Atalaya, el emblemático parador fundado en 1942 por inmigrantes españoles en Chascomús, se transformó a lo largo de ocho décadas en una marca reconocida a nivel nacional, con 22 locales entre propios y franquicias, y un plan de expansión hacia otras provincias del país, según informó La Nación en un artículo de Sofía Diamante. La empresa familiar, actualmente gestionada por la tercera generación, combina tradición e innovación para consolidarse como referente en viajes y gastronomía rápida.
El proyecto original nació cuando Ángel y Odilo García, propietarios de una empresa de colectivos entre Buenos Aires y Mar del Plata, identificaron la necesidad de un parador estratégico para los viajeros. La propuesta incluía un menú con fuerte impronta española, destacando productos como jamón crudo colgante y comidas pensadas para quienes realizaban viajes largos. En los años 50, el parador fue adquirido por siete familias amigas, que permanecen al frente de la compañía hasta hoy.
“El nombre Atalaya remite a un puesto elevado desde donde se divisaba el horizonte, aunque no hay confirmación sobre su origen exacto”, explicó Juan Castoldi, uno de los actuales directores, a La Nación. Esta identidad histórica se mantiene en el corazón de la operación, incluso mientras la empresa atraviesa un proceso de profesionalización y modernización de la gestión.

Entre 2007 y 2012, Atalaya atravesó una crisis financiera marcada por transiciones generacionales y falta de protocolos de sucesión, lo que generó conflictos internos y pérdida de identidad. La llegada de Juan Castoldi y Cristian De Cicco a la gestión en 2016 marcó un punto de inflexión: ordenaron la operación, profesionalizaron procesos y adoptaron un modelo de gerencia profesional, delegando la dirección operativa en un gerente externo desde diciembre de 2024, según relatan los directores a La Nación.
Hoy, la empresa mantiene sus dos paradores originales en la Autovía 2 y suma 18 locales franquiciados, principalmente en el AMBA, con presencia en ciudades como Cañuelas y Mar del Tuyú. Los planes de expansión incluyen Santa Fe, Rosario y Córdoba, con miras a consolidar su presencia en todo el país y explorar mercados internacionales cercanos, como Uruguay y Chile.
El modelo de negocio se simplificó: la carta dejó atrás platos extensos como pejerrey, pastas o ñoquis, y se concentró en medialunas, café y alfajores, productos que se volvieron icónicos desde la década del 70. Además, la empresa invirtió US$3 millones en la ampliación de su planta en Chascomús y en un centro logístico con sistemas de frío ultracongelado, reforzando la capacidad de producción y distribución.
“La receta depende mucho del agua de Chascomús, lo que garantiza la identidad del producto”, señaló Castoldi a La Nación. El modelo de franquicias, iniciado formalmente en 2018, permitió reducir la estacionalidad: la relación de ventas entre verano e invierno pasó de 6 a 1 a menos de 2 a 1, equilibrando ingresos y optimizando procesos logísticos.
En términos de flujo de clientes, en 2024 los paradores recibieron 7,3 millones de autos, una caída respecto a 2023, pero con tickets promedios más altos, aumentando la conversión de ventas. La empresa también incorporó e-commerce, merchandising y productos de mayor vida útil, consolidando la marca y facilitando su expansión.

Atalaya, según explican los directores, combina tradición, historia familiar y profesionalización: mantiene su origen en la Autovía 2, pero apunta a crecer en todo el país, con un modelo escalable que respeta la esencia de la marca y busca adaptarse a las necesidades del viajero moderno. La experiencia de décadas y la inversión en infraestructura y logística posicionan a la compañía para consolidarse como referente nacional en gastronomía rápida y franquicias de paradores, según destacó La Nación.