La Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA) publicó este 25 de febrero nuevas directrices técnicas para prevenir y mitigar la transmisión de enfermedades en la denominada interfaz entre fauna silvestre y ganado, un punto crítico para la sanidad animal global. El documento establece criterios de evaluación de riesgo, vigilancia y bioseguridad con el objetivo de evitar brotes que puedan comprometer la producción pecuaria, el comercio internacional y, en algunos casos, la salud pública.
La guía aborda un fenómeno que se intensificó en los últimos años debido a cambios en el uso del suelo, expansión agrícola, fragmentación de hábitats y modificaciones ambientales. En ese contexto, la interacción entre animales domésticos y especies silvestres dejó de ser un evento aislado para convertirse en un factor estructural dentro de los sistemas productivos.

Según advierte la OMSA, numerosas enfermedades de alto impacto sanitario están asociadas a esta interacción. Entre ellas menciona la peste porcina africana, la influenza aviar de alta patogenicidad y la fiebre aftosa, patologías que pueden encontrar en la fauna silvestre un reservorio o un puente epidemiológico hacia los rodeos comerciales.
El riesgo no se limita a enfermedades ya conocidas. El organismo internacional señala que los cambios ecológicos y climáticos pueden alterar la dinámica de agentes patógenos endémicos o facilitar la emergencia de nuevas amenazas sanitarias. En un escenario de mercados cada vez más exigentes, un brote vinculado a fauna silvestre puede derivar en cierres comerciales y pérdidas económicas significativas.
La relevancia del documento radica en que propone pasar de un enfoque reactivo —centrado en la respuesta ante brotes— a una estrategia preventiva basada en análisis de riesgo y monitoreo permanente.
La guía define la interfaz como cualquier situación en la que poblaciones de fauna silvestre y ganado coinciden en el espacio o en el tiempo, lo que habilita contactos directos o indirectos. En sistemas extensivos, el contacto puede producirse en pasturas compartidas; en otros casos, a través de fuentes de agua, alimentos contaminados o vectores.
El nivel de riesgo depende de múltiples variables: densidad y comportamiento de las especies, características del patógeno, manejo productivo y condiciones ambientales. No toda interacción implica necesariamente un problema sanitario. El desafío, según el documento, consiste en identificar aquellas situaciones con potencial epidemiológico relevante y priorizar intervenciones específicas.
Uno de los ejes centrales de las directrices es la evaluación estructurada del riesgo. La OMSA propone identificar las especies involucradas, analizar las posibles rutas de transmisión y estimar tanto la probabilidad de ocurrencia como el impacto sanitario y económico.
El proceso debe apoyarse en datos de vigilancia epidemiológica y en información territorial precisa. Herramientas como el mapeo geoespacial y los modelos predictivos permiten localizar puntos críticos donde la interacción es más frecuente o riesgosa.
El objetivo no es eliminar por completo el contacto entre fauna y ganado —algo inviable en muchos entornos productivos— sino concentrar esfuerzos en los focos de mayor vulnerabilidad.
El documento subraya que la vigilancia no puede limitarse al ganado doméstico. Incorporar la fauna silvestre dentro de los sistemas nacionales de sanidad animal es considerado un paso clave para la detección temprana.
Esto implica fortalecer la capacidad diagnóstica, mejorar los sistemas de notificación y consolidar la coordinación entre autoridades veterinarias y organismos ambientales. La detección precoz de cambios sanitarios en poblaciones silvestres puede funcionar como señal de alerta antes de que el problema alcance a los establecimientos productivos.
La prevención, sostiene la organización, resulta más eficiente y menos costosa que la gestión de un brote ya instalado.
En el plano operativo, la OMSA advierte que no existen soluciones universales. Cada sistema productivo requiere medidas adaptadas a su realidad ecológica y estructural.
En explotaciones extensivas, la gestión de aguadas y puntos de suplementación puede reducir la concentración simultánea de distintas especies. En sistemas intensivos, en cambio, adquieren relevancia el resguardo de alimentos almacenados y el control de accesos a galpones y corrales.
La correcta disposición de cadáveres, la higiene de instalaciones y el control de vectores forman parte de las prácticas recomendadas. Aunque muchas de estas acciones son conocidas, el documento las reinterpreta bajo el enfoque específico de la interfaz.
Uno de los aspectos más sensibles es el manejo de fauna silvestre. La guía aclara que no promueve erradicaciones indiscriminadas ni intervenciones que comprometan la biodiversidad. Las decisiones deben sustentarse en evidencia científica y considerar el equilibrio ecológico.
En determinados contextos pueden requerirse acciones de manejo poblacional o modificaciones del entorno que reduzcan la atracción hacia áreas productivas. Existen también antecedentes de vacunación en fauna silvestre, aunque bajo criterios técnicos estrictos.
El enfoque se enmarca en el concepto de Una Salud, que integra la salud animal, humana y ambiental. Algunos patógenos con circulación en la interfaz pueden tener implicancias zoonóticas, lo que refuerza la necesidad de coordinación interinstitucional.
Las enfermedades asociadas a la interfaz pueden generar pérdidas productivas directas, mayores costos sanitarios y restricciones en los mercados internacionales. En países exportadores, la aparición de un foco puede afectar la reputación sanitaria y comprometer acuerdos comerciales.
La organización sostiene que la inversión en prevención y mitigación suele ser significativamente menor que el costo de enfrentar un brote con consecuencias comerciales.
Cada país, indica la guía, debe adaptar las recomendaciones a su realidad productiva, climática e institucional. La densidad de fauna silvestre, el tipo de producción predominante y la capacidad de los servicios veterinarios son factores determinantes al diseñar estrategias.
La expansión agrícola y los cambios ambientales sugieren que la interacción entre fauna silvestre y ganado continuará siendo un desafío estructural para la producción pecuaria. Frente a ese escenario, la gestión del riesgo requiere actualización constante, respaldo científico y planificación a largo plazo.
La OMSA concluye que fortalecer la prevención en la interfaz es una condición estratégica para proteger la sanidad animal, sostener la competitividad de los sistemas productivos y garantizar estabilidad en los mercados internacionales.