En Argentina, la producción agroindustrial y la industria del gas mantienen una relación cada vez más estrecha: el gas natural se transforma en fertilizantes y plásticos que potencian el campo, lo que implica que al exportar granos también se exporta gas con valor agregado, un vínculo clave para el desarrollo económico, según explicó Héctor Huergo en Clarín.
La idea de que el campo y la energía funcionan por separado pierde fuerza frente a una realidad cada vez más evidente: ambos sectores están profundamente integrados. En Argentina, el desarrollo de Vaca Muerta no solo impacta en la producción energética, sino que también resulta determinante para la agroindustria.
Según informó Clarín y explicó el periodista Héctor Huergo, existe una conexión estructural entre el gas natural y el agro que no siempre aparece en las estadísticas, pero que opera todos los días. Esta relación se basa en la transformación del gas en insumos clave para la producción agrícola.
El punto central de esta cadena es la urea, el fertilizante nitrogenado más utilizado en el país. Su producción depende del amoníaco, que a su vez se obtiene a partir del gas natural. En este esquema, el gas deja de ser solo una fuente de energía para convertirse en un componente esencial de la productividad agrícola.
En Bahía Blanca, la planta de Profertil abastece cerca del 60% del mercado local de urea. La compañía fue adquirida a fines de 2025 por Adecoagro, una empresa argentina que cotiza en el Nasdaq bajo el ticker AGRO, lo que refuerza el vínculo entre el agro local y los mercados internacionales.

El impacto económico de esta integración ya es visible. Tras la suba internacional del precio de la urea, vinculada a conflictos geopolíticos, las acciones de Adecoagro registraron un fuerte incremento, reflejando la importancia estratégica de este insumo.
Pero la relación entre gas y campo no termina en los fertilizantes. También se extiende a la logística agrícola. Un ejemplo claro es el sistema de silo-bolsa, clave para el almacenamiento de granos en Argentina.
Cada campaña se utilizan alrededor de 1,2 millones de silo-bolsas, fabricadas con polietileno, un material derivado del gas natural. Este consumo representa cerca de 100.000 toneladas anuales, lo que equivale a una parte significativa del mercado interno de este plástico.
El polietileno se produce a partir de etileno, otro derivado del gas, en plantas como Mega, también ubicada en Bahía Blanca. Así, el gas extraído —en gran parte de Vaca Muerta— vuelve al campo transformado en insumos fundamentales para la producción y conservación de granos.
Esta dinámica configura una economía circular en la que el gas impulsa al agro y el agro, a su vez, potencia la demanda de gas industrializado. La cadena se completa cuando esos granos se exportan, llevando consigo valor agregado energético.
El potencial de este sistema podría ampliarse aún más. Proyecciones oficiales plantean la posibilidad de duplicar la producción agrícola argentina en los próximos años. De concretarse, esto implicaría un aumento directo en la demanda de fertilizantes, plásticos y, en consecuencia, gas.

En este contexto, el gas deja de ser solo un recurso extractivo para convertirse en un insumo estratégico dentro de una cadena productiva integrada. Como sintetiza Huergo, “cuando exportamos aceite o harina de soja, trigo, maíz o cebada, estamos embarcando gas con valor agregado”.
El concepto de “Vaca Viva” aparece entonces como complemento de Vaca Muerta, mostrando que el desarrollo energético y agroindustrial no compiten, sino que se potencian mutuamente dentro de un mismo modelo productivo.