La historia de Bruna Cisilino refleja el recorrido de muchos emprendedores que comienzan con recursos limitados y logran escalar su negocio. En su caso, el punto de partida fue el garaje de la casa de sus padres, donde en 2017 comenzó a vender tortas por encargo. Hoy, su marca Ophelia cuenta con dos locales, emplea a 16 personas y produce alrededor de 6.000 tortas al año. Según informo Forbes.
Licenciada en Gastronomía, Cisilino había desarrollado su carrera en relación de dependencia, con experiencia en el sector hotelero, incluido su paso por el Hilton, además de formación en el exterior. Sin embargo, decidió cambiar el rumbo profesional y apostar por un proyecto propio. “Empecé en diciembre en la casa de mis papás… Todo era a pedido y el crecimiento fue muy de boca en boca”, recuerda.
El emprendimiento comenzó con una estructura mínima: una cocina improvisada, equipamiento básico y una red de clientes inicial compuesta por amigos y conocidos. El crecimiento fue sostenido hasta que surgió una oportunidad clave: convertirse en proveedora gastronómica en eventos de La Rural. Ese paso permitió ampliar la escala y comenzar a invertir en producción.

A fines de 2019, Cisilino proyectaba abrir su primer local, pero la pandemia modificó los tiempos. Lejos de frenar el avance, el contexto aceleró la consolidación del negocio. En diciembre de 2020 inauguró su primer punto de venta en Núñez, con una inversión de US$ 27.000.
El local, de 40 metros cuadrados, combinó take away, café de especialidad y pastelería. El modelo mostró resultados rápidos: hoy factura cerca de $25 millones mensuales, con un ticket promedio de $70.000 en tortas enteras y una fuerte presencia del canal online.
Con el negocio estabilizado, el siguiente paso fue expandirse. En 2022 comenzó a planificar un segundo local, que finalmente abrió en diciembre de 2025 en San Isidro, tras un proceso de obra más largo y costoso de lo previsto.
Este nuevo espacio amplió la propuesta: incorporó salón, brunch, desayunos, almuerzos y una mayor capacidad de producción. La expectativa es alcanzar una facturación de $40 millones mensuales.
Actualmente, entre ambos locales, Ophelia emplea a 16 personas, todas mujeres, consolidando una estructura de trabajo que creció junto con la marca.

El crecimiento del negocio no se explica solo por la expansión física. Las redes sociales jugaron un papel central. Cisilino comenzó a compartir contenido en Instagram, mostrando recetas y el detrás de escena del trabajo diario. Uno de esos videos se volvió viral y multiplicó la visibilidad del emprendimiento.
“A la gente le gusta ver quién está detrás del producto”, explica. Ese vínculo directo con el público dio lugar a una nueva línea de ingresos: cursos online y packs de recetas, donde capitaliza su conocimiento y amplía su alcance más allá del local físico.
Además de la pastelería, la emprendedora comenzó a desarrollar una línea de productos propios, como granola, cookies y pastas de frutos secos, apalancada en nueva maquinaria incorporada en los últimos años.
Entre sus objetivos está potenciar el local de San Isidro como centro de producción para abastecer a terceros, como cafés y restaurantes, además de avanzar en consultoría gastronómica.

La expansión incluye también la apertura de nuevos locales y el crecimiento de su plataforma digital. Sin embargo, el foco sigue siendo mantener la esencia del proyecto. “La idea es mantener el espíritu artesanal del proyecto y no perder nuestra esencia que es lo que nos diferencia”, sostiene.
El caso de Ophelia muestra cómo un emprendimiento gastronómico puede evolucionar hacia un modelo más amplio, combinando producción, retail, contenido digital y formación, en un contexto donde la marca personal y la experiencia del cliente resultan claves para sostener el crecimiento.