Un ingeniero civil, Alejandro Beckmann, impulsó en Plaza Huincul, Neuquén, una bodega boutique que nació como experiencia casera y hoy desafía el mapa vitivinícola argentino. El proyecto, llamado Principios y Finales, busca producir vinos únicos en plena zona petrolera, aprovechando condiciones naturales de la meseta patagónica y apostando a la diversificación productiva.
La historia comenzó lejos de cualquier plan comercial. Beckmann empezó a hacer vino en su casa, comprando uvas a productores de la zona, fermentando y probando distintos métodos. “Esto no arrancó como una idea de hacer una bodega”, explicó. “Fue algo que se fue dando con el tiempo, en una búsqueda por entender el vino desde la fuente”. Durante años repitió ese proceso en pequeñas escalas, explorando distintas vinificaciones para comprender el comportamiento de las uvas y el proceso completo.

El punto de inflexión llegó cuando accedió a una hectárea en Plaza Huincul, una ciudad marcada por la actividad petrolera y paleontológica. Allí decidió avanzar con la plantación de vides, a pesar de que la zona no integra los circuitos tradicionales del vino argentino. “Siempre pensé en irme a zonas más tradicionales, como Añelo o alrededores, pero no podía. Y cuando surgió esto acá, lo vi como una oportunidad”, recordó.
Lejos de ser una desventaja, las condiciones de la meseta patagónica resultaron favorables. La alta radiación solar y la amplitud térmica generan un entorno propicio para la calidad de la uva. “La radiación solar es muy alta y la amplitud térmica es incluso mayor que en los valles tradicionales. Eso es clave para la calidad de la uva”, explicó. A esto se suma la escasez de lluvias, que permite un control preciso del riego mediante sistemas por goteo con agua de pozo, y la presencia constante del viento, que actúa como un factor sanitario natural. “En estos años no tuve enfermedades. Eso me permite no usar agroquímicos”, aseguró.

El proyecto también se apoya en experiencias cercanas, como el desarrollo vitivinícola en Cutral Co, que funcionó como referencia para validar el potencial de la región. En este contexto, la iniciativa representa una alternativa productiva en un territorio históricamente dependiente del petróleo y el gas. “Es una apuesta a decir que se pueden hacer otras cosas. Que con capacitación, esfuerzo y decisión, se puede construir una alternativa productiva distinta”, planteó.
En términos productivos, la bodega trabaja con un enfoque de mínima intervención, cercano a prácticas orgánicas y regenerativas, con la intención de que el vino refleje el carácter del lugar. Beckmann optó por un esquema de Field Blend, en el que distintas variedades conviven en una misma parcela y se integran en el proceso de elaboración. “El resultado es un vino que refleja esa cosecha en particular. Es irrepetible”, explicó, marcando distancia de los modelos más estandarizados.

La producción es limitada y se mantiene en escala boutique, con entre 3.000 y 3.500 litros anuales, equivalentes a unas 4.500 botellas. El objetivo es priorizar la calidad y la identidad por sobre el volumen. “Apunto a la calidad y, sobre todo, a la autenticidad que me da esta tierra”, sostuvo.
Con la bodega recientemente inaugurada, el proyecto entra en una nueva etapa que incluye la apertura al público con degustaciones y propuestas de turismo enológico. “Esto es un proyecto experimental. Una chacra donde sigo aprendiendo. Y también algo que quiero compartir con quien quiera emprender”, afirmó.

En un contexto donde la vitivinicultura argentina busca expandirse hacia nuevos territorios, experiencias como esta muestran que es posible producir vinos de calidad fuera de las regiones tradicionales, ampliando el mapa productivo y abriendo nuevas oportunidades en zonas no convencionales.