones Unidas, la producción acuícola mundial superó en 2022 las 130 millones de toneladas, con un valor bruto estimado superior a los 310.000 millones de dólares. Más del 51% de los peces consumidos en el mundo ya provienen de sistemas de cultivo, una tendencia que crece de manera sostenida y que impulsa a países como Estados Unidos, China, Japón, Noruega, Ecuador y Chile a profundizar sus estrategias de desarrollo acuícola bajo criterios de sustentabilidad.
En ese escenario, la Argentina aparece señalada como uno de los países con mayor potencial, no por volumen actual, sino por sus recursos naturales, estatus sanitario y capacidad de crecimiento. La combinación de latitudes, climas y ambientes acuáticos de alta calidad permite además desarrollar una ventaja estratégica: la producción de genética y semilla en contraestación, lo que habilita el abastecimiento de mercados del hemisferio norte con ciclos continuos de oferta.

A diferencia de otros segmentos productivos, la genética acuícola no funciona como un commodity tradicional. Se trata de un activo protegido por patentes y derechos de propiedad intelectual, donde el valor se concentra en la calidad de la semilla: huevos, larvas y juveniles con atributos genéticos que determinan el desempeño productivo, la sanidad y el acceso a mercados exigentes.
Según el análisis difundido por La Nación, bajo escenarios realistas de expansión y consolidación sanitaria, este mercado específico podría alcanzar en la Argentina un volumen cercano a los 1.000 millones de dólares, mientras que la producción acuícola total podría ubicarse en torno a los 2.000 a 2.500 millones de dólares, sin resignar criterios de sustentabilidad ambiental.
La lógica es comparable a lo ocurrido con la genética bovina, donde la Argentina logró posicionarse como referente global gracias a décadas de acumulación de conocimiento, desarrollo tecnológico y articulación público-privada. En el ámbito acuícola, el país acumula capacidades científicas relevantes en áreas como genética, sanidad y nutrición, desarrolladas a lo largo de varias décadas.
Durante años, sin embargo, el sector acuícola argentino mostró un desarrollo limitado. La falta de sincronía entre la generación de conocimiento científico, la regulación, la promoción productiva y la implementación en territorio funcionó como un freno estructural para su escalamiento.
Ese escenario comenzó a modificarse a partir de 2020, con procesos de ordenamiento y planificación que permitieron alinear capacidades y generar condiciones más favorables para el crecimiento. El resultado se refleja en los indicadores oficiales: la producción nacional pasó de 1.900 toneladas en 2020 a proyectar un promedio cercano a las 16.000 toneladas hacia 2026.
Ese salto explica por qué organismos internacionales identifican hoy a la Argentina como un actor con alto potencial de desarrollo en el sector, especialmente en segmentos de alto valor agregado como la genética y la reproducción acuícola.

Uno de los diferenciales más destacados del país es su capacidad para producir genética en contraestación. Gracias a su diversidad geográfica y climática, la Argentina puede formular y producir semilla acuícola en momentos en que el hemisferio norte se encuentra fuera de su ciclo productivo, lo que abre oportunidades comerciales de alto valor.
Este atributo transforma a la genética acuícola en un activo estratégico tanto para el mercado interno como para la inserción internacional. La posibilidad de exportar semilla de calidad certificada, con respaldo científico y sanitario, amplía significativamente el horizonte de crecimiento del sector.
Lejos de concentrarse en una única región, el desarrollo acuícola argentino muestra una diversidad territorial que amplía su potencial estructural.
En el sur patagónico, la reciente sanción de la ley de acuicultura en Tierra del Fuego establece un marco institucional actualizado para el desarrollo de la actividad. Las condiciones ambientales, la ubicación insular y el alto nivel de bioseguridad posicionan a la provincia como un territorio especialmente atractivo para esquemas basados en genética y reproducción, integrados al desarrollo nacional del sector.
En la Patagonia marítima, la maricultura avanza con proyectos vinculados al cultivo del pez limón (Seriola lalandi). En la provincia de Chubut, la empresa Aquagrow impulsa uno de los primeros programas orientados a la capitalización genética y a la proyección productiva de esta especie.
En el noreste argentino, el pacú se consolidó como un caso de diversificación regional con proyección comercial. Empresas como Romance, Pacú Teko y Rosamonte ya concretaron exportaciones, lo que confirma la viabilidad sanitaria y comercial de este tipo de desarrollos.
En la región andino-patagónica, la trucha arcoíris y otros salmónidos, presentes en los ambientes argentinos desde hace más de un siglo, constituyen una base productiva consolidada. Las exportaciones realizadas por Idris y el Grupo Newsan funcionan como casos concretos que validan el potencial del modelo.
El crecimiento de la acuicultura responde a una tendencia estructural. Organismos como la FAO y el Banco Mundial señalan que la producción acuícola sustentable es un pilar central para construir sistemas alimentarios más resilientes y basados en conocimiento.
Además de su aporte nutricional, la acuicultura presenta ventajas estructurales frente a otras producciones de proteína animal: mejores índices de conversión alimenticia y la posibilidad de implementar sistemas de cultivos multitróficos integrados, donde peces, moluscos y algas permiten mejorar la eficiencia biológica, ambiental y económica.
Ese contexto global fortalece la oportunidad argentina. Con capacidad científica instalada, diversidad ambiental y experiencia acumulada, el país cuenta con una plataforma que puede escalar de forma progresiva si logra consolidar marcos regulatorios estables, incentivos adecuados y articulación entre el sector público, la ciencia y la inversión privada.
El análisis publicado por La Nación, firmado por Guillermo Abdala Bertiche, plantea que la acuicultura —y en particular la genética acuícola— puede transformarse en un vector estratégico para diversificar la matriz productiva argentina, ampliar el uso del conocimiento científico-tecnológico y generar valor económico sostenible.
En ese marco, las provincias cuentan con margen para diseñar estrategias que articulen la pesca extractiva con la acuicultura, con el objetivo de equilibrar presiones sobre los ambientes naturales, ordenar el crecimiento productivo y consolidar modelos basados en sustentabilidad, excelencia operativa y eficiencia económica.
La ventana de oportunidad está abierta. La consolidación de la genética acuícola como activo estratégico podría convertir a la Argentina no solo en un productor relevante de alimentos acuáticos, sino también en un proveedor de conocimiento, tecnología y valor agregado para un mercado global en expansión.